Hebreos
Hebreos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 7

Melquisedec

El autor de la epístola tenía “mucho que decir” acerca de Melquisedec (cap. 5:10-11); ese personaje misterioso que se cruza en la historia de Abraham (Génesis 14) obrando como mediador, bendiciendo a Abraham de parte del Dios Altísimo y luego bendiciendo a ese Dios Altísimo de parte de Abraham. En cambio, todo lo que concierne su persona y sus orígenes no nos ha sido revelado, y comprendemos el porqué. Lo que interesa al Espíritu de Dios aquí no es el hombre, sino el oficio. Rey y sacerdote, Melquisedec es una figura del Señor Jesús cuando reine en justicia y sea sacerdote sobre su trono. El sacerdocio según el orden de Melquisedec, desde todos los puntos de vista es superior al de Aarón:

1) Su titular es más excelente que Abraham, ya que ese patriarca dio el diezmo a Melquisedec y fue bendecido por él.

2) Siendo anterior a la historia de Israel, este sacerdocio no solo se ejerce en beneficio de ese pueblo sino de todo creyente.

3) Finalmente, es intransmisible, ya que el que está a cargo de ese oficio permanece siempre vivo (véase Romanos 8:34).

En la cristiandad muchas personas creen que es necesario recurrir a intermediarios, sacerdotes o “santos”. Esta epístola les enseña que Dios nos ha dado un único sumo sacerdote, perfecto y suficiente para siempre (cap. 10:21-22).

Excelencia del sacerdocio de Jesucristo

Hasta que no hubiera sido hecho “más sublime que los cielos”, Jesús no podía ser nuestro sumo Sacerdote. Para poder representarnos ante Dios era necesario que primeramente se ofreciera a sí mismo por nosotros. Ante todo, necesitábamos un Redentor. Pero ahora, el Salvador de nuestras almas también es el que nos salva por completo, es decir, quien se encarga de nosotros hasta nuestra entrada en la gloria. Y, como vive para siempre, tenemos la seguridad de que en ningún momento nos faltará. A la verdad, tal sumo sacerdote nos convenía. Su perfección moral, expresada de muchas maneras, y su posición gloriosa ante Dios nos llevan a exclamar: “Mira, oh Dios… Y pon los ojos en el rostro de tu ungido” (Salmo 84:9).

Pronto no necesitaremos más su intercesión. Ésta terminará cuando todos los redimidos hayan acabado su peregrinaje. ¿Por qué, entonces, se repite: “Tú eres sacerdote para siempre”? (cap. 5:6; 6:20; 7:17, 21). Porque el sacerdote también es el que conduce la alabanza, ese servicio eterno que nuestro amado Salvador no será más el único en cumplir. Lo realizará juntamente con los que haya salvado enteramente, quienes serán para siempre sus compañeros en la gloria (cap. 2:12).