El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El Espíritu Santo como poder en nosotros

Sin embargo, no es suficiente poseer, por medio del nuevo nacimiento, la vida nueva. Por cierto que así somos hecho capaces de tener comunión con Dios, pero hace falta un poder para realizar esta comunión. Eso es lo que hallamos en la primera parte de Juan 4.

Lo primero que se nos presenta en el versículo 10 es que Dios, en este evangelio, no es Aquel que exige, sino Aquel que da. La ley exigía: “Amarás a Jehová tu Dios”, etc., e incluso a un hombre irreprochable como Nicodemo el Señor le decía: “Os es necesario nacer de nuevo”. Aquí, al contrario, Dios proclama su amor hacia el pecador en la persona de la más miserable pecadora, una mujer samaritana de mala vida. Es la gracia soberana, la cual no se limita a los judíos, sino que se expande también hacia afuera.

No es totalmente justo decir que aquí “el don de Dios” significa Cristo. Indiscutiblemente, Él es el gran don de Dios. Pero en Romanos 6:23 (V. M.) también está dicho que “el don gratuito de Dios es vida eterna, en Cristo Jesús Señor nuestro”. Creo que en Juan 4 tenemos el mismo pensamiento que en 2 Corintios 9:15: “¡Gracias a Dios por su don inefable!”. Allí el don indica el conjunto de las bendiciones de Dios, de manera que la mirada no es dirigida hacia el don, sino sobre Dios, el Dador.

Luego el Señor Jesús dice que Él es el Cristo (v. 26). Se manifiesta como Aquel que lo sabe todo, en el versículo 18, y como Aquel que da el agua viva que salta para vida eterna (v. 10 y 14). Esta Persona gloriosa está allí, fatigada del camino, con hambre y sed, sentada junto a un pozo, y le pide a la samaritana pecadora que le dé de beber. “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). Y, si bien la samaritana no ve en Él más que a “un judío”, no deja de ser el Hijo de Dios, el Juez de vivos y muertos (Juan 5:17-29). Él es quien puede dar el agua viva que apague la sed para siempre.

En tercer lugar, encontramos el agua viva. En el capítulo 3 hemos visto que el agua es una imagen de la Palabra de Dios. El Espíritu Santo produce, por la Palabra, la vida en un hombre que no poseía ninguna vida de Dios sino solamente una naturaleza pecadora. Aquí se trata de agua viva, de un agua caracterizada por la vida, el agua de una fuente de vida que mana sin cesar. Ella es la Palabra y el Espíritu juntos, pero caracterizados por el Espíritu. En el capítulo 7:37-39 vemos también que el agua viva es una imagen del Espíritu Santo, pero como Aquel que mora en el creyente.

Esto no es lo mismo que la nueva vida divina que poseemos por el nuevo nacimiento, ni siquiera en su forma más rica, tal como nos la presenta la expresión “vida eterna”. Ésta es, en sí misma, dependiente y nunca puede ser una fuente. Representarla como una fuente estaría en contradicción con toda la verdad concerniente a esta naturaleza nueva y divina, mientras que el Espíritu Santo, como Aquel que mora en el creyente, es una fuente de poder, una fuente de gozo que salta como vida eterna.

El poder vivificador del Espíritu Santo, el contraste entre la antigua y la nueva creación, tal como las hallamos en Juan 3, son anunciados en la tierra desde la caída. A partir del capítulo 3 de Génesis, el Espíritu de Dios obró en las almas para producir en ellas el nuevo nacimiento, pues sin nuevo nacimiento ningún pecador puede ser salvo. Sin embargo, el Espíritu de Dios nunca fue dado antes de que el Hijo fuera manifestado como hombre en la tierra con amor hacia los pecadores y antes de que Dios se revelase como Aquel que da. Es también Cristo el que da, y aquí no se da a sí mismo ni da únicamente la vida. Ello lo hemos visto en el capítulo 3, y la Palabra no se repite nunca. Él da el Espíritu Santo, el cual es en el creyente una fuente de poder.

Juan 7:39 nos dice que ello no se produjo hasta después de que el Señor hubo sido glorificado, es decir, hasta el día de Pentecostés. Juan 4 se relaciona solamente con el tiempo de la Iglesia en la tierra, lo que está claramente confirmado en los versículos 23 y 24.

Si bien el corazón de esta mujer se siente atraído por la gracia, ella no comprende nada de lo que el Señor le dice ni reconoce su gloria. Piensa que el pozo es demasiado profundo para el Señor (y verdaderamente el pozo del cual Él bebe es profundo, pues se trata del corazón del Padre, quien quiere manifestarse a los pecadores como el gran Dador).

Antes de la caída, Adán jamás tuvo sed. Sin duda fue así —materialmente hablando, pero más aun espiritualmente-, pues de otro modo la creación de Dios no habría sido buena en gran trianera. Después de la caída, el hombre tuvo sed. Lo mejor que tenía era una esperanza, pero no veía la realización de ella. Incluso la tradición, ese pozo de Jacob en el cual el hombre religioso trata de saciar su sed, no puede satisfacer: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed” (v. 13). Ahora, el Hijo de Dios había venido para dar —a todos aquellos que han nacido de nuevo, a todos aquellos que tienen la vida eterna— el Espíritu Santo, el poder que les hace partícipes de todo lo que está en Dios.

