Ester
Ester

W. Kelly - 1994

“La reina Ester respondió y dijo: Oh rey, si he hallado gracia en tus ojos, y si al rey place, séame dada mi vida por mi petición, y mi pueblo por mi demanda.” Ester 7:3

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Capítulo 3

Mardoqueo denuncia una conspiración contra Asuero

Al final del segundo capitula se nos dice que Mardoqueo no solo se sienta a la puerta del rey, sino que viene a ser el medio para hacer saber al gran rey que se prepara un atentado contra su vida. Dos de los camareros del rey que cuidaban la puerta intentarían ponerle las manos encima al rey, pero la cosa se conoció. Se hizo la investigación, y ambos fueron colgados de un árbol. Nosotros bien sabemos que todo transgresor en aquel día que viene será descubierto y aniquilado rápidamente. No existirá más la incertidumbre de la ley. En ese día "para justicia reinará un rey" (Isaías 32:1). Habrá una gran revelación y castigo de aquellos que levanten sus manos contra el Señor.

Aman enaltecido

En el tercer capitula tenemos una escena muy diferente. "Después de estas cosas el rey Asuero engrandeció a Aman hijo de Hamedata agagueo, y lo honró, y puso su silla sobre todos los príncipes que estaban con el" (v. 1).

Esta solo es un tipo, solo una sombra y no la verdadera imagen. En el día milenario no habrá ningún Aman. Hasta que ese día venga, cualquiera sea la vivida figura de las bendiciones venideras siempre hay una sombra oscura; hay un enemigo; hay uno que trata de frustrar todos los planes de Dios; y, de todas las razas de la tierra, hubo una que desde la antigüedad fue particularmente hostil hacia el pueblo de Dios: los amalecitas, tanto que Jehová manda a su pueblo que librasen la guerra perpetua contra esa raza. El los borraría de debajo de los cielos (1 Samuel 15:18; Éxodo 17:14). Los amalecitas fueron el objeto peculiar del más recto juicio de Dios, a causa del odio que tenían hacia su pueblo. Ahora bien, este Aman no solo pertenecía a Amalec, sino inclusive a la familia real de Amalec. Era un descendiente de Hamedata el agaguita, como se ha dicho, y Asuero engrandece a este noble al más alto puesto. Pero, en medio de todos estos profundos honores, ¡había una espina!: Mardoqueo no le hizo reverencia. La consecuencia fue que Mardoqueo se convirtió en un objeto de reproche. Los sirvientes del rey le preguntaron: "¿Por qué traspasas el mandamiento del rey?", y luego que esta durara por un tiempo. Aman se enteró. "Él les había declarado que era judío" (v. 3-4).

Aman, enemigo implacable del pueblo judío

Ahí estaba el secreto. Dios no aparece. ¡En la historia no hay insinuación de que Dios haya hablado acerca de Aman! Aquí estaba la razón secreta; pero la única razón pública que aparece es que Mardoqueo era un judío. "Y vio Aman que Mardoqueo ni se arrodillaba ni se humillaba delante de él; y se llenó de ira. Pero tuvo en poco poner mano en Mardoqueo solamente, pues ya le habían declarado cuál era el pueblo de Mardoqueo; y procuró Aman destruir a todos los judíos que había en el reino de Asuero, al pueblo de Mardoqueo" (v. 5-6); y Aman efectúa esta de la siguiente manera: informa al rey, como que era el noble principal y favorite, que había "un pueblo esparcido y distribuido entre los pueblos en todas las provincias... sus leyes son diferentes de las de todo pueblo, y no guardan las leyes del rey, y al rey nada les beneficia dejarlos vivir. Si place al rey, decrete que sean destruidos; y yo pesaré diez mil talentos de plata a los que manejan la hacienda, para que sean traídos a los tesoros del rey" (v. 8-9).

La orden de exterminio de los judíos sellada por el rey

El rey, conforme al carácter que ya he descrito, dificultó muy poco la tremenda petición de Aman. Tomó su anillo de su mano, lo dio a Aman y le dijo que guardara su plata. Este último despachó a los escribas para llevar a cabo tal orden, de modo que los correos fueron a través de todas las provincias del rey. Los persas, como se sabe, fueron los iniciadores del sistema postal que nosotros hemos continuado hasta hoy. "Y fueron enviadas cartas por medio de correos a todas las provincias del rey, con la orden de destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un mismo día, en el día trece del mes duodécimo" (v. 13). El rey y su ministro se sentaron a beber, pero la ciudad de Susa estaba perpleja. Bien pudo haber un gran lamenta proveniente de los judíos. Su destina estaba sellado. Así parecía. Tanto más cuanto que siempre fue uno de los axiomas del imperio persa que, una vez aprobada una ley, nunca era revocada o "quebrantada" (1:19 y Daniel 6:8, 12). Podría parecer entonces que nada habría podido salvar al pueblo. El soberano de 127 provincias había dado su palabra real, firmada con su sello y enviada por correo a lo largo y a lo ancho del imperio. El día estaba fijado y el pueblo designado. La destrucción parecía segura; pero Mardoqueo rasga sus ropas, se viste de cilicio y, en medio de la ciudad, llora con un fuerte y amargo llanto (4:1). Si bien el nombre de Dios no está escrito ni aparece, los oídos de Dios, no obstante, oyeron.