Capítulo 16
¿Qué significa un himno?
Los cantores y los músicos fueron designados. En nuestros días, el canto no es un privilegio reservado solo para algunos. ¿No es cierto que a todos nos agrada cantar nuestro agradecimiento y, particularmente en el culto, unir nuestras voces a los cánticos de adoración? (Efesios 5:19; Colosenses 3:16). Ahora David, por mano de Asaf entrega este salmo, el primero, para celebrar a Jehová. Su nombre, sus obras, su gloria, su relación con los santos… ¡cuántos motivos tenía el israelita para bendecirle! (v. 7). Para los que conocemos a Jesús y su obra en la cruz, ¡cuán numerosos son los temas de adoración! Sí, cantemos con entendimiento: meditemos las palabras que pronunciamos. Nuestros himnos, compuestos según la Biblia, desarrollan múltiples aspectos de las glorias del Padre y del Hijo. Es importante y edificante distinguirlos.
¿Qué son los hijos de Dios en comparación con el mundo que los rodea? “Pocos en número, pocos y forasteros” (v. 19). ¿Son miserables? Muy por el contrario: “Gloriaos en su santo nombre”, responde el versículo 10. El nombre de Jesús, así como nuestra relación por medio de él con su Padre, ¡estos son nuestra gloria, nuestra riqueza, nuestro gozo y también nuestra seguridad! (1 Corintios 1:30-31).
La adoración y los verdaderos adoradores
Del mismo modo que la primera «estrofa» de este cántico (v. 7-22) corresponde a una parte del Salmo 105 (v. 1-15), la que sigue reúne una fracción del Salmo 96 (v. 2-12) con tres versículos del Salmo 106 (v. 1, 47-48). Pero hay un hecho muy notable: todo lo que en estos tres salmos no corresponde al carácter de la gracia, fue dejado a un lado. Aquí no se mencionan las faltas cometidas ni el juicio merecido.
Cuando los redimidos rodeen el trono del Cordero y resuene el nuevo cántico, ¿podrá este encerrar un abrumador recuerdo de sus pecados (como el Salmo 106:6-7 y 13-43 para Israel)? Es imposible, porque Dios prometió:
Nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades
(Hebreos 8:12).
Solo se hablará de ellos para decir: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre… a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5-6).
Esta escena termina con el definitivo establecimiento del servicio delante del arca. De ahí en adelante, cada uno en su puesto se dedicará a sus santas funciones, figura de aquellas que pertenecen, desde ahora, a los verdaderos adoradores.
