El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento no menciona que el Espíritu Santo sea una Persona divina. Por cierto que numerosos pasajes nos hablan de Él y de su acción. Ya el segundo versículo de la Biblia dice: “El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” y Génesis 6:3 (V. M.) expresa: “Mi Espíritu no contenderá para siempre con el hombre”. Vemos en esos versículos que el Espíritu Santo actuaba con respecto a la tierra —entonces desordenada y vacía— como así también con relación a los hombres, quienes habían rechazado a Dios. Él quería producir algo de lo cual Dios pudiera decir “que era bueno”.
Su actividad era tan bien conocida que pudo decirse de Josué que “fue lleno del espíritu de sabiduría” (Deuteronomio 34:9) y que David suplicaba a Dios: “No quites de mí tu santo Espíritu” (Salmo 51:11). Él fue quien llenó a Bezaleel “del Espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, en ciencia y en todo arte” (Éxodo 35:31). Por intermedio de David profetizó acerca del Mesías y de su venidero reinado de paz (2 Samuel 23:1-7). Él inspiró a los santos hombres que escribieron el Antiguo Testamento, tal como nos lo dice 2 Pedro 1:21. Incluso por intermedio del profeta Hageo, Jehová podía consolar al débil remanente de Israel, diciéndole: “Mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis” (2:5). El Espíritu Santo también obraba a veces en los incrédulos (Números 24:2; 1 Samuel 10:10). Sin embargo, en el Antiguo Testamento no se ve revelado que el Espíritu Santo sea una Persona. Sólo era conocido como el Espíritu de Dios, como el poder que emanaba del Dios único. De igual manera no nos revela al Señor Jesús, aunque en el Antiguo Testamento hallamos innumerables figuras y numerosas profecías a su respecto, las que, a la luz del Nuevo Testamento, confirman su deidad (comp. el pasaje de Zacarias 12:10, el cual muestra que el Señor Jesús es Jehová). El Espíritu Santo tampoco nos es presentado en el Antiguo Testamento como una Persona divina, si bien numerosos pasajes de él aluden claramente a ella como lo vemos a la luz del Nuevo Testamento. El Espíritu Santo aún no había sido revelado ni todavía moraba en la tierra. “Aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”, leemos en Juan 7:39. Los creyentes no conocían tampoco el significado de la cruz y de la resurrección. Tenían que decir: “Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo” (Hechos 19:2).
La acción del Espíritu Santo estaba limitada en el tiempo. Por eso dice 1 Samuel 16:14: “El Espíritu de Jehová se apartó de Saúl”, y David ora a Dios rogándole que no le quite su santo Espíritu (Salmo 51:11). Los profetas anunciaron que el Espíritu Santo seria derramado (véase Ezequiel 39:29; Joel 2:28 y 29), pero estaba aún por venir.
