Capítulo 21
A dónde lleva el orgullo
Uno puede preguntarse por qué Dios, quien cubrió las precedentes faltas de David, recuerda aquí la del censo. Primeramente, este pecado muestra la distancia que separa a ese rey de Aquel cuya débil figura fue. Era preciso que Israel no confundiera a su Mesías siquiera con el más grande de sus reyes. El Hijo de David era, al mismo tiempo, su Señor (Mateo 22:41-45). Por otra parte, era necesario explicar el castigo divino y la gracia que le pondría fin, sin la cual el relato sería incomprensible. David aparece aquí como un culpable, ni más ni menos, como usted y yo. Pero él conoce el corazón de Dios. Su respuesta a Gad lo prueba:
Que yo caiga en la mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas
(v. 13).
Cada uno de nosotros, ¿ha experimentado personalmente la riqueza y la variedad de las misericordias del Señor? (léase Lamentaciones de Jeremías 3:22-23, 32).
Por la expiación de nuestros pecados, ni hablar de escoger entre tres años de hambre, tres meses de guerra o tres días de enfermedad. Pero Cristo, en nuestro lugar, conoció en las tres horas sombrías de la cruz la plena medida de la ira de Dios; él llevó la eternidad de nuestro castigo.
Jesucristo, el verdadero sustituto
Sobre ese mismo monte de Moriah, en otros tiempos, Abraham ofreció a su hijo Isaac (Génesis 22:2; 2 Crónicas 3:1). Pero Dios detuvo su mano, como lo hace ahora con la del ángel. El juicio divino, apartado de esa manera, caerá en forma de fuego sobre el holocausto que ofrece David (v. 26). Abraham, después de haber presentado, él también, un sacrificio de sustitución en lugar de Isaac, llamó ese lugar “Jehová-Jireh”, es decir, “en el monte de Jehová será provisto” (Génesis 22:14).
En lo que nos concierne, sabemos de qué solemne manera debía ser provisto allí, y quién debía recibir en nuestro lugar los golpes del juicio de Dios. La voz que dice al ángel: “Basta ya”, y luego le ordena que vuelva a poner su espada en la vaina, es la misma que un día debió decir:
Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío… Hiere al pastor
(Zacarías 13:7).
¡Qué insondable y maravilloso misterio! El castigo que merecíamos fue apartado para siempre, porque cayó sobre Aquel que fue herido en nuestro lugar: Jesús, el pastor establecido por Dios, nuestro buen Pastor, el “compañero” de Jehová.
