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Resumen
El mismo Señor Jesús instituyó la Cena para sus discípulos. El pan y la copa son los símbolos de su muerte y nos recuerdan su cuerpo entregado y su sangre derramada. El partimiento del pan tiene dos aspectos fundamentales. Por un lado, anunciamos su muerte (aspecto personal), y por el otro, expresamos la comunión con él y entre nosotros (aspecto colectivo).
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Resumen: ¿Por qué partimos el pan?
1) Es una invitación de nuestro Señor a sus discípulos ante su inminente sufrimiento y muerte en la cruz. Para nosotros es un gran gozo responder a esta invitación. 2) Expresamos la comunión con nuestro Señor y nuestra íntima relación con él, el Salvador crucificado.
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Segunda respuesta: Comunión con el Señor
Por medio del partimiento del pan mostramos nuestra comunión con el Crucificado. Pablo escribió a los corintios: La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? (1 Corintios 10:16).
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Solo Cristo satisface el corazón
Espigar en los campos de Booz y recibir las bendiciones de sus propias manos, por más justo y feliz que sea, no puede dar entera satisfacción ni perfecto reposo al corazón de Booz ni al de Rut. Nada puede dar reposo al corazón excepto la posesión del ser amado. Por tal razón, en el capítulo 3, Rut busca granjearse el afecto de Booz, y Booz no ahorra esfuerzos para hacer suya a la joven.
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Tercera respuesta: Comunión entre creyentes
Partimos el pan para expresar la colectividad y la unidad que forman todos los creyentes de la tierra. Esta idea también está estrechamente relacionada con la Mesa del Señor. Pablo escribe:
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Un culto
La reunión para partir el pan no tiene una forma oficialmente definida, pero sí un carácter que deseamos reflejar: el culto. Nos reunimos para adorar a Dios juntos y ofrecerle algo. En la cristiandad, el culto no suele entenderse así. Uno dice que va al culto pensando en la predicación que escuchará. Pero eso no es correcto.
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¿Una comida festiva?
Algunos hijos de Dios se refieren a la reunión de adoración como una «celebración», o dicen que celebramos la Cena del Señor como una fiesta. Hay dos razones para ello:
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Versículo 1
En esta parte de la epístola, los creyentes son contemplados no solo como aquellos que reconocen que hay un solo Dios, sino como aquellos que están en relación con Él, como hijos suyos. Todo el pasaje nos exhorta a andar como es propio que lo hagan los hijos. La conjunción “pues” del primer versículo vincula este pasaje con el último versículo del capítulo anterior.
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Versículo 1
El apóstol había sufrido persecución y prisiones a causa del testimonio que daba acerca de la gracia de Dios para con los gentiles y la gran verdad del misterio de la Iglesia, compuesta por creyentes de origen judío y de origen gentil constituidos en un solo cuerpo y unidos a Cristo como Cabeza.
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Versículo 10
Esto nos conduce a otra verdad. No solo que nuestras obras están excluidas –porque Dios lo ha hecho todo– sino que también nosotros somos hechura suya y, como tales, formamos parte de una nueva creación en Cristo Jesús. Las obras de la ley están excluidas como medio de salvación; sin embargo, ello no debe hacernos inferir que las obras no tienen lugar en la vida cristiana.
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Versículo 11
Como Cristo destruyó el poder del enemigo que nos mantenía en la esclavitud, y llevó cautiva la cautividad, obra con poder y se sirve de los hombres como instrumentos de Su poder. Esto no quiere decir simplemente que Él da los dones y nos deje repartirlos entre nosotros, sino que da ciertos hombres para ejercer los dones.
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Versículo 12
Después de haber hablado de los dones, el apóstol coloca ante nosotros los tres grandes objetos para los que fueron dados estos dones. En primer lugar, son concedidos para “perfeccionar a los santos”, es decir, para que cada creyente individualmente sea establecido en la verdad. En segundo lugar, son dados “para la obra del ministerio”, lo que abarca toda forma de servicio.
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Versículo 13
En esta lucha, una armadura humana no sirve para nada. Sólo “la armadura de Dios” hará que podamos resistir al diablo. En esta lucha no sirven ni los recursos humanos, ni las capacidades naturales, ni la fuerza del carácter natural. La confianza en tal armadura puede conducirnos a reñir combate al enemigo, pero solamente para sufrir una derrota.
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Versículo 13
Los versículos siguientes nos enseñan con mayor precisión lo que el apóstol entiende por “perfeccionar a los santos”.
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Versículo 13
El hecho de poner de lado a Israel preparó el camino para que tuviera lugar un gran cambio en los propósitos de Dios en la tierra. El breve recuerdo del pasado, dado por el Espíritu de Dios en los versículos 11 y 12, hace que, por contraste, la posición de los creyentes en el presente sea tanto más llamativa.
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Versículo 13
La expresión “vosotros”, en este versículo, introduce a los creyentes de origen gentil en la bendición de esta gloriosa herencia. Ellos habían creído en el evangelio de su salvación, y habían sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa.
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Versículo 14
Tenemos que estar firmes, habiendo ceñido nuestros lomos con la verdad. Espiritualmente, esto nos enseña que nuestros pensamientos y afectos deben mantenerse sujetos, afirmados, mediante la verdad, es decir, gobernados por ella.
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Versículo 14
Para Dios, el incrédulo está muerto. Si el verdadero creyente no tiene en cuenta estas exhortaciones, puede caer en un estado de letargo espiritual y dormir hasta el extremo de llegar a parecerse a un muerto. En esa condición no podrá aprovechar la luz de Cristo. La exhortación que le conviene es: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo”.
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Versículo 14
Como resultado de este pleno crecimiento ya no seremos más niños fluctuantes en el conocimiento espiritual, expuestos, por ignorancia, a ser “llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error”.
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Versículo 14
Las grandes verdades desarrolladas en estos capítulos conducen naturalmente a la segunda oración del apóstol. En el capítulo 2 de la epístola, el apóstol expone una gran verdad: enseña que los creyentes de origen judío y los de origen gentil son juntamente edificados para morada de Dios.
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Versículo 14
En segundo lugar, en este versículo leemos que de los creyentes de ambos pueblos, es decir, judíos y gentiles, “hizo uno”. Nadie puede sobrestimar la importancia de haber sido hechos cercanos por la sangre, pero para la formación de la Iglesia se necesita algo más.
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Versículo 14
En este versículo, la expresión “nuestra” une a los creyentes de origen judío con los creyentes de origen gentil. Ambos participan en común de esta gloriosa herencia. Por el Espíritu, gozamos anticipadamente de las bendiciones de la herencia. Esta herencia es una “posesión adquirida”. El precio de ella fue la preciosa sangre de Cristo.
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Versículo 15
El resultado de la justicia práctica es un andar en paz. El evangelio de la paz que hemos recibido nos prepara para andar en paz en medio del desasosiego del mundo. Si la verdad gobierna nuestro corazón y en la práctica nuestros caminos están en armonía con la verdad, podremos andar en este mundo con paz en el alma y lograremos afrontar el día malo con un espíritu de paz y serenidad.
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Versículo 15
Cuando surgen las controversias, existe el gran peligro de ser “llevados por doquiera” al escuchar a fulano o a mengano. Si miramos lo que nos rodea, veremos un cristianismo mezclado, sin vida e impotente contra el engaño.
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