Cuando se trata de cosas naturales, mis bienes disminuyen si doy una parte de ellos. En las cosas espirituales es distinto: cuanto más doy, más recibo. La fuente es inagotable, salta con vida eterna y satisface todos los deseos de la vida nueva. No se puede decir lo mismo, prácticamente, si el corazón está ligado a las cosas terrenales. Un creyente que se encuentra en un estado carnal, tiene sed; pero, si vuelve a Cristo, halla, en el fondo de su alma, la fuente.

El Espíritu Santo no nos es presentado aquí como una persona. Eso lo encontramos más adelante, cuando se expone la verdad según la cual, después de la elevación del Señor Jesús, otra Persona divina vendría a la tierra y moraría en ella. Aquí vemos al Espíritu Santo como poder divino que obra en la nueva vida y produce lo que está de acuerdo con Dios. El agua viva que el Señor da “será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (v. 14).

Una fuente es aquella que mana continuamente y en la cual reside el poder de hacer que el agua salte. Este poder es presentado aquí de una manera más intensa por medio de las palabras “salte para vida eterna”. Así obra el Espíritu Santo en el creyente, produciendo “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22). Todos estos caracteres pertenecen a la vida nueva, pero ellos son producidos por este poder que obra en la vida nueva. Hay descanso y poder. No tenemos solamente la vida eterna en Él, sino una fuente de agua en nosotros, poder que viene de Dios (el cielo viene a mi corazón). Es el poder de la vida divina que me lleva a la comunión con el Padre y con el Hijo.

Aquí todo es personal: en mi propia alma hay una fuente de agua que salta para vida eterna. El hombre tiene sed; entonces bebe del agua viva y ésta resulta para él una fuente que le hace partícipe de todo lo que está en Dios. Y él grita a todo hombre: “El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

En Romanos 8 encontramos el resultado de la doctrina presentada en Juan 3 y 4: el Espíritu como vida y como poder en el creyente. En los siete primeros capítulos de la epístola a los Romanos solo dos veces se habla del Espíritu, a saber, en el capítulo 1:4 en relación con la resurrección del Señor Jesús, y en el capítulo 5:5, en el cual es mencionado como lo que explica que el creyente pueda gloriarse en la tribulación. Pero en el capítulo 8, en el que la doctrina propiamente dicha de esa epístola está terminada y en el que la posición del creyente es expuesta con toda su gloriosa libertad (librado de los pecados, librado de la vieja naturaleza, librado de la ley), entonces hallamos dieciocho veces la palabra “Espíritu” o la expresión “del Espíritu”.

En el versículo 2 tenemos el Espíritu de vida, el cual produce la vida nueva en el hombre, así como en Génesis 2:7 Adán fue hecho ser viviente por medio del soplo de vida. Sin embargo, no basta que el hombre tenga una vida nueva. Él pecó, pero Cristo llevó sus pecados en la cruz. Él tiene una naturaleza pecadora, la que solo puede pecar, pero Dios la juzgó en Cristo, sobre la cruz. “Al que no conoció pecado”, Dios “por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21). “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). En el versículo 4 encontramos no solamente el deseo del nuevo hombre de hacer el bien ("Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”, Romanos 7:22), sino el poder para actuar así a fin de que “la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. No se trata solamente de la carne por un lado y la nueva naturaleza por el otro, sino de la vieja naturaleza (el pecado en la carne) juzgada por Dios en la muerte y la resurrección de Cristo, y el Espíritu como poder que conduce a la nueva naturaleza en una relación viva con su objeto. La revelación del Padre y del Hijo es lo que recibe el alma en la cual mora el Espíritu Santo.

No es lo mismo que lo que se dice de Balaam, por ejemplo. El Espíritu de Dios vino sobre él por un tiempo (Números 24:2). Pero aquí vemos cómo el creyente recibe el Espíritu Santo después de haber sido llevado a la vida. Su posición está caracterizada por ello. Él no está en la carne, sino en el Espíritu. Tiene el Espíritu de Cristo y pertenece a Cristo, el Padre le ama como ama a Cristo, tiene el Espíritu de Dios y por tal motivo tiene comunión con Dios. Tiene el Espíritu de adopción por el cual clama “¡Abba, Padre!”. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.

Jamás el Espíritu puede insuflar duda en cuanto a la salvación o suscitar el pensamiento de que “espero ser salvo”. El Espíritu Santo da la certeza de la adopción y el bendito sentimiento de la comunión. Sí, como el Espíritu Santo mora en nosotros, nuestros cuerpos no pertenecen más a la tierra, sino al cielo, y Dios los resucitará un día así como resucitó a Cristo de entre los muertos. “Si (somos) hijos (de Dios), también (somos) herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo”.

Tal es la verdadera posición del creyente, una posición que los creyentes del Antiguo Testamento no poseían. ¿Tenemos conciencia de lo que hemos sido hechos y lo realizamos en la práctica?