Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.
Efesios 5:25
El propósito de Dios para con el hombre era que este tuviese una “ayuda idónea”, porque no era “bueno” que el hombre estuviera solo (Génesis 2). Dios formó, pues, una mujer tomada de Adán, y no del polvo, manifestando así que ambos eran uno, que entre ellos existía una dependencia mutua, y en particular de la mujer hacia el hombre. Eva era para Adán una ayuda inteligente, dotada de afecto como él; es decir, idónea, que le correspondía.
Pero surgió el pecado, acarreando la ruina, oscureciendo el entendimiento del hombre, pervirtiendo sus afectos y embotando su sentido moral. No obstante, lo que Dios instituyó desde el principio permanece, como lo muestran las palabras de Cristo y de los apóstoles. Y aunque muchas veces el hombre caído haya hecho caso omiso del pensamiento de Dios en cuanto al casamiento –como también respecto al verdadero papel de la mujer y las obligaciones que supone la relación de esposos–, aunque de muchas maneras haya profanado este vínculo, ello no desvirtúa en nada el propósito de Dios. Sigue siendo verdad que “no es bueno que el hombre esté solo”, y que el matrimonio es una preciosa institución divina.
En el casamiento, como en todas las cosas, el creyente debe buscar la gloria de Dios, y solo la Palabra puede iluminarlo y guiarlo en el camino de la obediencia en medio de un mundo arruinado por el pecado. Veamos, pues, las enseñanzas que el Espíritu Santo nos da respecto a este tema.
Toda relación implica obligaciones derivadas de ella; algunas epístolas nos muestran, especialmente, en qué consisten los deberes mutuos de los esposos creyentes. Estos son muy sencillos y pueden resumirse en dos puntos: el amor por parte del marido y la sumisión por parte de la esposa.
Amor
Si leemos los pasajes bíblicos citados, veremos la manera tan sublime con la que el Espíritu Santo nos presenta las relaciones entre el marido y la esposa, valiéndose del símil de la unión de Cristo y la Iglesia. ¡Cuán purificadas y santificadas se hallan entonces dichas relaciones! Dios ennoblece el asunto sirviéndose de este ejemplo para explicar sus pensamientos respecto a Cristo y la Iglesia. Las expresiones “como al Señor”, y “así como Cristo” (Efesios 5:22, 25) son la divina medida propuesta a la esposa y a su esposo.
El modelo del amor del marido respecto a su esposa es, pues, el mismo amor de Cristo por la Iglesia:
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.
Es el amor manifestado por la abnegación y los tiernos cuidados que Cristo prodiga a la Iglesia. Él mismo se entregó por ella, renunciando a todo. Así debe ser el amor del marido por su esposa, lleno de abnegación, de sacrificio, de olvido de sí mismo, en otras palabras, un amor sin egoísmo alguno.
Cristo cuida a la Iglesia, la cual es el objeto de su amor; la sustenta, la cuida, formándola por la enseñanza de su Palabra. Del mismo modo, el marido debe brindar a su esposa cuidados y atenciones llenas de afecto; la ama como a sí mismo; por un lado, provee a sus necesidades materiales, y por otro, cuida y sustenta su alma. La atiende en las cosas espirituales, ayudándola, amparándola, enseñándole y sacando para ella y para sí mismo el alimento espiritual en la lectura y meditación de la Biblia, acompañadas de incesantes oraciones.
El apóstol Pedro nos habla de la mujer como de un “vaso más frágil” y sensible, no solo en su cuerpo, sino en los sentimientos de su alma; por consiguiente, puede entristecerse con más facilidad debido a alguna palabra áspera. Exhorta, pues, a los maridos para que obren en consecuencia: deben llevar con tolerancia su mayor sensibilidad, ayudarlas, tratarlas con paciencia, evitar lo que pueda ofenderlas, pensando que como esposas participan de su vida y necesitan ser animadas en sus tareas hogareñas, a menudo difíciles.
La esposa tiene derecho al cariño entrañable de su marido; Cristo, nuestro modelo, ama a la Iglesia con un amor sin igual. Así, “cada uno... ame también a su mujer como a sí mismo”, brindándole cuidados llenos de ternura, amor y sensibilidad que regocijarán su alma.
Sujeción
En cuanto a la esposa, la Palabra de Dios requiere de ella la sujeción, mostrándole como ejemplo la sujeción de la Iglesia a su Señor. Pero notemos bien que no se trata de una sujeción semejante a la de una esclava. Los pasajes citados no exhortan a las mujeres a amar a su marido, pues su propia naturaleza les inclina a hacerlo. Por otra parte, no olvidemos que el amor es, para todo creyente, el móvil de una vida cristiana puesta en práctica. La sujeción de la esposa será entonces una sujeción voluntaria y feliz, nacida del amor. El amor que manifiesta por su esposo hace que no le cueste cumplir sus deseos –hasta los anticipa– y para ella es un gozo tratar de aliviar su pesada tarea, evitándole desvelos y preocupaciones. Porque la sujeción que debe manifestar también es una obediencia inteligente que discierne juiciosa y discretamente lo que pueda inquietar a su marido, y entonces procura llevar con él el peso de las dificultades.
No olvida que si el varón es cabeza de la mujer (1 Corintios 11:3), ella sigue siendo lo que Dios la hizo desde el principio: una “ayuda idónea para él”, apta para comprender y compartir sus penas, para llevar con él el peso de los cuidados diarios, para ayudarle con su cariño, su consuelo, y muchas veces con sus consejos.
Amor y sujeción... divinos mandamientos que solo bajo la dependencia del Espíritu Santo obedecerán los esposos. Además, nada suscitará ni mantendrá más la sujeción de la esposa como el amor de su marido por ella.