Capítulo 14
Una marca en la frente – Felicidad de los mártires
Después de un paréntesis que nos ha presentado la trinidad del mal, a saber, el dragón (cap. 12), y las dos bestias (cap. 13), las siete visiones del capítulo 14 se enlazan con la séptima trompeta aún no cumplida (cap. 11:15). Pero antes de intervenir respecto al mal, Dios reconoce y pone aparte un nuevo remanente de su pueblo. Estos testigos han resistido a la corrupción general. En contraste con las masas que llevan sobre sus frentes la marca de la bestia (cap. 13:16), el nombre del Cordero está escrito sobre las suyas (v. 1). ¿Llevamos sin vergüenza el nombre de nuestro Salvador? ¿Cualquiera que se encuentre a nuestro alrededor puede ver a quién pertenecemos?
Estos creyentes son
los que siguen al Cordero por dondequiera que va
(v. 4; comp. Juan 1:36-37).
Habiéndolo seguido en el oprobio y el sufrimiento, también serán sus compañeros en el Reino. Algunos morirán por fidelidad al Señor (comp. 12:11). Las palabras del versículo 13 los consuelan. Lejos de perder su parte en el reinado, son llamados “bienaventurados”. Y sus obras les siguen (notemos que ellas no los preceden; las obras nunca abren a nadie el acceso al cielo). Queridos amigos, nuestros privilegios cristianos son más elevados todavía. ¿Quisiéramos ser hallado menos fiel que esos testigos de los últimos días?
Mies y vendimia
El Señor había anunciado otrora a sus acusadores: “Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (cap. 1:7; Mateo 26:64; 24:30). Aquí está ese Hijo del hombre sentado sobre una nube blanca. Otrora coronado de espinas, ahora lleva una corona de oro; en lugar de una caña, tiene una hoz aguda. Aquel a quien los hombres juzgaban se ha convertido en su Juez. Y por este motivo Él ordena la gran “mies de la tierra”, seguida por la terrible vendimia, ambas anunciadas desde hace tanto tiempo (por ejemplo: Joel 3:13; Mateo 13:30, 39).
Una última serie de juicios (las copas) empieza con el capítulo 15. Pero una vez más, los santos que deberán atravesarlos son vistos primeramente en un estado de seguridad (v. 2-4). Después de ello, los siete ángeles encargados de la ejecución de las plagas salen del templo y reciben siete copas llenas de la ira de Dios (comp. Jeremías 25:15). Queridos amigos creyentes, este mundo que va a ser herido es el mismo al que Dios amó de tal manera que dio a su Hijo unigénito. Los ángeles destructores aún no han recibido su terrible misión. En tanto, la que nos incumbe a nosotros es muy distinta: proclamar la divina gracia (2 Corintios 5:20).
