Apocalipsis
Apocalipsis

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 22

Un río de agua – El árbol de la vida

Los versículos 1 a 5 completan la visión de la santa ciudad durante el milenio, y notemos cuánto se parecen la primera y la última página de la Biblia. La Escritura empieza y termina con un paraíso, un río, un árbol de vida… Pero, como alguien escribió, el fin es más hermoso que el principio, la omega es más grandiosa que el alfa, el paraíso futuro no es el antiguo que se ha vuelto a encontrar, sino “el paraíso de Dios” (cap. 2:7) con la eterna presencia del Cordero que murió por nosotros. A él únicamente accederán pecadores salvos por gracia, hombres como el malhechor convertido (Lucas 23:43). ¿Y cuál será la ocupación de sus habitantes? Servirán a su Señor (v. 3; cap. 7:15); reinarán con él (v. 5 al final; Daniel 7:27). Pero lo que para ellos tendrá más precio que todos los reinos es que “verán su rostro” (v. 4; Salmo 17:15).

Normalmente, un “siervo no sabe lo que hace su Señor” (Juan 15:15). Jesús no esconde nada de “las cosas que deben suceder pronto” a sus siervos que han llegado a ser sus amigos (v. 6). ¿No es extraño, entonces, que habitualmente profundicemos tan poco en esas maravillas que nos conciernen? (1 Corintios 2:9). ¿No es triste, ante todo, que no tengamos mayor interés por lo que Dios ha preparado para la gloria y el gozo de su Hijo? (véase Juan 14:28 al final).

"Vengo en breve"

Para Daniel y el pueblo judío, la profecía estaba sellada hasta su futuro cumplimiento (Daniel 12:9). Para el creyente ya no está oculta (v. 10). Toda la Biblia le ha sido dada para que la comprenda y la crea. Que el Señor nos ayude a sondearla con cada vez mayor profundidad (Juan 5:39), tomando directamente de la fuente a la cual esta pequeña obra no ha cesado de referirse: la Biblia. Que a su retorno nos halle entre los que guardan su Palabra y no niegan su Nombre (cap. 3:8). Este dulce e incomparable nombre de Jesús, este nombre de su humanidad, nos es recordado una vez más por él mismo: “Yo Jesús” soy “la estrella resplandeciente de la mañana”, Aquel que viene (v. 16). No aguardamos un acontecimiento, sino a una Persona conocida y amada.

“¡Ven!”. A este deseo, despertado por el Espíritu, responde su promesa: “Vengo pronto” (v. 7, 12, 20); luego se repite el eco de los afectos de la Esposa: “Amén; sí, ven, Señor Jesús”.

Hemos sido convertidos para servirle (invitar tanto a los que tienen sed como a los que quieren tomar “del agua de la vida”) (v. 17) y esperarle. Pero el Señor sabe que tanto para lo uno como para lo otro, necesitamos toda su gracia (v. 21). Por eso el Espíritu de Dios cierra este libro del juicio, y toda la Palabra, con esta promesa de la gracia, que es el perfecto y suficiente recurso que nos guardará “hasta que él venga” (1 Corintios 11:26; Cantares 4:6).