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La confesión y la fe
Notemos las dos cosas necesarias que se mencionan aquí: la confesión y la fe. En el versículo 9, la confesión es citada en primer término, no porque sea la más importante, sino porque es la que más contribuye a la gloria del Señor Jesús.
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La creación da testimonio acerca de Dios
Las maravillosas obras y leyes de la creación les demostraban sin cesar la grandeza, el poder y la sabiduría de Dios, pero “no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias”. Su orgullo y presunción les hicieron caer cada vez más bajo en la locura y las tinieblas de sus corazones, y el juicio cayó sobre ellos.
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La culpabilidad de los paganos
Con toda naturalidad el apóstol llega ahora a considerar por qué razón Dios debió desplegar tal amor. La causa determinante de ello es la irremediable ruina del mundo entero, la culpabilidad de todos los hombres, sean judíos o gentiles.
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La descendencia espiritual de Abraham
Como ocurre también en nuestros días, los judíos pretendían convertir las promesas que Abraham había recibido en una «obligación» para Dios en el sentido de bendecir únicamente a toda la descendencia natural del patriarca (lo que naturalmente excluía a los gentiles); pero el apóstol dice que no todos los que descienden de Israel son israelitas, y que no por ser descendientes de Abraham todos so
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La fe contada por justicia a todos los creyentes
Otra vez, pues, decimos que la fe de Abraham le fue contada por justicia, tal como está escrito: “No solamente con respecto a él escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificació
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La fe de Abraham
Estas palabras nos hacen ver una nueva y preciosa verdad: el poder de la resurrección, el poder de vivificar donde reina la muerte, el poder de obrar como Creador cuando no había más esperanza para el hombre. Abraham tuvo en cuenta este poder cuando su propio cuerpo estaba ya como muerto y la matriz de Sara era estéril.
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La gloria de la esperanza
Llegamos ahora a un tercer resultado de la justificación: Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
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La gracia por un hombre, Jesucristo
“Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo” (v. 15).
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La gracia reina por la justicia
“Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (v. 20-21). Esta respuesta de la gracia de Dios a la falta y a la corrupción del hombre ¿no es digna de adoración?
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La justicia de Dios manifestada
Con dos palabras, Pero ahora (cap. 3:21), el apóstol introduce un tema totalmente nuevo, el cual va a ocuparnos en cosas más agradables que el largo paréntesis del capítulo 1:18 al capítulo 3:20.
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La justicia de Dios y la del hombre
Sin embargo, aquí el apóstol va un poco más lejos que al final del capítulo precedente. Había dicho que Israel había perseguido en vano la justicia; aquí nos dice que no conocieron la justicia de Dios y que no se sujetaron a ella.
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La justificación ante los hombres
Santiago, en el capítulo 2 de su epístola, parece contradecir lo que acabamos de ver. En efecto, él pregunta: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?”.
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La justificación por la fe
Pero ahora ella es manifestada, y ello por medio de la fe en Jesucristo, el Salvador crucificado y glorificado. En la ley no se mencionaba un sustituto y garante para el pecador culpable. Ella solo podía anunciar por medio de sombras y figuras a Aquel que vendría. “Pero ahora”, ¡bendito sea Dios por estas palabras!, la justicia de Dios se manifiesta en Jesucristo.
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La justificación sin obras
¿Qué conclusión se podría sacar de la historia de Abraham? Si él hubiera sido justificado por las obras, entonces habría algo de él en tal justificación. ¿Cómo podría ser eso posible ante un Dios santo, ante el cual los cielos mismos son impuros? No, la Escritura no refiere nada de bueno en Abraham, ni obras suyas en base a las cuales Dios hubiera podido justificarle. ¿Qué dice ella?
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La ley de la fe
En cambio, ella no da gloria alguna al hombre. Por eso el apóstol pregunta en el versículo 27: “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida”. Dios no quiere dar su gloria a otro, y menos aun al hombre, que se envanezca de su propia justicia. Entonces ¿cómo le fue quitada toda gloria al ser humano? “¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe”.
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La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús
Leemos a continuación: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (v. 2). Nuevamente encontramos la palabra “ley” en el sentido ya conocido en el capítulo 7, como un principio que obra invariablemente de la misma manera y procura alcanzar su objetivo (ver también las expresiones “ley de las obras” y “ley de la fe” en el cap. 3:27).
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La ley demuestra el horror del pecado
Después de haber desarrollado detalladamente el tema de las dos familias y sus jefes, el apóstol agrega algo sobre un tema que ya abordó varias veces: la ley. ¿Con qué motivo fue dada? El hombre religioso podría pensar que fue dada para producir una justicia ante Dios, aunque más no fuese humana. ¿Acaso la ley no prometía la vida a aquel que la observara?
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La ley nos da a conocer lo que es el pecado
Si la ley tiene tan tristes efectos, si bajo su autoridad solo se puede llevar fruto para muerte y si es preciso estar enteramente liberado de ella para poder servir a Dios en Jesucristo, “¿qué diremos, pues? ¿La ley es pecado?” (v. 7).
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La mesa del Señor
Por lo cual, amados míos, huid de la idolatría. Como a sabios os lo digo; juzgad de lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?
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La misión de Pablo
Él termina sus enseñanzas y como conclusión explica el atrevimiento con que les había escrito. Les recuerda la misión que Dios le había encomendado con respecto a los gentiles. Había recibido de Dios, a su respecto, una gracia particular. Por tal razón podía intervenir tan libremente con ellos, pese a que no fueran directamente un fruto de su servicio.
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La muerte por un hombre, Adán
Evidentemente, cuando el apóstol habla de la transgresión de Adán piensa en un pasaje del profeta Oseas. En él, Dios acusa a su pueblo terrenal de haber obrado pérfidamente y haber transgredido (o traspasado) el pacto, como Adán (Oseas 6:7). El pacto y los mandamientos dados eran diferentes en ambos casos, pero en principio Adán e Israel pecaron de la misma manera.
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La palabra “bautizar”
La palabra griega que expresa el concepto “bautizar” (baptizein, de baptein) significa «sumergir» o «hundir». «Baptizein» no ha tenido nunca el sentido de derramar o de rociar. En el Nuevo Testamento la encontramos empleada algunas veces en el sentido de «lavar».
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La paz está hecha
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (v. 1).
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La Persona del Hijo
Esta Persona maravillosa era el objeto de su Evangelio. Era “el evangelio de Dios… acerca de su Hijo…, que era del linaje de David según la carne” (v. 3). Pese a haber aparecido como tal en medio de su pueblo terrenal para cumplir las promesas divinas, Cristo había sido rechazado. De este modo Israel, como pueblo, había perdido todos los derechos a esas promesas.
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