Hebreos
Hebreos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 9

Superioridad del santuario celestial

Los capítulos 35 a 40 de Éxodo relatan cómo fue construido el tabernáculo. Levítico da instrucciones concernientes a los sacrificios (cap. 1:7) y a los sacerdotes (cap. 8:10). Pero todas esas ordenanzas de un culto terrenal habían demostrado su trágica impotencia. El tabernáculo estaba dividido en dos mediante un velo infranqueable. El sacerdote, como pecador, estaba obligado a “ofrecer por los pecados” de sí mismo (v. 7; cap. 5:3). Finalmente, los sacrificios de machos cabríos y de becerros no podían “hacer perfecto, en cuanto a la conciencia”.

Entonces Dios nos habla de un santuario celestial “más amplio y más perfecto… no de esta creación” (v. 11; cap. 8:2). ¿Pero de qué serviría si no hubiera un sacerdote capaz de asumir el oficio? ¿Y de qué nos serviría un sacerdote perfecto (cap. 5:8), si el sacrificio no fuese excelente? (cap. 9 y 10). Para nuestra entera seguridad, Jesús es a la vez lo uno y lo otro. Como sacrificio, nos da la paz de la conciencia. Como sacerdote, nos asegura la paz del corazón y nos mantiene en comunión con Dios. Bajo el antiguo pacto, todo era precario y condicional. Ahora todo es eterno, tanto la redención (v. 12 final; cap. 5:9) como la herencia (v. 15 final). Nada podrá arrebatárnoslas ni cuestionarlas.

Abolición del pecado

“Sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (v. 22; leer también Levítico 17:11). Lo que cada sacrificio del antiguo pacto proclamaba, lo que Abel ya había comprendido por la fe (11:4), está confirmado aquí de la manera más categórica. Porque

la paga del pecado es muerte,

y la sangre derramada sobre la tierra es la prueba de que esa paga fue efectuada (Deuteronomio 12:23-24). La sangre de Cristo fue derramada por muchos “para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). ¿Quiénes son esos muchos? ¡Todos los que creen! La preciosa sangre de Jesús, continuamente bajo la mirada de Dios, los pone al abrigo de Su ira, porque “está establecido para los hombres que mueran una sola vez…”. No les será otorgada una segunda existencia.

Sin embargo, no todo se acaba con la extinción de la vida corporal, y la muerte es poca cosa al lado de lo que sigue. ¿Qué hay después de la muerte? Una palabra temible basta para revelarlo: “…y después de esto el juicio” (2 Timoteo 4:1; Apocalipsis 20:12). El hombre sin Dios tiene esas dos realidades terribles ante sí: la muerte y el juicio. Pero el redimido posee dos bienaventuradas certezas: el perdón de todos sus pecados y el retorno del Señor para su liberación final (v. 28). Que cada uno de nuestros lectores pueda formar parte de “los que le esperan”.