El cuerpo es la parte visible del hombre. Formado por Dios (Génesis 2:7; Salmo 139:13-15), el cuerpo tiene capacidades que, junto con el espíritu y el alma, muestran cuán grandioso es el hombre como criatura de Dios. Pero el Señor Jesús no era y no es una criatura. Al hacerse hombre, tomó voluntaria y completamente la condición de un ser humano, pero “sin pecado” (Hebreos 4:15). Así se sometió también a las restricciones físicas que nosotros los humanos poseemos por naturaleza: tuvo hambre, sed, cansancio, necesitaba dormir (Lucas 4:2; Juan 4:6-7; Marcos 4:38). Su cuerpo también estuvo expuesto al sufrimiento, al dolor físico y a un sufrimiento interior aún más profundo, pero con consecuencias maravillosas para todos los redimidos:
- El Señor tenía un cuerpo preparado por Dios para que en él pudiera ofrecerse como sacrificio para el perdón de los pecados, sacrificio hecho una vez para siempre (Hebreos 10:5, 10).
- Cristo cargó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, es decir, en la cruz (1 Pedro 2:24). Esto no se refiere al sufrimiento físico del Señor Jesús, sino al hecho de que él como ser humano, en todos sus aspectos (espíritu, alma, cuerpo), soportó este sufrimiento para expiar nuestros pecados. ¡Qué acto tan indescriptible, incomprensible, motivo de nuestra adoración!
- Cristo dio su cuerpo por nosotros, murió en nuestro lugar (Lucas 22:19). Su muerte como ser humano, precedida por el sufrimiento debido a nuestros pecados, nos trajo el perdón.
- En su cuerpo de carne, es decir, como hombre, Cristo nos reconcilió con Dios por medio de la muerte (Colosenses 1:22). ¡Cuántas veces la Palabra de Dios relaciona la muer-te de Jesús con nuestra salvación!
- Para Pilato, el cuerpo del Señor Jesús después de su muerte no tenía importancia, pero para Nicodemo y José de Arimatea sí la tenía: ellos “pusieron a Jesús” en una tumba; para ellos, el cuerpo muerto de su Maestro significaba lo mismo que su persona (Juan 19:38-42).
- Por último, Dios no permitió que el cuerpo de Jesús se corrompiera (Hechos 2:31; Salmo 16:10). Él lo levantó de los muertos. Ahora Cristo posee un cuerpo resucitado libre de limitaciones físicas y, sin embargo, es un cuerpo real (Juan 20:19; Lucas 24:39-43).
«Señor Jesús, no puedo dejar de maravillarme ante ti como ser humano, con espíritu, alma y cuerpo. El hecho de que hayas entregado tu cuerpo por mí me lleva a alabarte y adorarte. Me regocijo porque ahora vives con un cuerpo resucitado, el cual yo también recibiré pronto, y luego te veré cara a cara. ¡Cuán grande es tu amor, cuán grande eres Tú!».