Capítulo 1
Himno a la persona del Señor Jesús
El Apocalipsis es un libro difícil. Sin embargo, cuántos motivos hay para no descuidar su lectura:
1° Es “la revelación de Jesucristo”, nuestro querido Salvador;
2° Esta revelación fue hecha por él mismo a sus siervos, entre los que se halla Juan el evangelista, exiliado en la isla de Patmos.
3° No nos habla de un vago y lejano porvenir, sino de las cosas que deben suceder “pronto”.
4° Finalmente, no olvidemos que la seria lectura de una porción de la Escritura basta para traer bendición a nuestra alma (v. 3), porque es la Palabra de Dios. No se nos pide que la comprendamos toda, sino que la guardemos (Lucas 11:28).
Cuando se trata de las glorias de Jesús, la adoración surge espontáneamente: “A Aquel que nos ama, y que nos ha lavado de nuestros pecados…” (v. 5, V. M.). Notemos el tiempo de los verbos: Él nos ama; su amor está siempre presente e invariable. Él nos ha lavado: es una obra cumplida, acabada y perfecta. Y notemos bien el orden de estos verbos: porque él nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados. En cambio, era necesario que fuésemos lavados de nuestros pecados para ser constituidos desde ahora “reyes y sacerdotes” para nuestro Dios y Padre (cap. 5:10; 20:6, al final). Como tales, desde ahora le expresamos la alabanza: “A él sea gloria e imperio”. Lo que ha hecho de nosotros excede lo que ha hecho por nosotros.
La gloria del Hijo del Hombre como Juez
El Hijo del Hombre que aparece aquí con los atributos de la justicia santa e inflexible, ¿es el humilde Jesús de los evangelios, nuestro tierno y bondadoso Salvador? Otrora Juan se recostaba sobre su pecho con confianza (Juan 13:25). Aquí cae a sus pies como muerto. ¡Qué contraste!
No debemos olvidar este lado de la gloria de Cristo.
El Padre… todo el juicio dio al Hijo
(Juan 5:22);
deberá ejercerlo más tarde contra los que no hayan creído (cap. 19-20). Pero desde ahora, mientras la Iglesia está en la tierra, se informa sobre el estado de cada una de sus asambleas (los siete candeleros de oro que deben brillar en su ausencia). Sí, el Señor puede perdonarlo todo. Él murió y resucitó para darnos el perdón y la vida (v. 18). Pero tampoco puede pasar nada por alto. Sus ojos son como “llama de fuego” (cap. 2:18; 19:12); nada se les escapa.
El versículo 19 suministra el plan general del libro.
1° “Las cosas que has visto”: esa solemne aparición del Señor de gloria (cap. 1:12);
2° “Las que son”: la historia actual de la Iglesia responsable (cap. 2 y 3)
3° “Las que han de ser después de éstas”: los acontecimientos proféticos que pronto se cumplirán (cap. 4 al 22).
