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La liberación

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La libertad cristiana

Examinemos ahora la libertad cristiana en la cual Cristo nos ha colocado.

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Las diferentes formas de oración

Es importante considerar cómo oramos, pero también el contenido de nuestras oraciones. Una vida de oración equilibrada comporta diferentes facetas. En primer lugar:

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Las glorias del Señor Jesús

Cuando alguna persona ofreciere oblación a Jehová, su ofrenda será flor de harina, sobre la cual echará aceite, y pondrá sobre ella incienso, y la traerá a los sacerdotes, hijos de Aarón; y de ello tomará el sacerdote su puño lleno de la flor de harina y del aceite, con todo el incienso, y lo hará arder sobre el altar para memorial; ofr

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Pensamientos sobre la oración

Orar es hablar con Dios, con la libertad de un hijo ante su padre y el santo temor de un mortal delante de Dios. A. Monod La oración es un privilegio muy grande. “He tenido el atrevimiento de hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Génesis 18:27, V. M.). Abraham Todo es más fácil cuando uno ora. Palabras de un niño

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Práctica de la oración

Tratemos ahora de identificar algunos de los obstáculos a la oración y los recursos para superarlos.

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Prólogo a la edición en castellano

John G. Bellett (1795-1864) fue particularmente utilizado por Dios, en medio de la luz que el Espíritu Santo dio a la Iglesia en el siglo XIX, para desenterrar los tesoros de las diversas glorias del Señor Jesús que yacían ocultos en las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Su ministerio se centró principalmente en la Persona del Señor Jesús.

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Prólogo a la edición en castellano

John G. Bellett (1795-1864) fue particularmente utilizado por Dios, en medio de la luz que el Espíritu Santo dio a la Iglesia en el siglo XIX, para desenterrar los tesoros de las diversas glorias del Señor Jesús que yacían ocultos en las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Su ministerio se centró principalmente en la Persona del Señor Jesús.

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¿A quién debemos orar?

Cuando oramos es importante saber a quién nos dirigimos. Cristo descendió del cielo para darnos a conocer a Dios como nuestro Padre (Lucas 11:2; Mateo 11:27; Juan 17:26). Desde entonces podemos dirigirnos a Dios como un hijo habla a su padre, en una comunión íntima y feliz.

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Actuar como el remanente

Todo esto es hermoso, y el Señor, en los días de su vida en la tierra, manifestó perfectamente este carácter del remanente. Y todo esto es aleccionador para nosotros, pues vivimos en un tiempo caracterizado por la confusión y de ninguna manera mejor que esos días de la cautividad o que los de Jesús.

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Actuar en el momento oportuno

Servir a la humanidad a costa de la verdad divina y de los principios de Dios, no es cristianismo, pese a que los que así hacen gocen de la reputación de «bienhechores».

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Buscar la intimidad con Jesús

Pero, repito, la fe está en su elemento junto a Jesús. ¿Podemos tratar a Jesús con temor o cavilación? ¿Podemos dudar de él? ¿Podríamos mantenernos a distancia de aquel que se sentó junto al pozo con la mujer de Sicar? ¿Acaso ella estuvo lejos de él? Seguramente, amados, deberíamos buscar intimidad con Jesús.

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Callarse o hablar

Y a medida que seguimos el rastro de esta bendita verdad, hallamos que está escrito: Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno (Colosenses 4:6).

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Comparación entre el Señor Jesús y Pablo

¡Maravillosa perfección! ¿Quién podría mantener ante sus ojos un objeto tan perfecto, tan irreprensible, tan exquisita y delicadamente puro, en los detalles más ordinarios y minuciosos de la vida humana? Pablo era incapaz de ello. Nadie que no fuera Jesús, el Dios-hombre, podría hacerlo.

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Comportamiento de Jesús en su niñez

La misma belleza y la misma propiedad las volvemos a encontrar en el hecho de que en el capítulo 2 de Lucas él ni enseña ni aprende, sino que tan solo escucha y hace preguntas. Enseñar habría estado fuera de lugar, por cuanto él era un niño que se hallaba en medio de sus ancianos.

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Con amor y fe

La oración tiene su origen en un llamamiento de Dios. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa para orar, es Dios quien nos llama a orar. Orar es, pues, una gracia que Dios nos concede. Dios no cesa de dirigirse hacia nosotros y nos invita a ir a él y amarlo.

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Con el corazón y el entendimiento

Cuando oramos, debemos hacerlo con el corazón (Marcos 7:6). No se trata de caer en el sentimentalismo, sino de expresar las necesidades reales y sentidas. Las palabras no siempre expresan lo más profundo de nosotros mismos, incluso pueden encubrir una negativa de abrirse a Dios. Uno no ora con las ideas, sino con su persona. No con lo que uno sabe, sino con lo que vive.

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Condiciones favorables para la oración

La sobriedad y el ayuno: privarse para estar más disponible para Dios Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto (Mateo 6:6).

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Conscientes de nuestra necesidad

Una de las primeras condiciones para orar es ser conscientes de nuestra necesidad. Aquel que dice: “Yo soy rico… y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apocalipsis 3:17), no siente la urgencia de invocar a Dios. En cambio, el creyente que se da cuenta de su pobreza espiritual se acerca voluntariamente al Padre.

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Cualidades morales de Jesús

El Señor no se dejaba arrastrar por la dulzura cuando se requería fidelidad; y, sin embargo, pasó por alto muchas circunstancias que habrían herido la sensibilidad humana y de las que el sentido moral del hombre habría juzgado correcto resentirse. Jesús no quiso ganar a sus discípulos con los pobres medios de una naturaleza amable.

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Cumplimiento de las promesas

¡Maestro perfecto!

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Dar al Señor

En el mismo libro del Eclesiastés, que antes citamos, leemos que hay “tiempo de guardar, y tiempo de desechar” (Eclesiastés 3:6). El Señor Jesús guardó y desechó cada cosa en su debido tiempo. En el servicio espiritual del corazón o de la mano de quien adora a Dios no hay desperdicio, por pródigo que parezca el modo de obrar, pues, como David, aquel dice al Señor:

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Debemos reflejar su luz

La luz de Dios brilla algunas veces ante nosotros a fin de que, según el poder que nos es dado, podamos discernirla, gozarla, valernos de ella y seguirla. No tanto para acusarnos o exigir algo de nosotros, sino que ella más bien brilla ante nosotros –como ya lo he dicho– a fin de que la reflejemos, si tenemos gracia.

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Dios complacido en su Hijo

La obra de Dios, como Creador, había sido rápidamente echada a perder en manos del hombre. El hombre cayó en la ruina, se corrompió, por lo cual está escrito: Se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra (Génesis 6:6).

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