Hebreos
Hebreos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 10

Una vez para siempre

La necesidad de ofrecer una y otra vez los sacrificios del antiguo pacto mostraba que eran ineficaces. A decir verdad, constituían únicamente un recordatorio del pecado (v. 3). La justicia de Dios no estaba satisfecha con ellos, y menos aun podían agradarle. Entonces se presentó alguien que se encargó de nuestra causa. Solo Jesús era el objeto de la complacencia del Padre, solo él podía ser la ofrenda agradable, la santa víctima ofrecida una vez para siempre. En tanto que los sacerdotes se mantenían en pie porque nunca habían terminado su servicio, Cristo

se ha sentado a la diestra de Dios 

porque su obra está acabada. Y el que se sentó para siempre nos hizo perfectos para siempre. Sí, perfectos, es así cómo Dios nos ve, porque hemos sido lavados de nuestros pecados. Y no se trata del futuro; es un hecho cumplido y definitivo.

Mas no olvidemos que a la obra hecha para nosotros se le une la obra hecha actualmente en nosotros. El Señor quiere poner su amor y sus mandamientos en cada uno de nuestros corazones (v. 16; cap. 8:10). Al entrar en el mundo Jesucristo dijo al Padre: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”. Ahora, Él desea que los suyos se le parezcan (v. 7, 9; Salmo 40:6-8).

Invitación a entrar – El pecado de apostasía

La obra de la gracia se acabó. Aquel que la cumplió ha sido hecho más sublime que los cielos (cap. 7:26). Y nosotros somos invitados a acceder allí siguiendo sus pisadas, por el camino nuevo y vivo que desde entonces ha quedado abierto al adorador. La sangre de Jesús, el velo rasgado y la intervención de un gran sumo sacerdote a favor de nosotros dan a nuestra fe una completa seguridad. Acerquémonos, hermanos, con plena libertad. Que nada nos detenga para entrar en el Lugar Santísimo… ni para congregarnos con los hijos de Dios (v. 25). No nos hemos convertido para vivir solos, como egoístas. Alentémonos unos a otros a amar y a abnegarse.

Los versículos 26 a 31 son particularmente solemnes. Para los judíos que profesaban el cristianismo, pecaban voluntariamente al volver a la ley; de esa manera, pisoteaban al Hijo de Dios, envilecían su preciosa sangre y se burlaban de su gracia. Pecar voluntariamente también puede aplicarse a hijos de padres creyentes que rechacen la enseñanza recibida en la juventud y deliberadamente escojan el camino del mundo.

Amigos jóvenes que poseen privilegios tan grandes: el camino al cielo no siempre estará abierto para ustedes. ¡Acérquense ahora! (Juan 6:37).

La fe es necesaria en todo tiempo

Los cristianos hebreos habían aceptado, y aceptado con gozo, el despojo de sus bienes terrenales (comp. Mateo 5:12). ¿Cuál era su secreto? La fe que se apropiaba de bienes mejores y fuera del alcance de los perseguidores. Pero la fe es necesaria no solo para la conversión y en los días malos, sino que ella es el principio vital del justo. Hace presente el porvenir y visible lo invisible. El que carece de ella no puede perseverar; retrocede y Dios no se agrada de él (v. 38; cap. 4:2; 1 Corintios 10:5). Sin fe –repite el versículo 6 del capítulo 11– es imposible agradarle. Ahora Dios nos presenta a algunos de aquellos en quienes tiene su complacencia (Salmo 16:3).

En el capítulo 11, los distintos aspectos de la vida de la fe son ilustrados por testigos del Antiguo Testamento. En Abel vemos esa fe apropiarse de la redención mediante la ofrenda de un sacrificio agradable a Dios. En Enoc ella camina hacia su meta celestial. En Noé condena al mundo y predica la justicia divina.

Así la fe caracteriza toda la vida cristiana. Y cuando se llega a los últimos pasos de ese andar por la fe, no es el momento de perder nuestra confianza, pues, aún un poquito y el que “ha de venir vendrá, y no tardará” (cap. 10:37). Esta designación es suficiente. Jesús es “El que ha de venir”; nosotros somos “los que le esperan” (cap. 9:28).