El título de una columna del diario despertó mi curiosidad: «La mala reputación de la obediencia». El artículo comienza con esta comprobación: «La obediencia ya no se considera una gran virtud».
La pérdida de valores en el mundo es muy evidente. Sin embargo, no se habla de una pérdida de valores, sino de un cambio de valores. Por ejemplo, la gente ya no quiere someterse a la obediencia o a la lealtad como lo hizo duran-te épocas pasadas de opresión, en las que sufría abusos. Pero, ¿estos abusos justifican la abolición de la obediencia? ¿No deberíamos orientarnos siempre hacia las virtudes bíblicas?
Obediencia – un concepto del Creador
Cuando Dios creó al hombre y lo puso en el huerto del Edén, le dio la mayor libertad posible: “De todo árbol del huerto podrás comer” (Génesis 2:16), con una excepción: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (v. 17). ¿Por qué Dios les hizo esta única prohibición? ¿No podría haber concedido al hombre la libertad completa? ¡No! Esta única prohibición hizo que el hombre tomara conciencia de que era responsable ante Dios y que debía someterse a Él. Por lo tanto, la obediencia es uno de los elementos básicos de la existencia humana. Pero como el hombre escuchó a la serpiente más que a Dios, desobedeciendo a Dios y a sus mandamientos, la maravillosa armonía entre el hombre y Dios fue destruida, produciéndose una separación espiritual entre ellos.
Así, por la desobediencia de Adán, todos sus descendientes “fueron constituidos pecadores” (Romanos 5:19). Todos son por naturaleza “hijos de desobediencia” (Efesios 2:2).
Obediencia – el mejor ejemplo
Cuando el Señor Jesús se hizo hombre, tomó “forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). Para él, esta humillación significaba ser obediente. Siendo el Hijo eterno y el Dios eterno, es Señor y Soberano. Pero con su encarnación se hizo siervo de Dios. Así nos mostró lo que desde el principio Dios quería de nosotros los seres humanos: que subordináramos nuestra propia voluntad a la suya.
Todo lo que el Hijo de Dios, quien se humilló, hizo aquí en la tierra, estaba en perfecta armonía con su Padre celestial. De hecho, incluso su alimento fue hacer esta voluntad y cumplir Su obra (Juan 4:34). Su obediencia culminó en el huerto de Getsemaní y en la cruz, cuando Jesús dio su vida por el pecado. Esta siempre había sido la voluntad de Dios (comp. Hebreos 10:5-10), la cual llevó al Señor a una profunda angustia. Sin embargo, permaneció obediente “hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). ¡Le agradecemos de todo corazón!
“Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19), y serán “hijos obedientes” (1 Pedro 1:14). Poseemos la vida eterna, por lo tanto podemos “obedecer” al Señor (1 Pedro 1:2)
Obediencia – un deber permanente
Aunque somos hijos de Dios, la carne, es decir, la vieja naturaleza pecaminosa, todavía está en nosotros; por eso, desafortunadamente, no siempre correspondemos a nuestro ejemplo perfecto.
Es, pues, muy importante que nos aferremos a las instrucciones de Dios en Su Palabra. En ella encontramos “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”, para nuestra vida (Romanos 12:2). Esto también significa que debemos sujetarnos y obedecer “a los gobernantes y autoridades” (Tito 3:1). Siempre y cuando los deseos e instrucciones de las autoridades designadas por Dios, como los padres, maestros y superiores, no contradigan la voluntad de Dios, debemos obedecerles, aunque a veces nos cueste. Renunciar a sí mismo y hacer caso a lo que dicen los demás no corresponde a nuestra vieja naturaleza ni al estilo de vida generalmente aceptado hoy, ya que ser bueno y obediente no está de moda.
El diario mencionado al principio continúa diciendo: «Madu-rar también significa reconocer cuándo es razonable dejar de lado la propia voluntad… Hoy día es difícil transmitir el concepto de la obediencia debido a que probablemente el ego se ha hecho tan grande. Exigirle sumisión equivale a un insulto…».
Obedecer es un gozo
En la era del individualismo del hombre moderno, en la que se propaga la autorrealización, la obediencia solo puede significar renuncia, restricción y degradación. Pero los creyentes tienen una perspectiva diferente, porque saben que la obediencia les hace libres y felices: “Andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos” (Salmo 119:45). Quien empieza a renunciar a su propia voluntad conocerá la inmensidad del amor de Dios. Y los que permanecen en este amor sentirán un gran gozo, como el que tuvo el Señor Jesús cuando vivió aquí en la tierra como hombre obediente (comp. Juan 15:10-11). ¡Probémoslo!
H. Mohncke
Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro.
1 Pedro 1:22
(Dios dice:) Escucha, pueblo mío, mi ley; inclinad vues-tro oído a las palabras de mi boca.
Salmo 78:1
El hijo sabio recibe el consejo del padre; mas el burla-dor no escucha las reprensiones.
Proverbios 13:1