Job
Job

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 36

El Señor desea nuestro bien

Eliú prosigue su discurso: justifica a Dios (v. 3) al corregir dos pensamientos equivocados emitidos respecto de Él: pese a su poder, el Creador se ocupa de su criatura y no la desprecia de ninguna manera (v. 5). El justo –dicho de otro modo, el creyente– es el objeto de sus particulares cuidados. Que Dios lo “exalte” (v. 7) o, al contrario, que le envíe pruebas (v.8), sus ojos están siempre sobre él. Y, en segundo lugar, Dios no obra de modo caprichoso como Job lo había dado a entender. Al permitir la prueba, persigue una meta precisa: mostrar a los suyos lo que han hecho, abrir sus oídos a la disciplina, si procede, hacerlos volver de su iniquidad. La disciplina forma a los discípulos. Hebreos 12:7 nos recuerda que ella está reservada a los hijos (y a las hijas) de Dios, de la misma manera que los padres corrigen a sus propios hijos y no a los demás. Es ella, pues, una prueba de nuestra relación con nuestro Padre. Pero, según ese mismo pasaje de Hebreos 12:5-6, el alma que está sujeta a la disciplina puede menospreciarla, es decir, no escucharla ni darle importancia (Job 36:12; comp. con cap. 5:17); o, al contrario, desanimarse, es decir, olvidar que es el fiel amor del Señor el que nos la preparó. Dijo el salmista:

Conozco, oh Señor, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste
(Salmo 119:75).

Una tercera actitud es la correcta: estar ejercitado por esa disciplina o, dicho de otro modo, preguntarse con qué finalidad Dios nos la envía.

Todo esto sobrepasa nuestra comprensión

“¿Qué enseñador semejante a él?” pregunta Eliú (v. 22). Varios de nuestros lectores posiblemente estén estudiando. No olviden que Dios también tiene su escuela. Si aceptan seguir sus clases, ella los volverá más sabios e instruidos de lo que podrían hacerlo todas las universidades del mundo (Salmo 94:10, 12; Isaías 48:17).

¿Qué enseñador semejante a él? (v.22).

 Después de haber oído el sermón del monte, las multitudes reconocieron que Jesús “les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mateo 7:29). Autoridad y también sabiduría, incansable paciencia, dulzura aun en la reprensión, tales han sido los caracteres del divino Maestro venido de Dios para enseñar a los hombres (Juan 3:2). No está más sobre la tierra, pero nos ha dejado su Palabra, fuente de toda instrucción para nuestras almas.

Eliú glorifica el poder de Dios, su obra (v. 24), su grandeza (v. 26), su justicia y su bondad (v. 31). Alegrémonos de poder proclamar con él: “He aquí Dios es… poderoso… He aquí Dios es excelso en su poder… He aquí Dios es grande”. Dar a conocer el Padre y glorificar su nombre, este fue el gran pensamiento del Señor aquí abajo, la misión que cumplió plenamente (Juan 17:1, 4, 6, 26). En esto se resumía toda su maravillosa enseñanza.