El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El templo de Dios

"En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:22).

"¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16 y 17).

En el apartado precedente hemos visto que el día de Pentecostés el Espíritu Santo bautizó a los creyentes en un solo cuerpo, el Cuerpo de Cristo, del cual el Señor glorificado en el cielo es la cabeza (Efesios 1:20-23). En los versículos citados más arriba vemos otra verdad: el conjunto de los creyentes forma el templo de Dios, una morada de Dios en el Espíritu.

No hay por qué separar estas verdades. Son dos aspectos de una misma cosa. Ambas se refieren a la Iglesia, pero la consideran desde ángulos diferentes (ver, por ejemplo, Efesios 1:22: “la iglesia, la cual es su cuerpo” y 1 Timoteo 3:15: “la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente"). Como ya lo hemos dicho, el cristianismo se caracteriza por el doble hecho de tener en el cielo un Señor glorificado y de que el Espíritu Santo more en la tierra. El Cuerpo de Cristo presenta sobre todo nuestra comunión con Cristo mismo, como cabeza de la Asamblea en el cielo. Sin embargo, el Espíritu Santo considera a la Asamblea no solo de esta manera, sino también como morada de Dios en el Espíritu. Y esto lo es como morada del Espíritu Santo en la tierra. Vemos así la actual posición de la Asamblea en la tierra. Estos dos lados de la verdad confirman que la asamblea no existía antes de Pentecostés.

No había nada como Cuerpo de Cristo o morada de Dios en el Espíritu antes de que el pecado hubiese sido juzgado en la cruz y el Espíritu Santo hubiera descendido a la tierra para formar la Iglesia. Esto tiene una importancia práctica inconmensurable para el corazón que ha captado estas verdades. Desdichadamente, muchos creyentes piensan que la Iglesia existía ya antes de Pentecostés, e incluso desde Adán. Sin embargo, si escudriñaran la Palabra de Dios verían que tal pensamiento es erróneo.

La epístola a los Efesios habla solamente a cristianos. Está dirigida “a los santos y fieles en Cristo Jesús”. Y el Espíritu Santo justamente quiere demostrar que el sistema judío era puesto de lado y que algo nuevo era introducido en su lugar. La cruz de Cristo mostró que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados; allí no había diferencia entre judíos y naciones. Si todo es gracia, no puede haber en ella privilegios naturales.

Entonces no puede subsistir una distinción basada en privilegios terrenales. Por eso está dicho que Cristo, por su muerte, derribó la pared intermedia de separación y que todos aquellos gentiles que creen han sido hechos cercanos por Su sangre. Son purificados por Su sangre, reconciliados con Dios por Su cruz; no hay más diferencia y en Él son constituidos un nuevo hombre, una Iglesia, así ella sea considerada como Cuerpo de Cristo o como morada de Dios en el Espíritu. En el fundamento sobre el cual ha sido constituida la Iglesia ya no se puede ver diferencia entre judíos y paganos, aunque Dios mismo la haya instituido en días precedentes y la haya confirmado.

Es cierto que en el Antiguo Testamento vemos diversas figuras de la iglesia, por ejemplo como la esposa en Eva (véase Efesios 5:31 y 32) y como templo de Dios. Pero la verdad misma concerniente a la Asamblea, la Ekklesia, no estaba revelada. Era un misterio que solo fue revelado por los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento (Efesios 3:5). Y tampoco hallamos alusión alguna a la Asamblea, como Cuerpo de Cristo, unido a su cabeza celestial.

Los apóstoles y profetas pusieron el fundamento. Como lo vemos en Efesios 3:5, se trata de profetas del Nuevo Testamento y no del Antiguo Testamento. Por otra parte, los propios términos excluyen otra interpretación. Los apóstoles son nombrados en primer lugar y son vistos con los profetas, como un grupo. Hay solo un artículo para los dos, como en griego.

¿Cuándo fue puesto ese fundamento? ¿En el momento en que el hombre pecó? No, sino cuatro mil años más tarde, cuando Cristo vino, murió por el pecado, resucitó de entre los muertos y luego subió al cielo. En Efesios 2:21 leemos: “todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor”. Un día, el edificio será acabado en la gloria, cuando, en la nueva tierra, el tabernáculo de Dios esté con los hombres (Apocalipsis 21:3). Sin embargo, no es solo un edificio venidero. Es también la casa de Dios: “vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”; “¿no sabéis que sois templo de Dios?”.

Efesios 2 pone ante nosotros, en los primeros versículos, el completamente corrompido estado del hombre. Seguidamente vemos la redención y, en virtud de ésta, la preciosa verdad de que Dios quiere morar con nosotros. En ninguna parte de las Sagradas Escrituras vemos que Dios more con los hombres antes de que la redención fuese revelada. Lo mismo ocurre con las figuras del Antiguo Testamento. Ni antes ni después de la caída Dios moró con Adán, Enoc, Noé o Abraham. ¿No eran creyentes, poseedores de la vida de Dios? ¡Por cierto que sí! Y, sin embargo, solo en Éxodo 15 se habla de una morada de Dios con los hombres. Desde el capítulo 25 del Éxodo vemos cómo fue erigido el tabernáculo. Sólo después que la redención hubo sido completamente revelada pudo hablarse, en virtud de tal obra, de una morada de Dios en la tierra. Y, en efecto, en ninguna parte del Antiguo Testamento tenemos una imagen tan completa de la redención como en los capítulos 12 a 15 del Éxodo.

