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En su memoria
“Haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Estas fueron las palabras del Señor a sus discípulos. Jesús mismo, aquel que se ofreció voluntariamente en sacrificio como Cordero de Dios dispuesto a morir, ocupa así el centro de nuestros pensamientos. No pensamos tanto en nuestra salvación y en nuestras bendiciones, aunque no las descartamos. Pero nuestras bendiciones no son el punto principal.
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Enseñanzas del Antiguo Testamento
El principio de la contaminación por asociación presentado en el Nuevo Testamento es confirmado en el Antiguo Testamento. Los tiempos cambian, es cierto, pero los pensamientos y los principios de Dios sobre su casa son inmutables. El gran principio es:
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Enseñanzas del Nuevo Testamento
Volvamos a 1 Corintios 10. Los corintios se habían vuelto de los ídolos a Dios. Sin embargo, creían que podían participar en los sacrificios ofrecidos a los demonios sin que esto afectara su comunión en la Mesa del Señor. No querían tener comunión con los demonios, pero pensaban que, como parte de su libertad cristiana, tenían derecho a asistir al culto pagano donde se ofrecían sacrificios.
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Es un acto unido a la asamblea local
Vayamos directamente a la respuesta: el partimiento del pan está unido a la asamblea local y no puede separarse de ella, según el pensamiento de Dios.
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“He aquí que voy a crear a Jerusalén, que sea un regocijo, y su pueblo, un gozo” (Isaías 65:18, V. M.).
Como ocurre con otros aspectos del Evangelio, descubrimos algunos fulgores de la nueva creación en el Antiguo Testamento. Hay profecías que anuncian esta verdad, solo revelada plenamente en el Nuevo Testamento. Así, leemos: “He aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra” (Isaías 65:17; véase también 65:18; 66:22).
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Hijos de Dios
Por el nacimiento natural, un niño viene al mundo y vive. Igualmente, por el nuevo nacimiento, viene a ser hijo de Dios y posee la vida eterna. En efecto, la Palabra declara: “A todos los que le recibieron (a Cristo), a los que creen en su nombre, (Dios) les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales… son engendrados… de Dios” (Juan 1:12-13).
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Jesús nos libera de la culpabilidad
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).
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Jesús nos libera de la ley como medio de ser justificado
El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree (Romanos 10:4).
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Jesús nos libera de nosotros mismos
Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallar (Mateo 16:24-25).
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Jesús nos libera del mal
La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:2).
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Jesús nos libera del mundo y de Satanás
Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4). “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).
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Jesús nos libera para conocer a Dios como nuestro Padre y a Jesús como nuestro Señor
Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios… (Gálatas 4:6-7).
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Jesús nos libera para estar al servicio de los demás
A libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros (Gálatas 5:13).
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Jesús nos libera para hacer el bien
El Dios de paz… os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos (Hebreos 13:20-21).
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Jesús nos libera para ser conducidos por el Espíritu
Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Corintios 3:17)
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La alabanza y la adoración
Centrarse sólo en Dios Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15).
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La Cena no es un medio para obtener la gracia
Para comenzar afirmamos que, contrario a una idea muy generalizada, comer el pan y beber la copa no confiere ninguna gracia, es decir, no es un sacramento. El acto mismo de partir el pan no tiene ningún efecto directo sobre la persona que participa en él; no se produce ningún cambio en la persona. Partir el pan no es algo místico o misterioso, no cambia nada en el interior de una persona.
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La confesión y la humillación
Hablar a Dios de nuestros pecados Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).
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La costumbre de los primeros cristianos
Si nos fijamos en la costumbre de los primeros cristianos, vemos que al principio del testimonio cristiano en este mundo –al menos en Jerusalén– el pan se partía diariamente (Hechos 2:42, 46). Podemos entenderlo bien.
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La culpabilidad de los hombres cultos
Después de haber presentado el caso de los pueblos que parecían ser los más alejados de Dios, la epístola a los Romanos se interesa por los hombres que en aquel entonces constituían lo más selecto, todos los que se estimaban en condiciones de juzgar a los otros (Romanos 2:1-16). Podían ser tanto moralistas como griegos versados en filosofía.
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La culpabilidad de los judíos
La tercera y última categoría de personas se refiere claramente a los judíos (Romanos 2:17 a 3:20). Poseían una cultura no solamente derivada de una larga historia sino, además, de origen divino.
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La culpabilidad de los pueblos idólatras
Para convencer de pecado a un hombre puede ser necesario un tiempo bastante largo. Por eso el apóstol empieza por describir el triste estado de los pueblos idólatras y depravados (Romanos 1:18-32).
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La culpabilidad del hombre moderno
Después de haber visto cómo el apóstol considera a todos los hombres de entonces, debemos notar que la culpabilidad del hombre moderno está vinculada a los tres casos considerados.
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La espera en Dios
Abrir nuestro corazón a Dios Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová (Lamentaciones 3:25-26).
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