''Para que no hagáis lo que quisiereis" (Gálatas 5:17)
En los capítulos precedentes vimos que el Espíritu Santo es una Persona divina: Dios el Espíritu Santo. También vimos que Él se preocupa por pecadores perdidos, a fin de llevarlos al arrepentimiento, y que implanta en aquellos que se arrepienten una vida nueva, una vida de resurrección ligada al Señor resucitado de entre los muertos y ahora sentado en los cielos. Vimos que Él mora en quien ha nacido de nuevo, después que este último creyó en la perfecta obra redentora hecha por el Señor Jesús, y que Él es en este redimido el poder que lo pone en comunión con el Padre y el Hijo, pero el que también lo liga a un Señor rechazado por el mundo, al cual debe darle testimonio. Él es el Consolador y nosotros hemos sido liberados por Él del poder del pecado, quien también nos ungió y nos selló. Sí, vimos que todas nuestras bendiciones y privilegios dependen de Él y que toda nuestra posición se caracteriza por su morada en nosotros. ¡Estamos “en el Espíritu”!
¿Qué influencia tiene todo esto en nuestra vida práctica? Pues no es posible que Dios el Espíritu Santo more en nosotros sin que ello ejerza una influencia en nuestra vida de todos los días. Gálatas 5, Efesios 4:30 y otros pasajes tratan este tema.
Gálatas 5 habla de la libertad del creyente. En Romanos 8 vimos que el creyente está librado de la ley del pecado y de la muerte. Esas personas liberadas son puestas aquí ante nosotros. En el versículo 1 leemos: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”. Y el versículo 13 dice: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne”. En este capítulo, la libertad es considerada bajo dos aspectos: por una parte, como un asunto de justificación, y por otra, como aquello que conduce a la santidad práctica y que está ligada a ella.
En la primera parte del capítulo, es la ley la que amenaza a la libertad. Los gálatas conocían la liberación que hay en Cristo Jesús y habían sido beneficiarios de ella. Sin embargo, algunos querían colocarse al mismo tiempo bajo la ley. Pero el apóstol les dice que entonces perdían todo el beneficio que hay en Cristo, cualquiera fuese el motivo por el cual se colocaran bajo la ley. Incluso si se lo hace «por reconocimiento» —como se dice a menudo— el resultado es el mismo. La ley solo conoce a hombres vivientes que no pueden satisfacer sus exigencias y que así caen bajo el juicio. Por más que ella sea santa, justa y perfecta, no tiene fuerza alguna para justificar o reconciliar. De ninguna manera puede mejorar a la vieja naturaleza ni servir de regla de conducta a la nueva. El viejo hombre del que el creyente se ha despojado (de manera que está muerto en Cristo) no es su objetivo, y el nuevo no tiene necesidad de ella. La nueva creación tiene otro objetivo para sí y otro poder, el cual obra en ella a fin de producir lo que es bueno y agradable para Dios: Cristo, realizado en el poder del Espíritu Santo. ¡Tal es la verdadera libertad!
Sin embargo, la libertad está también amenazada de otra forma. El creyente liberado no está más “en la carne”, como lo vimos en Romanos 8:9, pero la carne aún está en él. Y esta carne tiene codicias, las que manifiestan lo que es la carne, a saber: mala, pecadora y enemiga de Dios. Gálatas 5:19-21 da una bochornosa enumeración de esas codicias. Si las cumplo, entonces ya no soy libre, sino que me convierto en esclavo del pecado. ¿Qué debo hacer, pues? La carne está en mí y procura arrastrarme a dar libre curso a esas codicias. ¿Debo combatir contra la carne? Romanos 7 nos enseñó que entonces sufriré una derrota, pues yo no tengo fuerza para vencerla, incluso si tomo la ley como regla de conducta.
El apóstol da la respuesta: “Andad según el Espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16, V. M.). Nosotros, en quienes mora Dios el Espíritu Santo, nosotros, quienes estamos en el Espíritu, podemos andar por el Espíritu en la vida de todos los días y entonces no cumpliremos las codicias de nuestra vieja naturaleza. Si yo no tengo fuerza alguna para vencer a la carne, el Espíritu Santo la tiene. Y si la carne codicia contra el Espíritu, procurando así que nos veamos impedidos de obrar por y según el Espíritu, el Espíritu Santo se opone a la carne y la vence. Y lo hace a fin de que no cumplamos lo que deseamos, sino que obremos solamente según la voluntad de Dios, para que en nosotros se cumpla —en debilidad, sin duda— lo que el Señor Jesús podía decir: “Yo hago siempre lo que le agrada”.
¿Ello se cumple en nosotros? La respuesta no ofrece duda. Podemos saber muy bien si lo que se manifiesta en nuestra vida son obras de la carne o frutos del Espíritu. Ellos tienen caracteres tan distintos que podemos distinguirlos sin dificultad.
Nadie ha dudado nunca de que adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, etc., sean obras de la carne. Pero ¿estamos también convencidos de que enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías y envidias son obras de la carne? De manera que, aun si vivimos de una forma irreprochable, puede ser que nuestro andar sea según la carne (véase Filipenses 3). No nos engañemos a nosotros mismos. Hay una señal cierta que puede indicarnos si lo que hacemos es por el Espíritu o proviene de la carne. El Espíritu procura únicamente la gloria del Señor Jesús, y nunca nuestra propia honra. Y Él jamás cumple nada que se aparte de la Biblia. Todo lo que hacemos para recibir gloria es de la carne. Sepamos juzgar nuestra vida.
Efesios 4:17-32 habla de nuestra vida de cada día. El versículo 30 dice: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios”. Dios el Espíritu Santo mora en nosotros. En 1 Corintios 6:19 se dice expresamente: “¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?”. Entonces, ¿no debe tener la dirección de nuestra vida? ¿No querremos consultarle acerca de todo lo que debemos hacer, a fin de que Él pueda emplearnos?
Si hacemos nuestra propia voluntad ¿no será contristado?¿Empleamos nuestro cuerpo —ese cuerpo que es su templo— de manera que el Espíritu Santo no se vea entristecido? ¿O lo empleamos de otra manera, tal vez cuando estamos solos? Adonde vayamos ¿pensamos que el Espíritu Santo mora en nosotros? ¿Podemos llevar al Espíritu Santo doquier tenemos costumbre de ir? ¿Todo lo que vemos u oímos allí está de acuerdo con su santidad? ¿Puede Él oír todo lo que decimos o ver lo que hacemos sin ser contristado? ¡Ojalá podamos plantearnos seriamente todas estas preguntas!
