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La redención

Así como el Evangelio proclama el perdón y la justificación, también revela a Dios como el Redentor.

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La salvación

“¿Qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30). Es esta una pregunta fundamental para el hombre que de pronto advierte que está perdido. “Ser salvo” resume muy a menudo todo lo que una alma necesita y –¡bendito sea Dios!– todo lo que el Evangelio le ofrece. La salvación tiene un alcance muy amplio; implica a la vez el perdón, la justificación, la redención y la reconciliación.

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La santificación

La santidad es un atributo esencial de Dios. Ella también caracteriza a los creyentes, puesto que somos designados como “los santificados en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:2). Por tal motivo, la santificación ocupa un lugar importante en toda la Biblia. Ella debe captar tanto más nuestra atención cuanto sus diferentes aspectos son generalmente poco conocidos.

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La vivificación

Cuando consideramos la amplitud de los estragos causados por el pecado, entrevemos la plenitud de la respuesta divina que da el Evangelio. El pecado ha provocado:

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Las diferentes formas de oración

Es importante considerar cómo oramos, pero también el contenido de nuestras oraciones. Una vida de oración equilibrada comporta diferentes facetas. En primer lugar:

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Pensamientos sobre la oración

Orar es hablar con Dios, con la libertad de un hijo ante su padre y el santo temor de un mortal delante de Dios. A. Monod La oración es un privilegio muy grande. “He tenido el atrevimiento de hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Génesis 18:27, V. M.). Abraham Todo es más fácil cuando uno ora. Palabras de un niño

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Práctica de la oración

Tratemos ahora de identificar algunos de los obstáculos a la oración y los recursos para superarlos.

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¿A quién debemos orar?

Cuando oramos es importante saber a quién nos dirigimos. Cristo descendió del cielo para darnos a conocer a Dios como nuestro Padre (Lucas 11:2; Mateo 11:27; Juan 17:26). Desde entonces podemos dirigirnos a Dios como un hijo habla a su padre, en una comunión íntima y feliz.

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Andar en el Espíritu

¿Cómo podemos conocer el poder victorioso del Espíritu en nuestras vidas? La epístola a los Gálatas da la respuesta resumida en esta exhortación: Andad en el Espíritu (Gálatas 5:16).

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Con amor y fe

La oración tiene su origen en un llamamiento de Dios. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa para orar, es Dios quien nos llama a orar. Orar es, pues, una gracia que Dios nos concede. Dios no cesa de dirigirse hacia nosotros y nos invita a ir a él y amarlo.

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Con el corazón y el entendimiento

Cuando oramos, debemos hacerlo con el corazón (Marcos 7:6). No se trata de caer en el sentimentalismo, sino de expresar las necesidades reales y sentidas. Las palabras no siempre expresan lo más profundo de nosotros mismos, incluso pueden encubrir una negativa de abrirse a Dios. Uno no ora con las ideas, sino con su persona. No con lo que uno sabe, sino con lo que vive.

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Condiciones favorables para la oración

La sobriedad y el ayuno: privarse para estar más disponible para Dios Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto (Mateo 6:6).

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Conscientes de nuestra necesidad

Una de las primeras condiciones para orar es ser conscientes de nuestra necesidad. Aquel que dice: “Yo soy rico… y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apocalipsis 3:17), no siente la urgencia de invocar a Dios. En cambio, el creyente que se da cuenta de su pobreza espiritual se acerca voluntariamente al Padre.

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Ejemplos bíblicos

Los partidarios de las sanidades actuales seguramente habrían exhortado al apóstol Pablo a rechazar su aguijón en la carne. Él mismo, antes de conocer el pensamiento del Señor, le había pedido que retirara su prueba, pensando que esta entorpecería la obra que le había sido confiada. Pero, para él, como para nosotros, la respuesta del Señor fue perfecta:

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El Espíritu, poder de la unidad

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo vino a la Iglesia, la que de esta manera llegó a ser “morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:22). El Espíritu Santo igualmente hace su morada en cada creyente (2 Timoteo 1:14 y 1 Corintios 6:19). Estas dos moradas, aunque muy unidas, deben ser distinguidas.

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El Espíritu, poder del servicio

El apóstol Pablo es un ejemplo para los creyentes. Observemos, pues, los resultados de la acción del Espíritu en su vida de servicio. En el intervalo de casi veinticinco años había evangelizado a pueblos diferentes que ocupaban vastos territorios. Tal obra no habría podido ser cumplida sin la energía comunicada por el Espíritu de Dios.

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El fundamento de la reconciliación

Dios envió a su Hijo entre los hombres animado de un espíritu de reconciliación: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19). El Señor no era portador de juicio, sino de perdón. Él no imputó culpabilidad, aun cuando esta era manifiesta.

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El fundamento de la redención

El hombre es esclavo del pecado, está “vendido al pecado” (Romanos 7:14; véase también Juan 8:34). Es el punto fundamental por el cual necesita su redención.

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El fundamento del perdón

Un hombre preocupado por sus pecados no encontrará descanso si no ve claramente cuál es el fundamento del perdón. Se puede tener ciertos vagos pensamientos con relación a la misericordia y a la bondad de Dios, de su disposición a recibir a los pecadores, pero también hace falta saber que el perdón se funda sobre la justicia divina.

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El gobierno del Padre

El gobierno del Padre incluye todos los hechos y los designios de amor y disciplina del Padre para con sus hijos: “Porque el Señor al que ama disciplina... Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?

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El nuevo hombre creado en Cristo

Somos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Este es el aspecto práctico de la nueva creación. Como somos creados en Cristo Jesús, tenemos capacidad para hacer buenas obras según Dios. Estas buenas obras fueron hechas por Cristo en el más alto grado, pero nosotros también las podemos hacer.

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El nuevo nacimiento prefigurado en el Antiguo Testamento

Cuando Nicodemo muestra su total ignorancia respecto del nuevo nacimiento, Jesús le hace notar que eso es sorprendente. En efecto, esa enseñanza tiene sus raíces en la de los profetas. En particular, Ezequiel (cap. 36:24-27) muestra lo que Jehová hará cuando reúna a su pueblo Israel trayéndolo desde los lugares en los que está disperso. Derramará sobre ellos agua limpia y serán limpiados.

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El nuevo nacimiento y la fe

Como el nuevo nacimiento es una operación divina, ¿cuál es la responsabilidad del hombre en esta última? Esta difícil cuestión ha sido debatida con frecuencia. Se trata concretamente de conciliar en nuestros espíritus la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. No es el razonamiento el que nos ayudará a hacerlo, sino la sumisión a la Palabra de Dios.

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El perdón de los pecados

Como queda demostrada la culpabilidad del hombre, el perdón es una necesidad apremiante. Además, está mencionado desde el principio de las instrucciones dadas por el Señor resucitado. En Lucas 24:45-48, el Señor dice a los apóstoles que el arrepentimiento y el perdón de los pecados debían ser predicados en su nombre a todas las naciones.

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