Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.
Juan 15:4-7
Si estos versículos nos presentan la bienaventuranza de permanecer en Cristo, bien podemos preguntarnos qué debemos entender por las palabras del Señor: “Permaneced en mí”.
¿No implican acaso un andar tan cerca de Cristo que el alma se deleita en toda su belleza y excelencia moral, y así encuentra su objetivo y modelo perfecto en él?
Permanecer en Cristo también supone tener un corazón en comunión con él, que se deleita en confiar en él y aprender de él. Permanecer en Cristo significa, sobre todo, vivir bajo la influencia de Su presencia, realizada por la fe. Si un cristiano fiel y de buen testimonio visitara nuestro hogar, su presencia, ¿no tendría una influencia moderadora sobre todos los que están en casa? Probablemente seríamos más cuidadosos con nuestras palabras y actos. Si la presencia de un hombre con pasiones semejantes a las nuestras produjera este efecto, ¿cuál sería el resultado de la presencia real de Cristo mismo?
Además, estos versículos que nos exhortan a permanecer en Cristo también nos hablan de la bienaventuranza que disfrutaremos si permanecemos en él.
En primer lugar, aprendemos que permaneciendo en Cristo daremos fruto. Se nos dice que si no permanecemos en Cristo, no podremos dar fruto. Luego dice que si permanecemos en Cristo, y él en nosotros, daremos mucho fruto. En otra Escritura dice que el fruto del Espíritu es “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). Estas maravillosas cualidades son una descripción del hermoso carácter de Cristo. Podemos, pues, decir con certeza que el fruto mencionado por el Señor es la reproducción de su propio carácter en la vida de los creyentes. Esto solo será posible si permanecemos en Cristo. Nunca mostraremos el carácter de Cristo simplemente tratando de ser como él. Sin embargo, si buscamos Su compañía y nos sometemos a Su influencia, permaneciendo en él, seremos transformados a Su imagen, de gloria en gloria.
En segundo lugar, el Señor nos dice claramente que si permanecemos en él, nuestras oraciones serán respondidas. Bajo la bendita influencia de Su presencia, con Sus palabras morando en nuestro corazón, nuestros pensamientos se moldearán a los Suyos y nuestras oraciones estarán en armonía con Su mente. Orando así tendremos respuesta a nuestras oraciones.
En tercer lugar, el apóstol Juan nos dice que el que “permanece en él” debe “andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). ¿Cómo anduvo Cristo? La Palabra dice: “Ni aun Cristo se agradó a sí mismo”. Hablando del Padre, el Señor Jesús dijo:
Hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29).
Este es el modelo perfecto para el andar de los creyentes, pues el apóstol Pablo pudo exhortar a los hermanos “cómo os conviene conduciros y agradar a Dios” (1 Tesalonicenses 4:1). Para nosotros solo es posible, en cierta medida, seguir ese camino de perfección si permanecemos en Cristo. Qué bueno es, entonces, como María, sentarnos a sus pies y escuchar sus palabras. Así, bajo su influencia, recordar su camino, seguir sus pasos, escuchar sus palabras de amor y gracia, ver su mano extendida para bendecir.
Podemos conocer las doctrinas del cristianismo; podemos sostener correctamente las grandes verdades esenciales de nuestra fe, pero, como alguien dijo, «ningún conocimiento, por correcto que sea, ninguna inteligencia, por exacta que sea, podrá jamás imprimir en tu alma la huella de la mente del Señor Jesucristo». Si queremos llevar la marca de Cristo, debemos estar en su compañía y andar con él. Cada persona se forma por la compañía que frecuenta: el carácter de aquel en cuya compañía andamos es el carácter que reflejaremos.
En cuarto lugar, el apóstol Juan nos dice, además, que si permanecemos en Cristo, nuestro andar será tal que no seremos avergonzados ante Cristo cuando él venga. Solo si permanecemos en Cristo, bajo la influencia de Su presencia, y así nos juzgamos a nosotros mismos, seremos preservados de todo lo que nos avergonzaría en el día de la gloria.
Por último, el apóstol Juan nos recuerda que “todo aquel que permanece en él, no peca” (1 Juan 3:6). Los versículos anteriores nos muestran lo que el Espíritu de Dios quiere decir con la expresión “pecado”, pues el versículo 4 afirma: “El pecado es infracción de la ley”. La esencia del pecado es hacer la propia voluntad, sin dependencia de Dios ni del hombre. Entonces, ¿cómo escapar del principio maligno de la transgresión de la ley y de la propia voluntad? Solo permaneciendo en Cristo, estando bajo la influencia de Aquel que pudo decir: “He descendido... no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”, escaparemos de la voluntad propia, que es la esencia misma del pecado.
Estos son, pues, los benditos resultados, tal como nos los presenta la Escritura, de permanecer en Cristo.
Qué bueno es prestar atención a las palabras del Señor: “Permaneced en mí... porque separados de mí nada podéis hacer”. Podemos tener dones, conocimiento, celo y una larga experiencia, pero sin Cristo no podemos hacer nada. Los dones, el conocimiento y el celo no son poder. Todas estas cosas no nos permitirán vencer la carne, rechazar el mundo o escapar a las trampas del diablo. Podemos tener todas estas cosas, pero sin Cristo podemos tropezar ante la más pequeña prueba y caer en los mayores males.
Si “separados” de Cristo no podemos hacer nada, entonces busquemos permanecer en él, y no nos atrevamos a avanzar ni un solo día, ni a dar un solo paso, sin él.