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¿Debería un creyente guardar la ley (o ciertas reglas) para asegurarse de no cometer pecados? (Romanos 7:1-6)

No. Guardar leyes o reglas no es el camino para lograr esto.

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¿Declaró el Señor si el Antiguo Testamento era inspirado por Dios o no?

Sí, lo hizo muchas veces. El Señor utilizaba el Antiguo Testamento atribuyéndole una autoridad absoluta (ver 8.7). Ponía las palabras del Antiguo Testamento al mismo nivel que sus propias palabras (compárese Mateo 5:18 con Mateo 24:35).

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¿Dejará Cristo alguna vez de ser hombre?

No. Resucitó de entre los muertos (1 Corintios 15) y ascendió a los cielos donde ahora está como Hombre glorificado. Esto es importante, porque él es ahora nuestro Sumo Sacerdote. Él sabe cómo compadecerse de nosotros, porque fue y es hombre; sabe lo que es ser probado y tentado como nosotros en este mundo –excepto que él no tuvo ni tiene una naturaleza pecaminosa–.

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¿Dejó el Señor de ser Dios cuando se hizo hombre?

No. Siempre fue, es y será Dios. Esta es una verdad incontrovertible. Dios es eterno y no puede dejar de ser Dios (Colosenses 1:19; 2:9).

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Depender de cualquier otra cosa es estar perdido

Si estas páginas llegan hasta ti, que aún no tienes un corazón regenerado (aunque tal vez te hayas bautizado y lleves incluso el nombre de «cristiano»), quisiera llamarte la atención sobre el hecho de que la venida del Señor será repentina y serás dejado atrás si él te halla “sin aceite en tu vaso”.

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¿Dios ha predestinado personas para condenación?

No. La Biblia nunca afirma una cosa así. Dios quiere que todos los hombres sean salvos (Tito 2:11; 1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Además, Dios “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). En Romanos 9:18 leemos que Dios endurece a quien él quiere (pero solo después de que el hombre se ha endurecido a sí mismo, tal como observamos en el ejemplo del Faraón; v.

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Dos casos opuestos

La Sagrada Escritura relata un acontecimiento que viene muy al caso para explicar cómo podemos estar seguros de la salvación, según el verso anteriormente citado: es la salida del pueblo de Israel de la tierra de Egipto (Éxodo 12).

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Dos naturalezas distintas en una misma persona

Cada ser humano nace con una naturaleza mala, tan mala que Dios declara que le es imposible someterse a Su santa ley. Ella no puede “agradar a Dios”. “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”, dice el salmista David (Salmo 51:5).

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El amigo generoso y el cordero

Este es como un cuadro pintado por Dios mismo acerca de la salvación de un pecador. Por nuestros pecados la justicia divina exige la muerte, el justo castigo. La única alternativa es la muerte de un sustituto aprobado por Dios. El hombre jamás hubiese hallado lo que necesitaba para salir de su desesperada situación; pero Dios lo encontró en la persona de su Hijo.

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El camino de la salvación

En la primera parte de la Biblia, el Antiguo Testamento, abundan las figuras o ejemplos de cosas espirituales. Sirvámonos, pues, de una de estas figuras. En Éxodo 13:13 leemos las siguientes palabras salidas de la boca de Dios: “Mas todo primogénito de asno redimirás con un cordero; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz. También redimirás al primogénito de tus hijos”.

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El Espíritu Santo es el único poder de la nueva vida

¡Alabado sea Dios!, él mismo nos ha provisto de este poder en la Persona del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios hace más que dar vida a un pecador muerto; también es el poder de esta nueva vida. El Espíritu Santo –como persona distinta– viene a hacer morada en el recién convertido.

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El lazo indestructible y el lazo quebradizo

Pues bien, amado hijo de Dios, tenga presente estas dos cosas: no hay ningún lazo más fuerte que el del parentesco, y nada hay tan delicado como el lazo de la comunión. Todo el poder y el consejo de la tierra y del infierno reunidos no pueden anular el primero, mientras que un deseo torpe o una palabra frívola basta para romper el segundo.

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El leproso de Levítico 14 y Naamán

Usted podrá formarse una idea de la diferencia entre la liberación de los pecados y la redención del pecado al comparar la purificación del leproso como está descrita en Levítico 14:1-7, con la de Naamán, igualmente leproso, en 2 Reyes 5:10-14.

