El avestruz y el águila (n° 12, parte 1)

Job 39:13-18 – Job 39:27-30

El avestruz: Job 39:13-18

Las alas del avestruz se baten alegremente, pero sus alas y plumas ¿son acaso compasivas? “Desampara en la tierra sus huevos, y sobre el polvo los calienta, y olvida que el pie los puede pisar, que puede quebrarlos la bestia del campo. Se endurece para con sus hijos, como si no fuesen suyos, no temiendo que su trabajo haya sido en vano; porque le privó Dios de sabiduría, no le dio inteligencia” (v. 14-17).

Aquí se nos llama la atención sobre la falta de sabiduría ilustrada en el avestruz, una criatura con forma de ave, pero sin poder para dejar la tierra.

Mientras otras aves se refugian en el vuelo cuando perciben el peligro, se dice que el avestruz entierra la cabeza en la arena. Cuán parecido es a la mera profesión de aquellos que tienen “apariencia de piedad”, pero niegan la eficacia de ella en sus vidas. Presionados por el tema del juicio eterno, se niegan a afrontar la realidad y se protegen con cosas terrenales: las arenas movedizas del tiempo. Estas personas nunca ven las cosas desde el punto de vista de Dios, sino solo desde la perspectiva del hombre.

En cuanto al avestruz, lo mismo ocurre con sus crías: “Desampara en la tierra sus huevos” sin temor. Sin el “temor de Dios”, que es el “principio de la sabiduría”, los que se niegan a reconocer su responsabilidad ante Dios y ante sí mismos también se negarán a asumirla ante sus hijos. Así construyen “su casa sobre la arena”, y la tormenta que pronto se desatará en dicho escenario demostrará que su trabajo fue “en vano”. Dejan su descendencia “en la tierra”, en peligro de ser pisada por otros que se cruzan en su camino, o por las sutiles doctrinas de la “bestia” que “anda alrededor buscando a quien devorar”.

El águila: Job 39:27-30

“¿Se remonta el águila por tu mandamiento, y pone en alto su nido? Ella habita y mora en la peña, en la cumbre del peñasco y de la roca. Desde allí acecha la presa; sus ojos observan de muy lejos. Sus polluelos chupan la sangre; y donde hubiere cadáveres, allí está ella”.

En este pasaje Dios llama nuestra atención sobre un ave que tiene una sabiduría dada por Dios, típica del verdadero hijo de Dios. El águila también tiene el poder de dejar la tierra y ver las cosas desde las alturas, el punto de vista de Dios. “Ella habita y mora en la peña”. La casa “fundada sobre la roca” permanece. Desde su elevada esfera, “sus ojos observan de muy lejos”, y previendo el mal, se protege contra él. Ella misma no se alimenta de carroña, sino de los “cadáveres”, la muerte de otro que le da vida a ella y a su descendencia. En ese lugar apartado, sus crías aprenden el valor de la sangre. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”, dijo nuestro Señor (Juan 6:54).

Los que aprecian a Aquel que fue sacrificado y derramó Su sangre por ellos, moran y permanecen en la Roca sobre la cual Él está edificando Su Iglesia. Quienes por Su gracia viven una vida santa, siguiendo Sus pasos y alejándose de la influencia del mundo en todas sus formas, sean religiosas, políticas o morales, renuevan sus fuerzas como el águila. Estos compartirán su reinado cuando Cristo venga a reinar como Rey de reyes y Señor de señores.