El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El nuevo nacimiento

El capítulo 3 de Juan presenta una nueva verdad. En el huerto de Edén había dos árboles: el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal. El hombre comió de este último y perdió así todo derecho al primero. Por eso está, desde entonces, moralmente muerto en sus delitos y pecados (Efesios 2:1). Su vida natural está caracterizada por el pecado y nada hay en ella que pueda tener comunión con Dios.

Ello aparece cuando el Señor Jesús vino a la tierra. “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron” (Juan 1:4 y 5, versión RV 1909). El hombre ni siquiera podía comprender la vida. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

Sin embargo, Juan 1:12 dice que algunos recibieron al Señor Jesús, respecto a los cuales se agrega que son “hijos de Dios”. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. No es la fe del hombre natural la que lo pone en relación con Dios. En el capítulo 2:23 vemos que muchos creyeron en su nombre y, si comparáramos de manera superficial esta expresión con lo que acabamos de citar (Juan 1:13), deberíamos decir que ellos también eran hijos de Dios. Responden bien a lo que se dice allí: “los que creen en su nombre”. Pero surge de Juan 2:24 y 25 que ello no es así.

Esos hombres estaban convencidos por los milagros que cumplía el Señor. Creían en Él. Pero una fe que solo se basa en la razón y los sentimientos —así se trate de una fe histórica (como se la llama) de hombres que, en razón del medio en que han sido criados o a causa de su educación, no dudan de las verdades cristianas, o bien se trate de una fe fundada en una simple convicción de la inteligencia o de los sentimientos acerca de la exactitud y el valor del cristianismo— tal fe no pone a nadie en relación con Dios. “Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (v. 24 y 25).

Sin embargo, para uno de esos hombres no fue solo la inteligencia o los sentimientos los que habían sido tocados, sino su conciencia. Aunque ignore o no haya distinguido la luz, siente, a pesar de todo, que hay en Jesús algo de lo que tiene necesidad. Piensa que podría ser enseñado. Sin embargo, el hombre natural no puede recibir la vida simplemente por medio del conocimiento. Por eso el Señor le responde: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).

Éste era un dicho realmente extraño para Nicodemo. Él era un maestro de Israel y conocía el Antiguo Testamento. Éste hablaba del reino, y sobre tal tema él deseaba ser enseñado. Pero sus palabras revelaban que él no discernía el reino, el cual estaba ante él en la persona del Señor. Le había testimoniado al Señor el mayor honor que se le pueda conferir a un hombre: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro” (Juan 3:2); pero precisamente esas palabras demostraban que él tampoco había distinguido la luz. Los profetas del Antiguo Testamento habían hablado del reino. Pero ahora Dios mismo, el comienzo del reino, estaba manifestado. Se trataba de la esencia misma de la cosa y sus propias palabras revelaban que el hombre natural no podía percibir lo que es de Dios. “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”.

En realidad, el hombre debe poseer otra vida para poder discernir algo que viene de Dios. El Señor le habla a Nicodemo de cosas terrenales, del reino (Juan 3:12), pero lo que le dice son principios generales, como casi siempre en el evangelio según Juan. Es necesaria una vida nueva, no una semejante a la del hombre natural, sino una totalmente distinta. “¿Quién hará limpio lo inmundo?” (Job 14:4). Por cierto que si el hombre naciera diez veces, ello no le serviría de nada, pues esas vidas tampoco le permitirían ver a Dios. Por ese motivo la respuesta de Nicodemo no tenía sentido. Sin embargo, el Señor se vale de ella para revelar esta verdad: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (v. 5).

El agua purifica aquello a lo cual es aplicada. Aquí se la emplea figuradamente en relación con la profecía de Ezequiel 36:25-27: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”. En el versículo 10 el Señor hace clara alusión a este pasaje. Asimismo el Señor emplea en Juan el templo (v. 19-21) y en el capítulo 4 una fuente (v. 6-15) como figuras.