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El pecado que mora en mí”, ¿impide mi comunión con Dios?

Alguien podría preguntar: ¿Cómo es posible que la misma presencia de algo tan malo como lo es la carne no sea un impedimento para la comunión del creyente con Dios? Procuraré explicar esto por medio de otro ejemplo:

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“El pecado” y “los pecados”

El principio malo, que existe en nosotros por naturaleza, con frecuencia es llamado sencillamente “el pecado”, mientras que las acciones, palabras y los pensamientos malos resultados de esta naturaleza corrompida, son llamados “los pecados”. Nótese esta distinción hecha en 1 Juan 1:8-9: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos…” y:

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El problema de nuestros pecados ha sido resuelto mediante la muerte de Cristo por nosotros. Pero, ¿cómo ha sido resuelto el pecado y su poder?

No ha sido resuelto por medio de la muerte de Cristo por nosotros, sino por nuestra muerte con Cristo.

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¿En cuál de estas tres clases está usted?

«¿En qué clase viaja usted?». He aquí una pregunta que a menudo se oía antes en las estaciones de ferrocarril. Permítame que le haga la misma pregunta porque, considerándolo bien, usted también está viajando de este mundo a la eternidad, y en cualquier momento puede llegar al final. Permítame, repito, que con el mayor interés le pregunte: «¿En qué clase va viajando?».

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¿En qué momento Cristo se hizo hombre?

Cuando nació en Belén, hace aproximadamente 2000 años (compárese con Miqueas 5:2; Lucas 2:4-7). Este punto en el tiempo es denominado por Dios mismo como la “plenitud del tiempo” (Gálatas 4:4, V. M.). El hombre había sido probado de diferentes maneras, y siempre había fracasado por completo.

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¿En qué momento el Señor Jesús llevó los pecados de todos los que creen en él?

Para que quede claro: no lo hizo durante Su vida, ni tampoco en el sepulcro, ni siquiera durante las tres primeras horas en la cruz. Cristo llevó nuestros pecados durante las tres horas de tinieblas, “desde la hora sexta… hasta la hora novena” (Mateo 27:45). Durante este tiempo hubo tinieblas y silencio. El Señor no pronunció una sola palabra hasta la hora novena.

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En resumen, ¿qué dice la Biblia de sí misma?

La Biblia afirma claramente que ella es la Palabra de Dios. Da por hecho su inspiración verbal y plenaria y, en consecuencia, su infalibilidad. Agradezcamos a Dios que se complació en revelarse al hombre de esta manera. En todo el universo no hay nada más seguro que la Biblia: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lucas 21:33).

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Entonces, ¿cómo puede alguien ser justificado ante Dios? (Romanos 3:22-25)

En lo que concierne a nosotros, solo “por medio de la fe”. En lo que concierne a Dios, solo “por su gracia”. “Por medio de la fe” significa que confiamos en Cristo quien pagó el precio que merecían nuestros pecados, y esto basta. “Por su gracia” implica que solo podemos aceptar o recibir lo que Dios nos da; ninguna otra cosa podemos hacer y nada podemos agregar.

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Entonces, ¿es la Biblia un libro humano y, por lo tanto, imperfecto?

De ninguna manera. El resultado final fue exactamente el que Dios buscaba. Cada palabra fue dada por él.

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Entonces, ¿por qué a veces cometo pecados? ¿No estoy muerto con Cristo?

En Romanos 6 a 8 aprendemos acerca del «viejo hombre» (ver 6.10), quien ha sido crucificado con Cristo. Pero, también debemos aprender, aunque a veces a través de una dolorosa experiencia, que todavía tenemos en nosotros la carne (la expresión «carne» en este contexto no se refiere al cuerpo físico, sino a nuestra naturaleza pecaminosa).

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Entonces, una Biblia en castellano, ¿es la Palabra inspirada de Dios?

Notemos que el Señor y los escritores del Nuevo Testamento también utilizaban una traducción, a saber, la Septuaginta, la traducción al griego del Antiguo Testamento hebreo, y ellos citaban esta versión, diciendo “escrito está”. Por lo tanto, bien podemos confiar en una buena traducción de la Biblia y considerarla la Palabra de Dios.

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