En el lugar equivocado (n° 5 y 6)

Salmos 86:11

Con qué facilidad vemos los graves errores de algunos amados siervos de Dios –como los que mencionaremos a continuación, al estar donde no debían estar– y sus lamentables consecuencias. Sin embargo, no podemos ignorar el triste hecho de que los mismos motivos alarmantes que les influenciaron a ellos, pueden llevarnos por mal camino a nosotros. Qué enemigos tan terribles son estos, contra los cuales no tenemos ninguna protección real, a menos que tengamos puesta “toda la armadura de Dios” (Efesios 6:11-17). Si dejamos caer, aunque solo sea momentáneamente, “el escudo de la fe”, Satanás utilizará sus “dardos de fuego” para sacar el máximo provecho. Si analizamos a conciencia todos estos motivos, veremos que todos ellos provienen del orgullo personal, el único principio que, en el hombre, responde al astuto engaño del enemigo, quien cayó por su propio orgullo. Pero es bueno que estas cosas se expliquen detalladamente para poder discernir la acción de tales motivos en nuestros corazones, y juzgarlos sin piedad.

1) Abram

¿Quién no ha experimentado algo de la preocupación de Abram, no solo por sí mismo, sino por sus seres queridos, cuando el hambre azotó la tierra prometida? Guiado por la vista, fue al lugar donde consideró que había de comer. Su fe flaqueó. Dios lo había llevado a la tierra prometida, y ¿no lo sostendría, con hambruna o sin ella? Ahora nosotros, ¿dejaremos el lugar del testimonio de Dios porque nos preocupa el futuro, y buscaremos otros campos que parezcan más verdes? Tanto si la necesidad es material como espiritual, “por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6). Esto es lo que trae “la paz de Dios”, paz que no se logra buscando en otro lugar alguna provisión que parezca atractiva. Si el Señor permite que pasemos por grandes dificultades, su propósito es probar nuestra fe. Pero “la prueba de vuestra fe” es “mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego” (1 Pedro 1:7). ¿Por qué conformarnos con fracasar en la prueba y sufrir por ello?

2) Lot

Abraham se recuperó completamente de este fracaso: los atractivos de Egipto lo engañaron solo por un tiempo. Pero no sucedió lo mismo con Lot. En lugar de liberarse de su codicia, permitió que esta se convirtiera en ambición mundana. Podemos insistir sinceramente en que necesitamos ganarnos la vida en la tierra; pero, ¡muchos de los que lo hacen pronto caen en la trampa de buscar ventajas y posiciones mundanas! Es probable que Lot se haya persuadido a sí mismo de que realmente estaba tratando de mejorar la condición de Sodoma, como algunos cristianos se esfuerzan por mejorar el mundo. Pero ¿es esto totalmente honesto? Lot estaba sentado como juez a la puerta de Sodoma. ¿Podría decirse que lo que realmente buscaba era mejorar la ciudad, sin preocuparse por sus propios intereses terrenales? No, Lot era ambicioso, y al final perdió todo. ¡Qué advertencia para los hijos de Dios!

3) Jacob

Algo de este mismo espíritu manifestó Jacob en Harán, y trabajó duro a fin de proveer para “su propia casa”; pero en su caso no olvidó que debía mucho a la gracia de Dios. Y, en efecto, por esta misma gracia, Dios trató de restaurarlo plenamente, cuando le dijo que regresara a Betel, la “casa de Dios”. Pero Jacob se demoró en el camino; en Siquem “compró una parte del campo” y se estableció allí. En lugar de dejar el mundo completamente atrás, compró una pequeña parte de él, y el precio que pagó más tarde fue mucho mayor que un poco de oro. Con cuánta facilidad nosotros también, cuando tenemos los afectos divididos, podemos contentarnos con una tienda en la mitad del camino, en vez de estar en el lugar que Dios tiene para nosotros, la “casa de Dios”. Pero aquí las consecuencias para la familia de Jacob fueron las más vergonzosas y malas de su historia. Tengamos cuidado con un corazón dividido, que en parte está con el Señor y en parte está con el mundo. Más bien, oremos fervientemente como el salmista: 

Enséñame, oh Señor, tu camino; caminaré yo en tu verdad; afirma mi corazón para que tema tu nombre (Salmo 86:11).

4) David

Por otro lado, suponiendo que aprendamos a rechazar la ambición mundana, ¿podemos entregarnos a una existencia perezosa? Quizás un pensamiento como este influyó en David, “en el tiempo que salen los reyes a la guerra”. Si no tenía necesidad de ganar nada para sí mismo, ¿olvidó que aún había mucho que ganar para Dios? La indolencia conduce al pecado. David, un hombre de Dios activo y devoto como había sido, se halló sin nada que hacer más que pasearse “sobre el terrado de la casa”, aunque Israel había ido a la guerra. ¿Nos ocupamos de las cosas del Señor? No nos conformemos con una satisfacción egoísta, sino utilicemos el tiempo libre para llenar nuestras almas con la verdad de la Palabra de Dios, dando un testimonio coherente del Señor Jesús, como buenos soldados suyos. Si admitimos la indolencia en nuestras vidas, el mundo tiene miles de atracciones para excitar nuestros sentidos naturales, para lo cual, si estuviéramos debidamente ocupados, no tendríamos tiempo ni ganas. ¿No puede el eterno Dios de gloria darnos lo suficiente para ocupar nuestro tiempo de manera provechosa? No pongamos excusas para no servirle.

