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¿La expiación incluye la sanidad de enfermedades y de sufrimientos físicos?

No, al menos no antes del arrebatamiento (o de la muerte). Algunos han llegado a conclusiones erróneas después de leer la expresión: “Por su llaga fuimos nosotros curados” o “sanados” (Isaías 53:5; 1 Pedro 2:24).

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La fe que recibe el don de Dios

«¿Y qué debo hacer –preguntará usted– para obtener su perdón?» ¿Qué hacer? Nada. No podemos hacer nada; sólo tenemos que creer. La gracia es un don libre que no requiere nada a cambio (Romanos 4:3-5). «Hacer» es el vocablo del hombre orgulloso, quien no quiere convenir en que su incapacidad es total y querría añadir algo de él mismo a la obra perfecta de Dios.

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La gracia ofrecida

¿A quién le es ofrecida esta gracia? Al pecador perdido. Si lo es al pecador perdido, lo es a todos, puesto que todos somos pecadores. Jesús dijo Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento (Lucas 5:31-32).

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La intercesión

Hablar a Dios de los demás Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres (1 Timoteo 2:1).

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La obra cumplida

El juicio estaba ejecutado. Aquel que había tomado nuestro lugar bajo el juicio expió las faltas de las cuales voluntariamente se hizo cargo. Pudo proclamar: “Consumado es” (Juan 19:30). Entraba en la muerte para pagar enteramente lo que merecía el pecado.

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La petición

Hablar a Dios de nuestras necesidades

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La santificación

Esta presencia del Espíritu Santo en el creyente impone una separación práctica del mal. ¿“Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios 6:19-20).

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La unción

Dios nos ha ungido con el Espíritu como con un aceite de consagración para servirle, para conocer las cosas profundas de Dios, para recibir y comunicar sus pensamientos (2 Corintios 1:21; 1 Corintios 2:10-15; 1 Juan 2:20, 27).

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Las arras

Dios “nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones”. “Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu” (2 Corintios 1:22; 5:5). El Espíritu Santo de la promesa “que es las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14). El Espíritu Santo, en nuestros corazones, es a la vez una garantía y un anticipo de nuestras futuras bendiciones en la gloria.

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Los agradecimientos

Dar gracias a Dios Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias (Colosenses 4:2).

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¿Los cristianos deben enfrentar pruebas y tribulaciones?

Sí. El Señor dijo a sus discípulos: “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33). En un sentido amplio, cualquiera que siga realmente al Señor experimentará dificultades e incluso tribulaciones a causa de la hostilidad del mundo hacia Cristo. Sin embargo, esto es algo muy diferente de la “gran tribulación”.

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Los dones de milagros

¿Qué función cumplían? ¿Por qué Dios los dio? ¿Para evangelización? ¿Para brindar un espectáculo emocional? ¿Para reducir los sufrimientos de los creyentes? Ninguna de estas cosas. Dios dio señales milagrosas para demostrar que había comenzado algo completamente nuevo, una nueva etapa, la de la Iglesia.

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Los escritores, ¿entendían lo que escribían?

No necesariamente. Los profetas del Antiguo Testamento “que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1 Pedro 1:10-11).

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¿Mataron al Señor o él mismo puso su vida?

Ambas cosas. Estas dos verdades son las dos caras de una misma moneda. Por un lado, los hombres hicieron todo lo posible para dar muerte al Señor; lo crucificaron, convirtiéndose así en sus asesinos (Hechos 2:23). Este es el lado de la responsabilidad humana. Pero, por otro lado, Cristo puso su vida voluntariamente (Juan 10:11, 15, 17-18).

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Meditar la Palabra de Dios

Ciertamente, la lectura y la meditación de la Escritura es uno de los recursos más grandes dados al cristiano para su vida de oración. Leer la Biblia y orar son dos acciones que van juntas, como la inspiración y la espiración de nuestros pulmones (Jacob: Génesis 31:13; 32:9. Moisés: Éxodo 33:12-13; Números 7:89. David: 2 Samuel 7:27. Daniel: Daniel 9:2-3. Habacuc: Habacuc 3:2.

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Nacido de nuevo

En efecto, Dios no se contenta con borrar los pecados cometidos por nuestra vieja naturaleza –a la que su Palabra llama “la carne”, y que no puede producir otra cosa que el mal– sino que nos da otra vida, otra naturaleza. Hay un nuevo nacimiento operado por la Palabra –simbolizada por el agua– y por el Espíritu Santo.

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¿No contienen muchos errores las copias de los manuscritos originales?

Los escritos originales del Antiguo Testamento fueron copiados en manuscritos con minuciosa precisión. Se emplearon varias técnicas para mantener la fidelidad del original; por ejemplo, contaban cuántas veces aparecía cada letra y verificaban que en la copia aparecieran la misma cantidad de veces que en el original.

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¿No dice Santiago en su epístola que Abraham fue justificado por las obras?

Sí, exactamente. Pero Santiago no está hablando de cómo Dios nos justifica, sino de que nuestras acciones deberían mostrar a los hombres que hemos sido justificados. La única prueba para los que nos rodean de que nuestra fe es real, son las obras que hacemos después de haber sido salvados (Santiago 2:21-22).

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¿No forman estos cristianos una nueva denominación?

Al volver a lo que se ha oído desde el principio, estos creyentes no forman una nueva denominación, sino que desean llevar a cabo en obediencia a la Palabra y a la voluntad de Dios, la unidad de los hijos de Dios en el vínculo de la paz (véase Efesios 4:3).

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¿No tienen muchas imprecisiones las traducciones?

Algunas de ellas, sí. No conviene utilizar aquellas versiones que parafrasean la Biblia, ni aquellas que buscan rectificar los conceptos bíblicos porque los traductores no están de acuerdo con ciertas afirmaciones o encuentran que la Palabra de Dios no se conforma a sus prejuicios o a sus criterios meramente humanos.

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Obedecer y complacer al Señor Jesús

El apóstol Juan relaciona claramente la respuesta a la oración con el hecho de guardar los mandamientos del Señor (1 Juan 3:22). Para tener una respuesta, es verdad que no debemos apoyarnos en nuestra obediencia sino únicamente en la gracia de Dios. Sin embargo, si no buscamos agradar al Señor, si nos negamos a obedecerlo, Dios no responderá a nuestras oraciones (Isaías 59:1-2).

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Orientar nuestro corazón hacia Dios

A veces, cuando oramos, la presencia de Dios se hace real y llega a ser una fuente de paz, de ánimo y de gozo. Pero otras veces nuestras oraciones nos parecen rutinarias, frías, sin vida. Dios nos parece lejano. Los fieles del Antiguo Testamento vivieron las mismas experiencias. Pero no por ello cesaron de orar, sino que se lo dijeron al Señor (Salmo 10:1; 13:1). Ahí está el remedio.

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¿Pasarán los cristianos por la tribulación?

Algunos enseñan que los cristianos que conforman la Iglesiaa deberán pasar por la tribulación.

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Permanecer en la dependencia del Señor

Otro obstáculo para nuestra vida de oración es esa profunda tendencia a ser independientes. Cuando todo va bien, fácilmente nos volvemos negligentes para orar. Nos alejamos de Dios, queremos vivir por nuestra cuenta, y en consecuencia llega el fracaso, un fracaso que durará hasta que nos volvamos nuevamente al Señor. ¡Tenemos necesidad de él para todo!

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