Apocalipsis
Apocalipsis

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 21

Eternidad

Se ha pasado la página. La historia de la primera creación ha terminado. Empieza la eternidad de gloria en la que Dios será rodeado de benditas criaturas hechas capaces de conocerle y comprenderle… quienes gozarán de su propia felicidad, mientras el tiempo haya dejado de existir. Entonces el mar (símbolo de la confusión y de la separación de los pueblos) no existirá más. Todos los redimidos habrán llegado al puerto, es decir, al cielo. Pero Dios no nos revela mucho de lo que hallaremos allí. Más bien para nuestro consuelo, nos dice lo que no encontraremos más en el cielo: en este nuevo mundo la muerte será destruida (1 Corintios 15:26, 54); no habrá más noche ni maldición (v. 25; cap. 22:3, 5); no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; todas las consecuencias del pecado habrán terminado, porque la morada de Dios estará para siempre con los hombres (v. 4). ¿Y los que hayan quedado fuera? Su parte será la segunda muerte, las tinieblas, las lágrimas del remordimiento en un eterno alejamiento de la presencia del Dios santo. Allí estarán los incrédulos, los que hayan expresamente rehusado la salvación, pero también los tímidos: los que nunca quisieron aceptar francamente a Cristo. E igualmente los mentirosos y los hipócritas, los que hayan aparentado ser cristianos. Amigo, permítanos, hacerle una vez más esta pregunta: ¿Dónde estará usted durante la eternidad?

La ciudad santa en el milenio

Después de haber entreabierto el velo sobre el estado eternal (v. 1-8), el Espíritu vuelve atrás, al período del reinado de Cristo. Nos presenta una ciudad que no es más Roma o Babilonia, sino la santa Jerusalén, “la desposada, la esposa del Cordero”. Toda esta descripción es simbólica. Nuestros actuales sentidos no pueden percibir, ni nuestros espíritus concebir, lo que pertenece a la nueva creación (1 Corintios 13:12). Por ejemplo: ¿Cómo explicar a un ciego de nacimiento lo que son los colores? Por esto, Dios toma lo más hermoso y escaso que hay en la tierra –el oro, las piedras preciosas– para darnos una noción de lo que nos reserva el cielo. Su fulgor y su muro de jaspe (v. 11, 18) nos hablan de la manifestación de las glorias de Cristo en la Iglesia y por medio de ella (4:3). Ésta es iluminada por la luz que brilla en la lumbrera: la gloria de Dios «concentrada» en el Cordero (v. 23). A su vez, la santa ciudad irradia esa divina luz para provecho de la tierra milenaria (v. 24). Es lo que sugiere Juan 17:22: “La gloria que me diste, yo les he dado… Yo en ellos y tú en mí… para que el mundo conozca…”.

¿Y cómo entraría alguna “cosa inmunda” en el lugar donde el Señor mora? (v. 27; léase 2 Corintios 7:1).