Hebreos
Hebreos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 12

Nuestras dificultades demuestran que somos hijos de Dios

En su familia, un niño está sujeto a la educación paterna. Ésta le hará derramar algunas lágrimas, pero cuando haya crecido, será para él un motivo de agradecimiento hacia sus padres. Si somos hijos e hijas de Dios, es imposible que no tengamos que habérnosla con su disciplina (v. 8), porque el Dios santo quiere formar sus hijos a su imagen (v. 10).

Sin embargo, esa disciplina podría llevarnos a dos reacciones opuestas: primero, a menospreciarla y a no hacerle caso. Pero hemos de ser “ejercitados” en ella, es decir, aprender a juzgarnos delante del Señor al indagar por qué motivo nos manda esa prueba (véase Job 5:17). El peligro contrario es que nos desalentemos (v. 5; Efesios 3:13). Entonces, acordémonos del nombre dado al creyente disciplinado: “al que (el Señor) ama” (v. 6). Sigamos “la paz con todos”, pero sin que sea a costa de la santidad (v. 14). No olvidemos que nosotros mismos somos objetos de la gracia y echemos de nuestro corazón las raíces de amargura (literalmente: gérmenes de veneno). Ocultas al principio, tarde o temprano se manifiestan si no son juzgadas enseguida (Deuteronomio 29:18).

Esaú, quien no pudo ser mencionado en el capítulo precedente con los miembros de su familia, lo es aquí para su eterna vergüenza. ¡Que ninguno de nosotros se le parezca!

Dos montes

Aquí todavía se establece un contraste entre lo que la ley ofrecía y lo que el creyente posee ahora en Cristo. Dios sustituirá el terrible Sinaí por la gracia en “Sion” en el próximo reinado del Mesías (Salmo 2:6).

Pero el hijo de Dios ya se dirige hacia un orden de bendiciones más elevado. Está invitado a subir las pendientes de ese monte de la gracia, a penetrar por la fe en “la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial”, y a saludar a sus habitantes. Encuentra a los millares de ángeles, luego a “la congregación de los primogénitos”, es decir, a la Iglesia. En la cumbre está Dios mismo, “el Juez de todos”, quien lo recibe como redimido en su Hijo. Al bajar hacia el pie del monte, hacia la base de todas esas glorias, halla “a los espíritus de los justos hechos perfectos” (cap. 11) y a Jesús, mediador de un nuevo pacto sellado por su propia sangre.

«Allí está mi morada», dice un cántico. Todas las cosas pasajeras son llamadas a desaparecer pronto; en cambio yo recibo un reino inconmovible; mi nombre está escrito “en los cielos” (Lucas 10:20). La misma gracia que me da acceso a ellos me permite ya servir a ese Dios santo, no de una manera que a mí me sea agradable, sino que le sea agradable a él. La reverencia y el temor de desagradarle me guardarán en el camino de su voluntad.