Capítulo 19
Las bodas del Cordero
La impostura de Babilonia, su pretensión de ser “la Iglesia”, ha sido públicamente confundida. Ahora el Señor presenta su verdadera Esposa a los convidados del banquete celestial. El cielo prorrumpe en alabanzas: “¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro… Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero” (v. 1, 9). A la felicidad del Esposo responderá la de la Esposa. Ella se ha preparado; su adorno consiste en las acciones justas de los santos, las que Dios les concedió cumplir mientras estaban en la tierra. Pero también los “convidados” estarán llenos de gozo. Porque “el que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se gozagrandemente de la voz del esposo” (Juan 3:29).
No olvidemos, mientras aguardamos ese día, que hemos sido desposados “con un solo esposo” para ser presentados a Cristo “como una virgen pura” (2 Corintios 11:2). Guardemos para él toda la frescura de nuestros afectos. Pero si Cristo es el Amado de la Iglesia, para el mundo se convierte en el gran Justiciero. Bajo el nombre tomado otrora para manifestar la gracia y la verdad, el de “Verbo de Dios”, se adelanta para cumplir cosas terribles (Salmo 45; véase Isaías 59:18; 63:1-6).
Amigo, ¿cuándo y cómo quiere usted encontrar a Jesús? ¿Ahora como Salvador, o pronto como Juez?
Los últimos acontecimientos se suceden
En contraste con “la cena de las bodas del Cordero”, he aquí lo que es llamado irónicamente “la gran cena de Dios” (v. 17 al final; Salmo 2:4-5; Sofonías 1:7). El enfrentamiento final entre los ejércitos del Hijo de Dios y los del jefe romano terminará en el aniquilamiento general de estos últimos. Sin otro juicio, la bestia y el falso profeta serán lanzados vivos en el infierno (comp. Números 16:33; Salmo 55:15). Luego Dios se ocupa de Satanás, el amo de ellos. El capítulo 12 nos lo muestra siendo arrojado del cielo. Aquí una cadena y una llave simbólicas imposibilitan que el gran homicida pueda dañar. Finalmente, el versículo 10 nos lo muestra cuando, después de mil años, se reúna con sus dos cómplices en el lago de fuego “preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41). Se comprende, pues, que no hay libro de la Biblia al que el diablo tema tanto como el del Apocalipsis. Para impedir su lectura, persuade de su oscuridad incluso a los creyentes.
Una vez que Satanás esté atado, nada se opondrá de ahí en adelante al reinado glorioso del Señor. Hemos podido comprobar que ese reinado, contrariamente a lo que muchos piensan, no llegará mediante una mejoría progresiva del mundo, sino por medio de juicios. Queridos hijos de Dios, Cristo quiere compartir con nosotros su autoridad (Daniel 7:18). No fraternicemos hoy con un mundo al que vamos a juzgar mañana (1 Corintios 6:2).
