Capítulo 17
Promesas de carácter profético
Este capítulo reproduce casi textualmente 2 Samuel 7. Pero es conveniente volver a leer esta maravillosa «conversación» entre Dios y un hombre, objeto de su gracia. Por medio de Natán, Dios habla al rey amado; después, este último le contesta (v. 3-15). ¿Conocemos por experiencia esas conversaciones con Dios (y con el Señor Jesús)? Antes que todo, él se comunica con nosotros por medio de su Palabra. Y tenemos plena libertad para contestarle por medio de la oración.
Una vez más de acuerdo con el carácter del libro, algunas palabras fueron omitidas respecto del hijo de David. La expresión:
Si él hiciere mal, yo le castigaré
(2 Samuel 7:14),
no se encuentra en nuestro capítulo, prueba de que aquí la Palabra tiene a la vista uno más grande que Salomón.
“Yo le seré por padre, y él me será por hijo”, declara Jehová (v. 13). La cita de este versículo en Hebreos 1:5 también confirma que este hijo es Jesús, en quien nos fue revelada la gracia. Así, el precioso tema de las conversaciones que tenemos con Dios es Jesús, su amado Hijo. “Nuestra comunión es verdaderamente con el Padre”, dicho de otro modo, podemos tener un mismo pensamiento con él, y este pensamiento concierne a su Hijo Jesucristo (1 Juan 1:3).
Humildad y gratitud de David
David se da cuenta de que no merece nada. Confundido, recuerda la bondad de Dios para con él, le rinde homenaje y le agradece.
¡Decir gracias! Cuando alguien no nos agradece un favor prestado, llamamos esto descortesía o ingratitud. No creamos que Dios es insensible cuando sus hijos olvidan hacerlo. Sin embargo, cuando reflexionamos en ello, ¡al lado de cuántos beneficios pasamos cada día sin pensar en agradecerle o sin haberlos notado siquiera! Como el salmista, alentemos nuestra alma a no olvidar ninguno de sus beneficios (Salmo 103:2). ¡Cuántas de sus gracias nos parecen muy naturales, por lo menos mientras las poseemos! A la hora de las comidas, las familias cristianas tienen la costumbre (y el deber) de dar gracias. Pero es necesario que nuestro corazón se asocie verdaderamente a las palabras pronunciadas por el jefe de familia. Más que por sus cuidados materiales, bendigamos a Dios por nuestros privilegios cristianos: la Palabra, la reunión de los creyentes, la educación conforme al Señor (Efesios 5:20) y, por encima de todo, no nos cansemos de darle gracias por su gran salvación, por el gran Salvador que nos dio. Repitamos con el apóstol:
¡Gracias a Dios por su don inefable!
(2 Corintios 9:15).
