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La vivificación y el nuevo nacimiento

Así como Ezequiel 36 da una idea del nuevo nacimiento, el capítulo siguiente presenta más la vivificación. Encontramos allí la visión de los huesos secos que se juntan, son cubiertos de carne y vuelven a la vida. Esto representa a Israel en su estado de muerte espiritual y la futura acción de Dios para vivificar antes de impartir las bendiciones milenarias.

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Las arras

Dios “nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”. “Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 1:22; 5:5). El Espíritu Santo de la promesa “que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14). El Espíritu Santo, en nuestros corazones, es a la vez una garantía y un anticipo de nuestras futuras bendiciones en la gloria.

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Las dos santificaciones

En el Antiguo Testamento, la santificación abarca a las cosas y a las personas, mientras que en el Nuevo Testamento está limitada a estas últimas. La santificación de las personas posee dos significados diferentes que conviene clarificar para evitar las falsas interpretaciones que son corrientes a este respecto.

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Lazos familiares

Veamos el siguiente ejemplo: Su hijo le ha desobedecido. El semblante del niño manifiesta que ha hecho algo que no debía. Media hora antes disfrutaba paseando con usted en el jardín, admirando lo que usted admiraba, alegrándose con aquello con que usted se alegraba. En otras palabras, estaba en comunión con usted; sus sentimientos y gustos eran iguales a los suyos.

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Liberación de la antigua posición en Adán

En las epístolas de Pablo, el Espíritu Santo nos presenta la completa liberación del creyente de su antigua posición en Adán, y nos da a conocer su nueva posición: completamente justificado y perfectamente aceptado en Cristo.

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Lleno del Espíritu

El día de Pentecostés, los discípulos no recibieron simplemente el Espíritu para que morara en ellos, sino que “fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4). Cuando un creyente está lleno del Espíritu, la carne en él permanece inactiva, y nada puede oponerse a Su poder. Esto lo vemos en Esteban, quien estaba “lleno de fe y del Espíritu Santo”, “lleno de gracia y de poder”.

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Lo que Dios establece y nuestras experiencias

Muchos creyentes pasan por grandes angustias porque continuamente están escudriñando sus propios corazones, pensando encontrar en él la evidencia de su conversión a Dios. Se puede que tal persona diga:

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Lo que Dios ha hecho

Examinemos ahora los cuatro hechos de Juan 3:35-36 mencionados anteriormente:

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Los agradecimientos

Dar gracias a Dios Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias (Colosenses 4:2).

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Los creyentes esperan el retorno de Cristo – ¿por qué?

Ahora bien, ¿por qué habría de ser distinto para ti y para mí cuando oímos hablar del regreso del Señor? ¿Acaso no experimentamos la dulzura de su amor? ¿No fue él quien sufrió y murió por nosotros? ¿No nos ha guardado a lo largo del camino, desde el día que le conocimos, llevando nuestros dolores y restaurándonos después de muchas caídas?

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Los hechos divinos y nuestros sentimientos y experiencias

Desde el momento en que Dios establece un hecho en su Palabra, debemos creerlo y aceptarlo, aun cuando nuestra razón no pueda comprenderlo, o aquello no concuerde con nuestra experiencia o nuestros sentimientos. Dios es su propio intérprete y, a su tiempo, aclarará todo al que pacientemente espera en él. Y aunque no lo haga, nuestro deber siempre es creer, puesto que Dios no se equivoca.

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Meditar la Palabra de Dios

Ciertamente, la lectura y la meditación de la Escritura es uno de los recursos más grandes dados al cristiano para su vida de oración. Leer la Biblia y orar son dos acciones que van juntas, como la inspiración y la espiración de nuestros pulmones (Jacob: Génesis 31:13; 32:9. Moisés: Éxodo 33:12-13; Números 7:89. David: 2 Samuel 7:27. Daniel: Daniel 9:2-3. Habacuc: Habacuc 3:2.

