Capítulo 3
Reparación del muro (1)
A la inversa del orden normal, la reconstrucción de Jerusalén empezó por el altar, luego por el templo (Esdras 3), y solamente ahora se reedifica el muro de la ciudad. El altar y el santuario nos hablan del culto, el cual es evidentemente la primera responsabilidad del pueblo de Dios. No solo somos cristianos del domingo. El resto de la ciudad, que sugiere la vida cotidiana en nuestras casas y nuestras circunstancias de todos los días, debe igualmente ser protegido de los enemigos y francamente separado. Cada uno ha de velar por ello y, en particular, construir el muro frente a su propia casa (v. 10, 28, 30).
Bajo el impulso dado por Nehemías, todo Judá se pone a la obra. Y este capítulo nos hace dar la vuelta a la ciudad para presentarnos en acción a los diferentes grupos de trabajadores. La mayoría colabora en la restauración, ya sea de su puerta, de su torre, de su parte del muro, en proporción a sus fuerzas y, sobre todo, según su abnegación. Pero, mientras algunos tienen bastante celo para reparar una doble porción (v. 11, 19, 24, 27, 30), otros –entre ellos los principales– rehúsan doblegar su cerviz al servicio de su Señor (comp. Mateo 20:27-28; 2 Corintios 5:15). ¡Triste testimonio consignado en el libro de Dios!
Reparación del muro (2)
A partir del versículo 16 se trata de la porción del muro que protege a la ciudad de David y al atrio del templo.
Nos sorprende enterarnos de que Eliasib, el sumo sacerdote, no reparó el muro delante de su propia casa (comp. con 1 Timoteo 3:5). Otros tuvieron que hacerlo en su lugar (Nehemías 3:20-21). Segunda culpable negligencia: al construir la puerta de las ovejas, él y sus hermanos, esos malos pastores, habían omitido proveerla de cerraduras y cerrojos (v. 1). Era brindar a los ladrones la facilidad para introducirse a fin de apoderarse de las «ovejas» de Israel (véase Juan 10:8, 10).
Improvisadamente los plateros, perfumeros y comerciantes se hicieron albañiles (Nehemías 3:8, 32). Uno de los jefes, Salum (v. 12) edificó con sus hijas. Mediante esos ejemplos Dios nos enseña que podemos trabajar en su obra, cualquiera sea nuestra edad, nuestro sexo o nuestra profesión. Notemos todavía que varios de esos hombres o sus padres se habían visto comprometidos, en tiempos de Esdras, en la alianza impía con mujeres extranjeras. Tal era el caso de Baruc, hijo de Zabai, de Malquías y Pedaías, hijos de Paros (Esdras 10:25, 28). Es hermoso ver ahora su diligencia para proteger a Jerusalén precisamente contra influencias extranjeras.
