¿Soy salvo?

Hechos 2:21

He cometido demasiadas faltas. He confesado mis pecados a Dios, pero no sé si eso es suficiente. Realmente han pasado muchas cosas en mi vida.

Reflexione en esto: un solo pecado es suficiente para hacer que una persona se pierda para siempre. Así que su salvación depende totalmente de la gracia de Dios, no de la intensidad de su confesión o de sus actos de contrición. Dios no pide que el hombre haga penitencias, sino que se dirija al Salvador. En su gracia, Dios no hace diferencia según la gravedad de los pecados que quiere quitar. Él perdona los pecados a todos los que, arrepentidos, acuden a él con fe. “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).

El apóstol Pablo, quien se consideraba el primero de los pecadores, obtuvo misericordia (1 Timoteo 1:15-16). Si ese hombre, “el primero” de los pecadores, un blasfemo y perseguidor de los cristianos, pudo ser salvo, ¡cuánto más todos los demás pecadores! Se dice que para la inauguración del puerto de Nueva York llevaron el barco más grande que existía en ese momento. Así todos los capitanes estaban seguros de que su barco, mucho más pequeño, también podría entrar en el puerto. Si el más grande de los pecadores pudo ser salvo, entonces Dios también puede perdonar sus pecados, si usted se arrepiente de ellos y se los confiesa sinceramente.

“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (1 Timoteo 1:15-16).

 

No me he arrepentido bastante. Temo que no he sentido suficientemente mi culpa. Dios no puede estar satisfecho con eso.

Dios ordena a todos los hombres que se arrepientan (Hechos 17:30). Algunos obedecen esta orden, otros la rechazan. ¡No hay alternativa! La Biblia nunca menciona el caso de una persona que no se haya arrepentido suficiente.

Todo se complica cuando confundimos los sentimientos de arrepentimiento con el arrepentimiento inicial de un pecador, el cual se hace una vez por todas. El hecho de sentir lo malas que fueron nuestras acciones es variable y no puede ser el factor determinante para que recibamos el perdón. Además, ser consciente de la gravedad de mi estado de pecador es algo que se profundiza en el curso de la vida cristiana. Obtener el perdón depende de que nos hayamos arrepentido —de que nos hayamos entregado verdaderamente a Dios, reconociendo que éramos culpables— y hayamos aceptado la obra de Jesucristo para el perdón de nuestros pecados (Hechos 26:18).

Además, nadie se ha arrepentido suficientemente de sus pecados, porque las santas exigencias de Dios son inalcanzables para nosotros los seres humanos. Un solo pecado es más grave a los ojos de Dios que la suma de todos los pecados del mundo para nosotros. Nunca vemos el pecado como Dios lo ve. Pero si un pecador se arrepiente sinceramente de sus pecados ante Dios y se vuelve a Jesucristo, puede estar seguro de que tiene una nueva vida y una salvación eterna (Hechos 11:18; 2 Corintios 7:10).

¿Se ha arrepentido de sus pecados y su fe descansa solo en el Señor Jesús? Si su respuesta es afirmativa, en el cielo hubo gozo por usted (Lucas 15:7, 10). ¡Y usted también puede alegrarse! 

“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:7).

 

No he confesado todos mis pecados. ¿Qué ocurrirá?

Si tuviéramos que confesar ante Dios todos nuestros pensamientos impuros u orgullosos, todas nuestras malas palabras y acciones, nadie podría ir al cielo, porque nadie puede recordar todas las cosas malas que ha hecho desde su infancia. Pero debemos confesar los pecados de los cuales somos conscientes. Nunca lograremos hacerlo de manera perfecta, pero sí debemos hacerlo con sinceridad y sin reservas. Esto significa que confesamos a Dios todo lo que pesa en nuestra conciencia, sin ocultarle nada deliberadamente.

Dios perdona los pecados a todo el que se los confiesa con un corazón sincero (Hechos 8:22). El publicano fue justificado cuando hizo esta breve y sincera oración: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13).

En 1 Juan 1:9 leemos: “Si confesamos nuestros pecados, él (Dios) es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Si confesamos los pecados de los cuales somos conscientes, seremos limpiados de toda maldad. Si un pecador perdido cree en el Señor Jesús, la sangre de Jesucristo también lo limpia de todo pecado (1 Juan 1:7).

Si usted ha creído en el Señor Jesús y lo ha aceptado como su Salvador, Dios nunca más se acordará de sus pecados (Hebreos 10:17). Esto incluye los pecados de los cuales usted no es consciente, incluso los futuros, porque Jesús, como Dios, conocía toda su vida de antemano.

“El publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que este descendió a su casa justificado” (Lucas 18:13-14).

G. Setzer, sacado de «El ancla del alma», Ediciones Bíblicas, 2025