Capítulo 38
Dios toma la palabra
“Que me responda el Todopoderoso” había exclamado Job (cap. 31:35, V. M.) en tanto que Elifaz le había dicho: “¿Habrá quien te responda?” (cap. 5:1). Cosa maravillosa, este Dios al que creía sordo e inaccesible accede a su deseo, pero no como Job lo hubiera pensado, pues, en lugar de responder a sus preguntas, Dios a su turno va a hacerle toda una serie de ellas. Vemos a menudo al Señor Jesús hacer lo mismo con sus interlocutores (por ejemplo: Lucas 10:25-26; 20:2-4; 21-24).
Mediante esas preguntas Dios hace medir a Job su pequeñez y su profunda ignorancia. Los hombres se vanaglorian de sus conocimientos. Y aun, cosa paradojal, cuanto menos saben, más pretensiones tienen. En particular, los jóvenes creen fácilmente que lo conocen todo, en tanto que, a menudo, los más grandes sabios son los más modestos.
«Cuando el hombre escucha, Dios habla…», dijo alguien. Y Dios es paciente; concedió a Job y a sus amigos todo el tiempo necesario para expresar sus falsas ideas; luego encargó a Eliú que las refutase. Por fin guardaron silencio. Dios puede hablar y evidentemente tendrá la última palabra. Sepamos también nosotros callar a veces, imponer silencio a nuestros agitados espíritus para que Dios pueda hacernos oír su voz.
El poder creativo
La creación es el primer testimonio que Dios dio de sí mismo y todo hombre, sin excepción, es responsable de discernir por medio de su inteligencia “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad”. Contemplar “las cosas hechas” sin reconocer y honrar a Aquel que las hizo vuelve a los hombres inexcusables (Romanos 1:19-20).
Dios nos invita con Job a admirar su hermoso universo. Pero, de todas esas maravillas de la creación, ¿quién puede hablar con más competencia que su mismo Autor? ¡Pues bien! El que creó la luz, el que ató “los lazos de las Pléyades” y estableció “las ordenanzas de los cielos” es también el que condesciende a ocuparse de una sola alma: aquí la de Job; pero igualmente de la mía y de la de usted. Como lo dice el cántico:
El pecador miserable
tiene más precio a Sus ojos
que el cortejo innumerable
de las estrellas en los cielos.
En todo tiempo, los hombres se han dedicado a escudriñar y sondear los cielos. Algunos consagran su existencia a ello. ¿No es más importante que usted consagre la suya a escudriñar “las Escrituras”? (Juan 5:39). Porque si “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19:1), la Palabra, a su vez, da testimonio de su gracia.
Dios cuida de los animales
Después de permanecer callado acerca del tema de los grandes fenómenos de la naturaleza, y luego acerca de las leyes que mantienen el equilibrio del mundo, Job, alumno ignorante, es interrogado ahora respecto a la Zoología por el Maestro de todo conocimiento. Su nota en esta materia no será mejor.
Desde los remotos tiempos en que vivía nuestro patriarca, y pese a todos los esfuerzos del hombre para sondearlos, ¡cuántos misterios subsisten en la Creación, misterios con los cuales tropieza la ciencia humana, a menudo enceguecida por sus teorías, ¡empezando con el del origen de la vida!
Dios habla de muchas cosas en esos cuatro capítulos. De las pequeñas como también de las grandes. Pero todas son cosas que Él ha hecho. En cambio, no hallamos en ellas ni una sola palabra de las obras del pobre Job. De todos sus méritos –de los cuales, sin embargo, el patriarca se había tomado el trabajo de hacer una larga enumeración– el Señor no puede retener ni uno solo. Sin la cruz, hacia la cual ya de antemano Dios dirigía sus miradas (véase Romanos 3:25); sin la cruz, tal hombre estaba perdido.
Si usted, amigo, tiene todavía confianza en sus propios esfuerzos y en sus capacidades, mire hacia el Señor. Él mismo cumplió grandes cosas que exaltan su sabiduría… pero, encima de todas, la obra de la salvación de usted, la que magnifica su amor.