6) Elías

Elías ilustra otro peligro muy real en relación con el servicio del Señor. Después de un profundo ejercicio del alma, se había mantenido firme por el Dios vivo, había hecho descender fuego del cielo, había destruido a los profetas de Baal, y mediante su oración había hecho descender la lluvia sobre la tierra desolada. Sin embargo, poco después estaba debajo de un enebro, huyendo de Jezabel, totalmente desanimado y pidiendo a Dios que le quitara la vida. Por supuesto, había pensado que si Dios mostraba tan poderosas obras de poder, Israel se volvería a Dios, pero tales efectos morales y espirituales no se habían producido. Creía que sus esfuerzos habían sido en vano: se sentía solo y despreciado. Todo verdadero siervo de Dios ha experimentado esto, al menos en cierta medida. Pero el desánimo no es bueno, nunca es la solución. Es Dios quien da valor a nuestro servicio para él, no el hombre. Si el servicio se ha hecho para el Señor, es necesario dejar los resultados completamente en Sus manos. Para nosotros no es fácil aplicar esto con verdadera sencillez de fe, pero debemos recordar que solo somos siervos, y la misma verdad de Dios por la que Elías pudo enfrentarse a Acab, era realmente suficiente para sostenerlo cuando fue rechazado y despreciado. Fijemos nuestros ojos en nuestro Señor, y el desaliento no nos abrumará.

Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Corintios 15:58).

7) Jonás

Por si esto fuera poco, existe un mal aún peor que puede atacar a los siervos del Señor, y no debemos olvidar que todos los hijos de Dios son Sus siervos y están destinados a servir “a Dios agradándole con temor y reverencia”. Jonás escribe sobre sí mismo y expone sus propios motivos, lo que parece una clara señal de que, al juzgar tales motivos, Dios en su gracia lo restauró. En lugar de ir a Nínive cuando Dios lo envió, Jonás huyó en un barco, y allí dormía, lo que lo llevó a experimentar una intensa angustia en el vientre de un gran pez. En el capítulo 4:1-2, él mismo revela la razón de su desobediencia. Sabía que si iba y advertía a Nínive sobre el terrible juicio de Dios, la ciudad podría arrepentirse y el juicio sería evitado, ¡porque sabía que Dios es misericordioso! Cuando esto sucedió, Jonás se enojó mucho, posiblemente porque pensó que su reputación como profeta se vería afectada, ¡o porque prefería que los gentiles perecieran antes que verlos arrepentirse! ¿Es posible que los motivos de un siervo de Dios puedan caer tan bajo? Por desgracia, así es. Para que yo pueda gozar de cierta reputación, para que pueda «ser alguien», probablemente desee que otros sean menospreciados. ¿Oramos sinceramente por todos los hombres, por los más humildes, por los más miserables? ¿Nos alegramos al pensar en pecadores culpables que se arrepienten y se vuelven a Dios? Que nuestros corazones se abran al amor verdadero y activo por las almas, y seremos preservados de esta indiferencia que hace su propia voluntad en lugar de obedecer a Dios. Jonás debería haberse alegrado de que su predicación fuera utilizada por Dios para que toda una ciudad se arrepintiera y clamara a Dios pidiendo misericordia. Pero si nosotros mismos no hemos experimentado un verdadero arrepentimiento, entonces el arrepentimiento de los demás tampoco nos conmoverá.

8) Pedro

El caso de Pedro es más común, sin embargo, ¿no hemos experimentado lo mismo respecto a la tristeza por su fracaso cuando su Maestro enfrentó la hora más cruel en manos del hombre? ¿Qué enemigo poderoso debilitó tanto a este ferviente seguidor del Señor Jesús? Solo “el temor del hombre”, que “pondrá lazo”. ¿Cómo pudo este hombre, tan naturalmente audaz y valiente, acobardarse y mentir cuando fue confrontado por una mujer? ¡Ay, cuán débiles somos! Pero, ¿por qué Pedro tuvo miedo? Antes había dicho al Señor que estaba dispuesto a ir con él no solo a la cárcel, sino también a la muerte (Lucas 22:33).  Pedro no veló en el huerto de Getsemaní y se quedó dormido. ¡Qué lección para nosotros! En las cosas de Dios, el valor natural fallará. Solo el poder y la gracia de Dios pueden sostenernos y preservarnos del miedo. 

En el día que temo, yo en ti confío (Salmo 56:3).

Me aseguraré y no temeré (Isaías 12:2). 

De manera sorprendente, Isaías 51:12-13 muestra que el miedo, al igual que los otros males que hemos señalado, es producto del orgullo, aunque no lo creamos: “¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado del Señor tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra”. Esta es una reprimenda severa y justa a nuestro necio miedo al hombre. Los resultados del temor de Pedro fueron humillantes en extremo, y tampoco escaparemos de cosechar lo que sembramos. Sin embargo, la gracia divina restauró y restaura maravillosamente.

Conclusión

Estos no son, de ninguna manera, todos los casos de siervos de Dios con actitudes equivocadas registrados en la Palabra de Dios, y haríamos bien en considerar historias como las de Abraham yendo a ver a Abimelec el filisteo; de Sansón y sus muchos compromisos con los filisteos; de Elimelec y Noemí yendo a Moab; de la estancia de David en Gat, y más tarde en Siclag; de Jonatán eligiendo la corte de su padre Saúl cuando David fue rechazado; de Josafat descendiendo a visitar al malvado rey Acab en términos amistosos; y de Abdías, el siervo del Señor, que fue hallado sirviendo a Acab. Tan numerosos son los casos de tales fracasos, que sin duda son serias advertencias. Ciertamente no pretenden darnos ninguna excusa para nuestro propio fracaso, sino que son señales de advertencia para que podamos evitar los mismos escollos y encontrar en el Señor Jesús la fuerza y la gracia necesarias para afrontar estas cosas, cultivando los motivos positivos de la fe en el bendito Hijo de Dios, y del amor a él mismo y a los demás.