Capítulo 4
La intervención de Mardoqueo
Mardoqueo se allegó a la puerta de acceso al palacio del rey, pero nadie podía entrar vestido de cilicio. Se colocó entonces delante de la puerta sin traspasarla, y Ester oyó. Le relataron lo que acontecía y la reina se sintió profundamente afligida, aunque conocía poco acerca de la verdadera causa de la aflicción. Ester envía uno de los camareros y Mardoqueo le relata todo cuanto le había ocurrido, de cuanto Aman había prometido pagar y de la inminente destrucción que caería sobre los judíos.
Se nos dice que Ester, a raíz de esto, da a Hatac orden de inquirir de Mardoqueo lo que sucedía. Mardoqueo le relata toda la conjura (v. 5-7). El objetivo era que ella fuese e hiciese súplicas al rey. ¿Pero cómo? Una de las leyes del imperio persa establecía que nadie podía introducirse en la presencia del rey. Este debía mandar a buscar, pero no lo había hecho con la reina en treinta días. Era contra la ley aventurarse a ello. Par consiguiente, Mardoqueo le envía un muy claro y serio mensaje. "No pienses" -le dijo- "que escaparás en la casa del rey más que cualquier otro judío. Parque si callas absolutamente en este tiempo, respira y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos" (v. 13-14). Ni una palabra acerca de Dios. Permanece velado. Mardoqueo piensa en Dios, pero el secreto de Dios se preserva de un modo tan perfecto que solo alude a él vagamente en estas notables terminas: "... liberación vendrá de alguna otra parte". Porque Dios miraría hacia abajo desde los cielos; pero Mardoqueo solo habla del lugar y no de la persona. "Mas tu y la casa de tu padre pereceréis. "¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?" (v. 14).
Ester, por consiguiente, advierte el estado real de la situación. Capta perfectamente el sentimiento de Mardoqueo hacia el pueblo y su confidencia acerca de la liberación que vendría de otro lugar. Por eso le ruega a Mardoqueo: "Vé y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche y día". Ella también, como dice, hará lo mismo: "Yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey" (v. 16). Ni una palabra acerca de los perfumes ahora. Ni una sola palabra acerca de las suaves fragancias con que antes se había preparado para entrar en la presencia del rey. Tenía que someterse a eso; esta era la orden del rey; pero ahora, aun cuando ella no menciona a Dios, es evidente dónde está su corazón. Va con la más singular preparación, pero admirable en tal momento: con ayuno, una gran señal de humillación ante Dios; pero aun así, Dios no es mencionado. No se puede dudar de que Dios está por encima, de que está detrás de la escena; pero todo lo que aparece es meramente el ayuno del hombre y no el Dios ante quien se ayunaba. "Y si perezco, que perezca". Su decisión estaba tomada.