En los primeros capítulos del Éxodo vemos, como en Efesios 2, el triste estado del pueblo. Seguidamente vemos el justo juicio de Dios y la sangre en los postes y el dintel de las puertas, la cual pone a resguardo del juicio. Luego, en el capítulo 14, vemos el pasaje del mar Rojo, en el cual el Faraón y su ejército fueron destruidos, mientras Israel, salvado, alcanzaba la otra orilla, librado de sus enemigos. Todo ello es una imagen de la muerte y la resurrección. Sólo entonces el pueblo está liberado, y solo entonces se habla de redención. La Sagrada Escritura no dice que una persona sea salva o posea la salvación cuando se convierte y que, por tanto, tenga la vida de Dios. Sólo cuando esa persona conoce la liberación en Cristo (tal como la presenta Romanos, desde el capítulo 5:12 hasta el capítulo 8 inclusive) puede decir con toda certeza que está muerta y resucitada con Cristo, que está salvada. Y solo con hombres salvados puede morar Dios. Del otro lado del mar Rojo, Israel, al mismo tiempo a resguardo del juicio de Dios y liberado de Egipto, pudo cantar el cántico de liberación. Por primera vez entonces la Biblia habla de cantar, por primera vez también habla de liberación, por primera vez se menciona una morada de Dios y por primera vez es presentada la santidad de Dios. Éstas son cosas muy importantes y significativas. La morada “de Dios en el Espíritu” está fundada sobre la redención, y la santidad de Dios está en relación muy estrecha con Su templo aquí abajo, “un templo santo en el Señor” (Efesios 2:21), “porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:17). Y ¿qué es lo que hace de la iglesia un templo de Dios? Únicamente la presencia del Espíritu Santo.

No son solamente revelaciones, sino hechos, los que nos invitan formalmente a la santidad. El cristianismo no consiste únicamente en principios (dogmas), sino también en hechos. Y estos hechos forman la base de la doctrina. Se trata de una Persona, de un hombre que vivió realmente, que nació aquí abajo, que fue manifestado en este mundo, que murió, resucitó y subió al cielo. Y esta Persona no solo hizo conocer la verdad, sino que en sí mismo es la verdad. Y ahora que el Señor está en el cielo, otra verdadera Persona divina, el Espíritu Santo, descendió a la tierra y es el poder por el cual se aprende a conocer al Señor glorificado. ¿Es esto una realidad viviente para nosotros, o es solo un conocimiento? Por ejemplo, en nuestras reuniones, ¿a quién se dirigen nuestras miradas? ¿A los hermanos o a Cristo, por conducto del Espíritu Santo, esta Persona divina que está en medio de nosotros? ¿Somos conscientes del inestimable significado de este hecho?

No es nuestra fe o la posesión de la vida de Dios las que nos constituyen en asamblea de Dios. Los santos del Antiguo Testamento las poseían también. Únicamente la presencia del Espíritu Santo hace de nosotros el templo de Dios (1 Corintios 3:16). El hecho de que se hayan introducido en él hombres que no poseían la vida de Dios no altera aquella verdad. Es lamentable que, a causa de nuestra tan débil capacidad de discernimiento, hayan sido recibidos en la asamblea hombres no nacidos de nuevo. Sin embargo, ello no cambia el hecho de que Dios mora en Su casa, y ello es un glorioso consuelo para los que vivimos en un tiempo de ruina. Podemos estar seguros de que el Espíritu Santo mora hoy en día en medio de nosotros.

De ello resulta, por otra parte, una gran responsabilidad. Ella es colocada ante nuestros ojos en 1 Corintios 3. El fundamento de la casa está puesto, pero nosotros debemos edificar sobre él. ¿Cómo construiremos? Se lo puede hacer con oro, plata y piedras preciosas, materiales que pueden soportar el juicio de Dios. Pero se puede edificar con madera, heno, hojarasca, lo que será destruido por el juicio. Sí, incluso el templo de Dios, que es santo, puede ser corrompido.

¿No debemos reconocer con humillación que ello ha acontecido? ¿Acaso el fundamento —Jesucristo mismo (1 Corintios 3:11)— no ha sido atacado, desmantelado, reducido a ruinas? Doctrinas atentatorias contra su Persona y su obra surgen en la iglesia. Vemos el resultado de ello en el bosquejo profético hecho por el apóstol Pablo en su última epístola (2 Timoteo 2). Habla de personas que se desviaron de la verdad. “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (v. 19-21).

Tal es el estado que caracteriza la época actual. Tenemos una casa grande, con vasos para honra y otros para deshonra. ¿Qué debe hacer aquel que invoca el nombre del Señor? Debe apartarse de la iniquidad y separarse de los vasos para deshonra a fin de ser un vaso para honra, útil al Señor, preparado para toda buena obra. No puede negar la confesión de Su nombre, pues ello sería abandonar la única posición buena en la tierra. Pero tenemos que separamos de todo lo que está en contradicción con Su voluntad. Permanecer en comunión con un mal conocido es lo mismo que decir que Cristo tiene comunión con Belial. Poco importa que se trate de un mal moral o doctrinal. También a veces por indiferencia se niega la presencia del Espíritu Santo en la iglesia o se impide su acción. Si hay personas que invocan el nombre del Señor y le ligan al pecado, ellas son vasos para deshonra, de los cuales el creyente debe separarse. Es un principio cristiano establecido y fundamental el que dice que no hay ninguna circunstancia que autorice a un creyente a tener comunión con algo contrario a la voluntad de Dios. Por cierto que somos exhortados a usar de paciencia, pero jamás para con el mal. Y no es la importancia del mal, sino la tolerancia intencional de un mal manifiesto lo que perjudica el carácter del templo de Dios y lo destruye.