Capítulo 11
Paciencia de la fe
Una vez más Abraham y los suyos son elegidos por Dios para enseñarnos lo que es la fe. “Abraham, siendo llamado, obedeció…”. Obedecer a alguien sin conocer sus intenciones muestra que se tiene plena confianza en él. Cuando Dios lo ordena, la fe sabe “salir” (v. 8), pero también sabe morar (v. 9).
Es verdad que una vez el patriarca decidió morar “en Harán” (Hechos 7:4) cuando debió haber ido a Canaán, y otra vez resolvió salir para Egipto cuando habría tenido que morar en el país (Génesis 12:10). Pero Dios se complace en disimular esos pasos dados en falso; asimismo hace caso omiso de la risa de Sara, del triste fin de la historia de Isaac y del desagradable principio de la de Jacob. De la vida de los suyos solamente recuerda lo que le glorifica y solo la fe puede glorificarle.
En principio, no es posible poseer simultáneamente dos patrias. Por eso la promesa de una ciudad celestial había hecho de Abraham y los suyos unos extranjeros. No temieron confesarlo (v. 13; Génesis 23:4); pero también lo mostraron claramente al habitar en tiendas (2 Corintios 4:18; 5:1). No se avergonzaron de su Dios, y por eso él tampoco se avergüenza de ellos. Él reivindica ese nombre de “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”.
Lector, ¿tiene usted el derecho de llamarle “Dios mío”?
Prueba y energía de la fe
El sacrificio de Isaac es una prueba de que Abraham creía en la resurrección (véase Romanos 4:17) y que amaba a Dios más que a su único hijo. La larga historia de Jacob se vislumbra por su bordón, algunas veces instrumento de pastor de ovejas y otras de peregrino o de cojo y, finalmente sostén del adorador (v. 21). De Isaac se podría pensar que su discernimiento fue muy tardío y de José que hubiera habido otra cosa que recordar más que esa simple recomendación acerca de sus huesos.
Pero cada uno de esos patriarcas proclama a su manera su segura esperanza de las cosas venideras. Moisés rehúsa… escoge… estima… porque tiene puesta la mirada en la remuneración (ver cap. 10:35). Deja… no teme… se mantiene firme porque ve al Invisible.
La fe es el único instrumento de medida que permite apreciar el verdadero valor y la relativa duración de todas las cosas. Pero al mismo tiempo, ella es la energía interior que da la capacidad de triunfar, tanto sobre los obstáculos –la ira del rey, el mar Rojo, Jericó– como sobre las codicias: los deleites del pecado o las riquezas de Egipto.
Sí, la fe es enérgica y audaz. Y si el ejemplo de Moisés nos parece demasiado elevado, seamos alentados por el de Rahab. Cualesquiera sean nuestras circunstancias, Dios aguarda un fruto visible de nuestra fe.
Una visión clara de la meta establecida
A partir del versículo 32 estamos en el país de Canaán. En él hallamos a los jueces, los reyes, los profetas y la “grande nube de testigos” que nos rodea, que nos ha precedido y nos aguarda para entrar en posesión de lo prometido (v. 39-40). A través de los más sombríos tiempos, la antorcha de la fe ha pasado de mano en mano y nunca se ha apagado. Solo Dios conoce la lista de esos mártires olvidados y la tiene al día.
Cada uno tiene que integrar su propia página en el volumen de la fidelidad
escribió un creyente.
El ejército de la fe cuenta con exploradores (cap. 11) y con un Jefe prestigioso (cap. 12); nosotros somos la retaguardia. Nos llegó el turno de ingresar en esa «carrera de relevos». ¿Qué hace falta para correr bien? No tener carga ni estorbo. Empecemos por despojarnos de todo peso y bagaje inútil. Rechacemos el pecado, esa red que nos hace tropezar tan fácilmente. Pero además es necesario que un objeto nos atraiga hacia adelante como un irresistible imán. Pongamos nuestras miradas en Jesús, Guía y Modelo de la vida de la fe, su Autor y Consumador. Él también tenía un objeto delante de sí, más poderoso que la cruz, el oprobio y todo su sufrimiento: la “plenitud de gozo” que debía ser el broche final de la vida del hombre de fe según el Salmo 16:11.
