El capote del apóstol Pablo (3)

Pérdidas

¿Acaso exageramos al afirmar que muchos dones espirituales, muchos servicios no logran desarrollarse porque quienes los poseen se han incapacitado para ello al dejarse envolver por las cosas del mundo, los trabajos de la vida? Dios quiere que cumplamos fielmente nuestro trabajo en este mundo, y que seamos diligentes en todo. Es una gran merced ver nuestro trabajo bendecido por Dios, el cual nos concede tener éxito en él. Pero el ser fiel en nuestra vocación, por una parte, y querer engrandecernos en este mundo por otra, son cosas diametralmente opuestas. A menudo, Dios hace pasar a los suyos por dolorosas experiencias tras años de continuos esfuerzos para mejorar su situación, porque él es fiel y no puede negarse a sí mismo. Y cuando esto ocurre, las lágrimas y los amargos reproches que uno se hace en voz alta no pueden borrar los estragos de mundanalidad, de amor al dinero y de la infidelidad para con Dios.

En momentos como estos, será una señalada merced de Dios hacer que los suyos se detengan de su loca carrera; abriéndoles los ojos, en su misericordia, acerca de los caminos que habían emprendido y mostrándoles la vanidad de este mundo. Será, asimismo, una gran bendición si, tras largo descuido, se despierta en ellos el anhelo de la comunión intima con Dios. ¡Cuán duro es el yugo y pesada la carga que se imponen aquellos, que, no perteneciendo ya a este mundo, vuelven a constituirse sus esclavos; y que, estando en los umbrales de la patria eterna, han vuelto a amar este siglo!

Alguien objetará que este no es el caso de los creyentes en general; que las circunstancias descritas más arriba no son más que excepciones. ¡Alabado sea Dios! Que desde luego no ocurre así con todos sus hijos, pero estas excepciones no son tan raras como el lector pudiera imaginarse. Además, todos corremos el peligro de ser contagiados por el espíritu de este siglo; y fuera de eso, no podemos separarnos de nuestros hermanos en la fe, del mismo modo que Daniel no podía separarse de su pueblo. Existe una unión, un vínculo indestructible entre todos los miembros del cuerpo de Cristo. Cuando un solo lleva mala conducta, ¿acaso no se siente alcanzada, y en cierto modo responsable, toda la familia? Daniel no participó de los pecados de sus antepasados, pero se sentía culpable con ellos y confesaba: “Hemos pecado”. Nosotros también necesitamos confesar humildemente nuestra parte de culpa y unido tomar nuestra responsabilidad ante Dios por las tristes circunstancias que nos rodean, incluso si, personalmente andamos rectamente delante de él. Y lo haremos con mayor motivo si, por una parte, vigilamos nuestra conducta y por otra, consideramos a nuestros hermanos en la fe tal como Dios los mira y según sus pensamientos.

“Ocúpate de la lectura…”

También los libros y los pergaminos del apóstol nos hablan de una manera elocuente. Dejados en Asía menor, donde todos se habían apartado de Pablo, podían, por ese motivo haber perdido valor y la importancia que tenían anteriormente. Ya dijimos que ignoramos su contenido, pero que este estaba seguramente de acuerdo por la enseñanza y los pensamientos del embajador de Cristo. Pues bien, Dios nos ha dado así mismo libros y escritos que nos dan a conocer su voluntad, y que son útiles, al hombre espiritual. En primer lugar y de modo destacado figura su Palabra, la Biblia ¿Acaso la apreciamos como se merece? ¿Podemos repetir como el salmista: “Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviarme de tus mandamientos? En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti. Pues tus testimonios son mis delicias y mis consejeros. Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que el oro muy puro” (Salmo 119:10-11, 24, 127); o volver a decir como el profeta: “Fueran halladas tus palabras, y yo las comí; ¿y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón…” (Jeremías 15:16)? Existen además buenos escritos de antiguos hermanos que nos explican esta palabra y que, habiendo sido escritos en oración, nos introducen y nos ayudan en la senda cristiana, ¿Los apreciamos? ¿Utilizamos con corazón agradecido la preciosa Palabra de Dios que él, fiel y lleno de amor para con nosotros, nos ha dado?

Estoy persuadido que muchos de los amados lectores pueden contestar esta pregunta, con un gozoso sí, pero ¿todos contestarían igual? ¿No prefieren la mayoría de las veces la lectura de libros y revistas de un estilo completamente distinto? Y los diarios, ¿para cuántos creyentes no han venido a ser indispensables? Piensan a menudo que deben seguir como atención el curso de los acontecimientos y estar al corriente de la política. ¿Y el cine, radio, televisión y además diversiones ajenas a la vocación cristiana no son instrumentos preparados por Satanás para alejarnos cada vez más del Señor? Desgraciadamente cuando un cristiano se afana en esta clase de alimentos, su hambre del pan celestial decrece rápidamente; el corazón pierde el gozo y el alma se atrofia.

El Señor encomendó solemnemente a Josué: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8). Lo que en aquellos días constituía un requisito indispensable para prosperar, lo que es aún más hoy en día en que Dios nos ha revelado su corazón y nos ha hecho penetrar en sus pensamientos mas secretos; en toda la verdad.

Tampoco hemos de olvidar que, en medio de la ruina de la iglesia profesante, nos ha sido confiado un testimonio, el cual debemos honrar con nuestras palabras y por nuestros escritos, y confirmar por una conducta en la luz, una vida separada del mundo impío. ¡Ojalá el Señor nos conceda el no colocar nuestra luz debajo de el “almud” de la actividad terrenal, y que no nos deje invadir por el sopor de las comodidades materiales, sino que hagamos brillar nuestra lámpara de modo que puedan observarla todos los que entren en nuestra casa; que nos conceda también el estar velando, para no verse obligado a quitar nuestro candelero de su lugar, y por fin, que sus siervos, a quienes ha llamado en su obra como evangelistas, pastores o maestros, puedan ir hacia delante, sin temor a los hombres y sin buscar agradarles, cual fieles, modelos del rebaño, en toda humildad de espíritu pero también en toda verdad y fidelidad!

Así brille vuestra luz

En estos últimos tiempos, el Señor nos habla muy seriamente al llamar a su presencia a diversos obreros dotados y bendecidos, y sigue hablándonos diariamente por la falta de siervos fieles y abnegados en su viña. Un día preguntó a sus discípulos, después de haberles enseñados muchas cosas: “¿Habéis entendido esto?”. Contestaron: “¡Sí, Señor!”, pero no era verdad. Y nosotros, hermanos, ¿Hemos comprendido realmente y dedicado nuestra atención lo que el Señor quiere decirnos? ¿Hemos reconocido y confesado nuestra llaga, nuestra culpabilidad? Solo de esta manera podrá ser completamente curada.