Si leemos Efesios 5:26 y Juan 13:10 vinculándolos con Juan 15:3, vemos que el agua es aquí una imagen de la Palabra de Dios. Otros pasajes lo confirman, tales como 1 Pedro 1:23, Santiago 1:18 y 1 Corintios 4:15: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”. “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”. “Pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio”. a

La Palabra de Dios, de poder purificador, aplicada por el Espíritu Santo, implanta en el hombre una vida nueva. Cuando la conciencia es conmovida por la Palabra, el corazón y la conciencia, las inclinaciones, los pensamientos y los actos son purificados y el Espíritu Santo obra una vida nueva. No es una vida natural, pues es engendrada por el Espíritu de Dios; ella es, por lo tanto, una vida divina. El hijo de Dios es nacido de Dios (Juan 1:13; 1 Juan 3:9 y 10; 5:18). Así como la vida natural no puede ser mejorada hasta el punto de poder discernir las cosas espirituales y entrar en relación con Dios, la vida nueva, divina, no puede degenerar. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6). “La simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9).

En los versículos siguientes, el Señor da algunos nuevos detalles. Esta vida nueva solo puede ser dada en virtud de la elevación del Señor Jesús en la cruz, pues el hombre es un pecador. Pero el amor de Dios dio al Hijo único, a fin de que todo aquel que cree en Él no se pierda, mas tenga vida eterna.

También se habla de vida eterna en el Antiguo Testamento (Daniel 12:2; Salmo 133:3). En esos pasajes ella es llamada así en relación con la gloria del milenio, del restablecimiento de todas las cosas. Pero aquí ella es revelada sin la gloria. El Hijo único del Padre está allí, Él, quien en el momento en que hablaba con Nicodemo en la tierra estaba en el cielo (Juan 3:13; 1:18), Él, el verdadero Dios y la Vida eterna (1 Juan 5:20), Él no da ninguna enseñanza sobre la vida eterna, pues Él es en sí mismo la manifestación de ella: Él es la vida eterna. ¡Qué revelación! ¡Qué obra la del Espíritu Santo! Hombres naturales, muertos en sus delitos y pecados, se convierten, por la operación del Espíritu Santo, en hombres nacidos de nuevo, quienes tienen una vida nueva, una vida divina, sí: la vida eterna misma, el Señor Jesús como la vida de ellos (1 Juan 5:11-13 y 20). 

Así podemos ver lo que significa tener la vida eterna. Ello no solamente implica que los hijos de Dios no morirán nunca, sino también la capacidad para captar las cosas espirituales, todo lo que proviene de Dios. Ello significa que Cristo está en nosotros, que tenemos una vida divina, la que no puede pecar (1 Juan 3:9). “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20). Dios nos ha dado todo un evangelio para que “creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31) y toda una epístola “para que sepáis que tenéis vida eterna; es decir, los que creéis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:13, V. M.).

¿Ello se traduce también en nuestra vida práctica mediante la afirmación: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”? (Gálatas 2:20).

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     N. del A.: Es incomprensible el hecho de que algunas personas vean en Juan 3:5 el bautismo. Piensan que el bautizado nace así de nuevo. A veces se oye el siguiente pensamiento acerca del bautismo de los niños: «En el mismo momento en que el diácono vierte el agua del bautismo, el mediador realiza desde el cielo una operación de gracia en el alma del niño que es bautizado». Pero el bautismo jamás habla de vida, sino solo de muerte. “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Romanos 6:3; ver también Colosenses 2:12). Se dice bien que los once apóstoles bautizaban, pero nunca que hayan sido bautizados con el bautismo cristiano (y de él se trata). Entonces ¿ellos no habían nacido de nuevo? Los creyentes del Antiguo Testamento ¿no habían nacido de nuevo? ¿El Señor Jesús podía reprocharle a Nicodemo que no conociera el bautismo cristiano (Juan 3:10), cuando éste aún no había sido revelado? Por otra parte, la idea de que cosas materiales —como el agua— puedan obrar la vida espiritual ¿no es absolutamente pagana?