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Muertos en cuanto a Dios y vivificados por él

La epístola a los Efesios revela nuestra verdadera condición: “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). El versículo siguiente muestra que, no obstante este estado de muerte, andábamos activamente en esos delitos y pecados. Ello es así porque la muerte de la que se trata aquí es la muerte con relación a Dios.

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Nacer de agua y del Espíritu

Después de haber mostrado a Nicodemo la absoluta necesidad del nuevo nacimiento, el Señor precisa por qué medios se lo obtiene: El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:5).

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Nacer del Espíritu y ser la morada del Espíritu

En Ezequiel 36 y 37 se formulan profecías que conciernen al nuevo nacimiento y a la vivificación que se cumplirán en el remanente de Israel a fin de prepararlo para la bendición milenaria. En esos dos capítulos también se trata el don del Espíritu Santo. “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (cap.

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Nacido de Dios

En su primera epístola, el apóstol Juan siempre se remonta a los principios esenciales. Afirma: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9). No se menciona ni el medio empleado –la Palabra de Dios– ni el agente –el Espíritu Santo– que efectúa el trabajo en el alma.

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Nacido de nuevo

En efecto, Dios no se contenta con borrar los pecados cometidos por nuestra vieja naturaleza –a la que su Palabra llama “la carne”, y que no puede producir otra cosa que el mal– sino que nos da otra vida, otra naturaleza. Hay un nuevo nacimiento operado por la Palabra –simbolizada por el agua– y por el Espíritu Santo.

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“Ni la circuncisión… ni la incircuncisión, sino una nueva creación”

La epístola a los Gálatas insiste en la posición de los creyentes, refiriéndose para ello a su unidad en Cristo: “Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”, “ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gálatas 3:28; 6:15).

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¿No forman estos cristianos una nueva denominación?

Al volver a lo que se ha oído desde el principio, estos creyentes no forman una nueva denominación, sino que desean llevar a cabo en obediencia a la Palabra y a la voluntad de Dios, la unidad de los hijos de Dios en el vínculo de la paz (véase Efesios 4:3).

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Nuestro alejamiento de Dios

Para comprender lo que es la reconciliación, resulta necesario comprender primeramente todo el drama de nuestro alejamiento de Dios. En Colosenses 1:21, la reconciliación es efectivamente mencionada como lo opuesto al hecho de que éramos extraños y enemigos en nuestra mente. La palabra griega que aquí es traducida por “extraños” podría igualmente serlo por «alejados» de Dios.

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Obedecer y complacer al Señor Jesús

El apóstol Juan relaciona claramente la respuesta a la oración con el hecho de guardar los mandamientos del Señor (1 Juan 3:22). Para tener una respuesta, es verdad que no debemos apoyarnos en nuestra obediencia sino únicamente en la gracia de Dios. Sin embargo, si no buscamos agradar al Señor, si nos negamos a obedecerlo, Dios no responderá a nuestras oraciones (Isaías 59:1-2).

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Orientar nuestro corazón hacia Dios

A veces, cuando oramos, la presencia de Dios se hace real y llega a ser una fuente de paz, de ánimo y de gozo. Pero otras veces nuestras oraciones nos parecen rutinarias, frías, sin vida. Dios nos parece lejano. Los fieles del Antiguo Testamento vivieron las mismas experiencias. Pero no por ello cesaron de orar, sino que se lo dijeron al Señor (Salmo 10:1; 13:1). Ahí está el remedio.

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Permanecer en la dependencia del Señor

Otro obstáculo para nuestra vida de oración es esa profunda tendencia a ser independientes. Cuando todo va bien, fácilmente nos volvemos negligentes para orar. Nos alejamos de Dios, queremos vivir por nuestra cuenta, y en consecuencia llega el fracaso, un fracaso que durará hasta que nos volvamos nuevamente al Señor. ¡Tenemos necesidad de él para todo!

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¿Por qué no tienen un nombre distintivo?

Una designación particular es absolutamente condenada por la Biblia: “Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído” (1 Corintios 3:4-5). “Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26).

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