Esposo y esposa (2)

Colosenses 3:18-19 – 1 Pedro 3:1-7

Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.

Colosenses 3:18-19

Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.

Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.

1 Pedro 3:1-7

Confianza mutua

Estos textos nos inducen a hablar de la confianza mutua que debe reinar entre los esposos. ¿Acaso Cristo no revela sus secretos a la Iglesia, su Esposa? Y la Iglesia ¿no confía sus pensamientos a su divino Esposo? Lo mismo deben hacer los esposos.

“Así que no son ya más dos, sino uno”, dijo el Señor (Marcos 10:8).

Si el amor los une, ¿cómo podrían tolerar secretos entre ellos? Si el marido, por temor a entristecer a su amada esposa, vacila en revelarle las causas de sus inquietudes, de las penas y dificultades causadas por su trabajo o por su entorno, demostraría tenerle un afecto equívoco, y tener en poco su corazón abnegado y amante.

¿Para qué ocultarle sus preocupaciones? ¿No sabe ella, acaso, que ambos están recorriendo una senda en la cual necesariamente habrá pruebas para los dos? ¿No deben sobrellevarlas juntos? Si el marido guarda secretos, los motivos de sus inquietudes –que muchas veces su esposa presiente–, esto le causará mayor sufrimiento y le será más difícil de sobrellevar, pues tendrá que hacerlo solo. 

Mejores son dos que uno (Eclesiastés 4:9).

“Maridos, amad a vuestras mujeres”, ámenlas bastante para depositar en ellas toda su confianza. Por dolorosas que sean las dificultades que tengan que comunicarles, ellas sabrán participar de las mismas y a la vez podrán animarlos. Y, quién sabe si a menudo la esposa, más frágil que su marido en varios aspectos, haya recibido una mayor medida de fe y de confianza en Dios, habiendo aprendido a conocerle más íntimamente por su posición humilde y sufrida, y pueda sostenerle y alentarle con su fe cuando surjan las pruebas. El hombre, más enérgico, más apto para la lucha, suele desanimarse con mayor facilidad; y la esposa, amante, abnegada y sujeta, tiene entonces la oportunidad de reconfortar al compañero de su vida.

Lo que acabamos de decir también vale para la esposa. Que no vacile en confiar todas sus preocupaciones al que la ama; sus angustias y problemas sin duda serán de otra índole, pero, ¿a quién las confiará, sino al que debe ser su confidente? ¿Quién las compartirá mejor que él? La confianza mutua significa, pues, una entera comunión de pensamientos entre los esposos; estos manifiestan que son “una sola carne”; con delicadeza, mansedumbre y discernimiento se confían todas sus inquietudes; no permiten que ningún impedimento surja entre ellos, y si por desgracia aparece alguna nube o causa de desunión, la disipan al instante, rechazándola.

La oración

El apóstol Pedro da a los esposos creyentes otra exhortación de suma importancia: “Para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Pedro 3:7). Las oraciones forman parte de la vida de los cónyuges; constituyen uno de los recursos de los cuales disponen para andar fielmente. Los esposos deben vigilar mucho para que sus oraciones no sean impedidas. Notemos que esta exhortación del apóstol va unida a la de honrar a la mujer como a vaso más frágil. ¿Honraría a su esposa el marido que la estime incapaz de compartir con él sus pensamientos, inquietudes y pruebas? Por cierto que no.

Si el hombre casado no confía en su esposa, ¿podrán las oraciones de ambos ser el fruto de la comunión mutua? Para orar de común acuerdo, los cónyuges deben sentir una misma cosa, de otra manera sus oraciones serán estorbadas. Si hay algún desacuerdo, solo confesándolo y orando por este motivo volverán a encontrar el gozo de la comunión y podrán seguir su camino bajo la mirada de Dios, en Su paz, con continuas oraciones y acciones de gracias.

Cristo, Huésped del hogar

Sentimos toda nuestra capacidad para honrar a Dios obedeciendo fielmente las exhortaciones de Su Palabra. Pero no debemos considerarlas como obligaciones o mandamientos impuestos; ya no estamos bajo la ley. No olvidemos que el único móvil de una vida que agrade al Señor es el amor. No el amor de nuestros corazones naturales, pues en el fondo todos somos egoístas, sino el amor que brota del divino manantial: Cristo.

Lo que necesitamos es que Cristo sea el divino Huésped en nuestros corazones y en nuestros hogares: él mismo desea serlo. Para los esposos, Su divina presencia es la certeza del gozo y de la paz, del consuelo en las pruebas y en los momentos difíciles; es la fuerza para caminar, la calma en medio de la tempestad. “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Apocalipsis 3:20). ¡Que los esposos creyentes realicen estas preciosas exhortaciones, para su bendición y la gloria del Señor!