“Volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron… Maestro, ¿dónde moras?” Juan 1:37-38
Es natural que las personas ambiciosas del mundo se esfuercen por entrar en círculos sociales más elevados que aquellos en los que se encuentran. Conocer a personas famosas, o mejor aún, ser presentado en la corte de un rey, es algo por lo que muchos luchan y de lo que hablan el resto de su vida cuando lo consiguen.
Así es el mundo, y cuánta envidia, resentimiento y decepción conlleva, y cuán pobre e insuficiente es, especialmente cuando se compara con lo que Dios, en su infinita gracia, nos ha revelado. Tomemos como ejemplo a Simón, Andrés y los hijos de Zebedeo, quienes eran pescadores. Un día recibieron un llamado que cambió su vida y su perspectiva del tiempo y de la eternidad. Oyeron el llamado de Jesús y, en respuesta, abandonaron sus redes y le siguieron. De inmediato se les permitió relacionarse con un grupo de personas con el que seguramente nunca habían soñado.
No se convirtieron en compañeros de los escribas, ni entraron en la hermandad de los altivos fariseos. Tampoco se relacionaron con el sumo sacerdote, ni fueron mirados con buenos ojos por la corte real. Pero fueron llevados más allá de todo esto, por encima de los círculos más exaltados y exclusivos de la tierra, y también más allá de los ángeles, a una esfera totalmente divina, de modo que pudieron decir: “Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3). No fueron introducidos como meros espectadores, como quienes serían honrados así por un momento, sino que fueron llevados a Jesús, a quien conocerían como su vida y su porción para siempre. El primer capítulo del evangelio de Juan nos muestra su introducción en este círculo de comunión completamente nuevo para los hombres. Ellos oyeron a Juan el Bautista dar testimonio de Jesús como el cordero de Dios. El hecho de que Jesús viniera con ese carácter disipó para siempre todas las dudas sobre la cuestión del pecado, que quedó resuelta para la gloria de Dios. No solo creyeron el testimonio que oyeron, sino que Jesús se convirtió de inmediato en el objeto de sus corazones. Lo siguieron, porque a partir de entonces nada más que Jesús mismo podía satisfacerlos, y ningún lugar, excepto el lugar donde él moraba, podía ser su hogar. Esto fue lo que los llevó a preguntar sinceramente, desde lo más profundo de sus corazones, iluminados por Su gloria y plenamente atraídos por él desde ese momento: Maestro, “¿dónde moras?”. Entonces recibieron una respuesta que debió llenarlos de asombro y que les abrió, a ellos y a todos los que lo reciben como ellos: Su propia morada en el amor eterno del Padre.
El deseo de estar en su compañía, que los movía tan poderosamente, era la respuesta de sus corazones al amor que Él sentía por ellos; y el gran propósito de su venida era liberarlos de todo obstáculo y purificarlos de toda contaminación, a fin de que pudieran ser sus compañeros para siempre en el lugar donde él moraba. Así se expresa su amor.
En el evangelio de Juan no se habla del Señor Jesús como el Hijo del Hombre que no tenía “dónde recostar su cabeza”. Esto se halla en otros evangelios, en los que se nos presenta bajo otros caracteres. Pero en el evangelio de Juan, vemos que Jesús tenía una morada de descanso inefable, porque es el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre. Esta era Su morada eterna, y era Su hogar como Hombre aquí en la tierra. Nadie lo compartió con él antes; era Su lugar peculiar. Pero ahora había encontrado compañeros a quienes podía decir:
“El Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado” (Juan 16:27).
Sí, había encontrado a quienes ahora compartirían el inefable descanso y el gozo del amor del Padre con él. Así se convirtieron en los compañeros del Hijo Unigénito de Dios. Él moraba entre ellos y ellos moraban con él, y contemplaban Su gloria como el Objeto más digno del amor del Padre. Oyeron la voz del Padre, expresando Su deleite en Su Amado, y sus corazones se conmovieron al unísono con los pensamientos del Padre acerca de él. Y mientras vivían, caminaban y moraban con Jesús. Él les reveló las palabras del Padre, palabras que los ángeles no podían entender, y estas palabras entraron en sus corazones y les mostraron el nombre del Padre, les abrieron el seno del Padre con todos sus maravillosos secretos de amor. Lo contemplaban, con asombro cada vez más profundo, como un hombre entre ellos, pero era el Unigénito Hijo del Padre.
¿Cuáles son nuestros pensamientos y nuestra actitud frente a esta revelación del Padre hecha por nuestro Señor Jesucristo, y la comunión divina que resulta de ella? ¿Ha efectuado nuestra santificación del mundo? ¿O seguimos, en compañía de las multitudes ignorantes, buscando las cosas del mundo y corriendo tras sus amistades y su sociedad? Si es así, no conocemos por experiencia propia el amor del Padre. Seguimos lo que no es más que lujuria y orgullo, y que sin duda perecerá.
Debemos seguirlo como lo hicieron sus discípulos, y él nos llevará a su propia morada. Así hallaremos el descanso, la paz y el gozo que el mundo no puede dar, porque no los conoce; y seremos llevados fuera del mundo, mundo turbado y dominado por el pecado, a esa región de reposo eterno, el seno del Padre, su amor perfecto.
Consideremos estas cosas y postrémonos en adoración ante la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, porque este gran propósito no se originó en nosotros; es fruto del amor divino y eterno. Debemos responder a las obras del amor soberano, y rechazar todo lo que nos incapacite para tener comunión con el Padre y con Su Hijo Jesucristo.
JT Mawson