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La falta de hospitalidad
Uno de los rasgos admirables del patriarca Job era el de abrir sus puertas al “caminante”. “El forastero no pasaba fuera la noche” (Job 31:32). En cambio, los días de decadencia y alejamiento del pueblo de Dios se caracterizan por la falta de ese gesto. Esto se nota en los días de los jueces (Jueces 19:15-18), cuando el pueblo de Dios había caído muy bajo.
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La familia cristiana
Pero la familia cristiana, en la cual uno o ambos esposos pertenecen al Señor, es infinitamente más que un bendito refugio contra el mal. Es, en medio de un mundo sin Dios y sin Cristo, un santuario en el cual las preciosas almas de los hijos son guardadas de la contaminante influencia de ese mundo.
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La hospitalidad
Ejercer la hospitalidad es una hermosa virtud cristiana. Las Escrituras nos exhortan constantemente, por preceptos y por medio de ejemplos, a practicarla. Esa bondadosa y generosa recepción del prójimo al abrigo y cuidado de nuestro hogar ha sido llamada: «la gloria del hogar y la flor de la vida hogareña». Es un justo y adecuado adorno de “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10).
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La sunamita
En hermoso contraste con los días de Jueces 19 están los hechos encomiables y hospitalarios de la mujer “importante” de Sunem, según se leemos en 2 Reyes 4:8-17. Cuando el profeta Eliseo pasó por aquel camino, ella insistió para que entrase a comer. Al verse tan cordialmente bienvenido, él volvía a comer pan allí cada vez que pasaba por aquel camino.
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La tarea asignada por Dios a la madre
En un normal estado de cosas, la mayor parte de la vida de un niño –estos años en que es más moldeable– la pasa en compañía de la madre. La responsabilidad del padre, como quien tiene que ganar el pan para la familia, por lo general le lleva lejos de su hogar durante muchas horas del día.
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La variedad en los elementos educativos
Terminaremos el tema de la crianza de los niños con algunas observaciones acerca de la necesidad de diversificar los elementos educativos. La educación cristiana no implica meramente la alimentación de las almas de los niños con la Palabra de Dios, aunque esto sea de primordial importancia. Según lo expresa Von Poseck: «Las mentes y los corazones jóvenes desean variedad.
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Las necesidades espirituales son las más importantes
Muchos padres y madres están tan ocupados con sus ocupaciones y las cosas materiales que dedican poco o ningún tiempo a la lectura y meditación de las Escrituras para satisfacer sus propias necesidades espirituales y las de sus hijos. En consecuencia, a sus hijos les da la impresión de que las cosas materiales son de mayor importancia y que las cosas espirituales no cuentan mucho.
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Lo que significa «educar»
«Educar» no es meramente enseñar o instruir, sino también «conducir por un curso particular o llevar a lo largo de cierto paso». Se requiere continua vigilancia, constante atención y persistente cuidado para producir el efecto y objeto deseados.
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Mantener los afectos
Un estimado hermano con mucha razón ha escrito respecto a Colosenses 3:21: «Los padres deben ser benévolos para que los afectos de sus hijos no se enfríen y sean inducidos a buscar en el mundo la felicidad que normalmente deberían hallar en el círculo doméstico que Dios ha formado como una salvaguardia para aquellos que están en pleno desarrollo».
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“No provoquéis a ira a vuestros hijos”
Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor (Efesios 6:4).
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Nutrir los corazones
¡Cuán bueno es llenar los tiernos corazones y las mentes de los niños con las verdades de la preciosa Palabra de Dios! Es de gran valor instruir en las Escrituras a los niños cuando aún lo son y adiestrarlos en un conocimiento profundizado de la Palabra de Dios. Es como preparar bien los elementos de una fogata, de modo que baste una chispa para convertirla en llama.
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Obligar a obedecer
Para ser obedecidos, los padres deben atenerse a su palabra y cumplir sus advertencias de castigo en caso de desobediencia. Los niños son vivos observadores y pronto saben si lo que decimos, lo decimos seriamente o no, si castigaremos la desobediencia y recompensaremos la obediencia. Los padres deben insistir, aun apelando al castigo si fuese necesario, en ser obedecidos.
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“Para que vuestras oraciones no tengan estorbo”
En 1 Pedro 3:7 los esposos son exhortados a habitar con sus esposas “sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia y de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”.
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Privilegio y responsabilidad
El principio implícito en la expresión “tú y tu casa” es sin duda una gran bendición y privilegio. Si aquel que es la cabeza de la casa es salvo y hecho un hijo de Dios, objeto de la bendición y del favor de Dios, entonces toda su casa, por virtud de la conexión con él, es traída con él a una posición de asombroso privilegio.
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¿Qué es el hogar?
El hogar no es sólo un sitio donde comemos y dormimos, sino la atractiva morada donde el amor doméstico, la feliz y dulce vida familiar, el descanso, la paz, y la protección de un mundo malo son conocidos y donde participamos de ellos. No es el hermoso edificio ni el mobiliario rico que tiene dentro, lo que hace el hogar.
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Recibirle hoy
Si bien el amante Salvador no está ya corporalmente en la tierra como en tiempos de Marta, el Espíritu Santo está aquí, trabajando por Sus intereses; habita en Su pueblo redimido, y actúa por ellos y en ellos. Por tanto, nosotros también podemos recibir al Señor en nuestros hogares como Marta lo hizo en otro tiempo.
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Reflejar al Padre celestial
El Padre de padres es nuestro Dios y Padre celestial, y de Él cada padre terrenal debe aprender cómo ser un verdadero padre de familia. Por gracia prodigiosa todo creyente en Cristo entra en la más íntima y preciosa relación con Dios y le conoce como su propio Padre. Tenemos al Espíritu de adopción dentro de nosotros que clama: “Abba Padre”.
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Siervos
Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios.
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Sumisión como al Señor
Esta sumisión de la esposa a su esposo ha de ser “como al Señor”. El Señor es introducido como Aquel de quien se deriva la autoridad de su esposo. Ella ha de reconocer, detrás de su esposo, al Señor como la autoridad directiva y gobernante en la vida familiar, y recordar que, como “Cristo es la cabeza de todo varón, el varón es la cabeza de la mujer” (1 Corintios 11:3).
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Sumiso a Dios el Padre
Pero si un Padre no conoce el amor de Dios el Padre en su propio corazón por estar fuera de comunión con Él, y si contrista el Espíritu por ser un hijo rebelde, ¿cómo puede ser un verdadero padre y difundir la luz y el calor de un amor celestial en su familia puesto que no recibe ninguna luz ni amor celestial del Padre, quien es tanto luz como amor?
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“Tú y tu casa”
Al considerar el tema de la familia es bueno señalar que Dios ha dispuesto que el esposo y padre sea la cabeza de la familia, así como la cabeza de la esposa, y que un hombre y su casa están vinculados. Varias partes de la Escritura revelan el hecho bendito de que Dios asocia la casa de un hombre al mismo. Éste es un privilegio, pero también una solemne responsabilidad.
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Un paso más alto: el celibato
El pecado entró en la hermosa y perfecta creación de Dios, dañándolo todo, de manera que ahora esta bendita unión del matrimonio no es toda de color rosa y sin espinas.
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Un paso muy solemne
Después de su conversión, para un cristiano no hay asunto más importante en su vida que el matrimonio, el cual es un lazo que nos une de por vida, a menos que sea disuelto por la muerte. Una equivocación a este respecto dura toda la vida.
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Unidos por Dios
Las palabras de Mateo 19:6: Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre,
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