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“Para que vuestras oraciones no tengan estorbo”
En 1 Pedro 3:7 los esposos son exhortados a habitar con sus esposas “sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia y de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”.
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Privilegio y responsabilidad
El principio implícito en la expresión “tú y tu casa” es sin duda una gran bendición y privilegio. Si aquel que es la cabeza de la casa es salvo y hecho un hijo de Dios, objeto de la bendición y del favor de Dios, entonces toda su casa, por virtud de la conexión con él, es traída con él a una posición de asombroso privilegio.
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¿Qué es el hogar?
El hogar no es sólo un sitio donde comemos y dormimos, sino la atractiva morada donde el amor doméstico, la feliz y dulce vida familiar, el descanso, la paz, y la protección de un mundo malo son conocidos y donde participamos de ellos. No es el hermoso edificio ni el mobiliario rico que tiene dentro, lo que hace el hogar.
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Recibirle hoy
Si bien el amante Salvador no está ya corporalmente en la tierra como en tiempos de Marta, el Espíritu Santo está aquí, trabajando por Sus intereses; habita en Su pueblo redimido, y actúa por ellos y en ellos. Por tanto, nosotros también podemos recibir al Señor en nuestros hogares como Marta lo hizo en otro tiempo.
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Reflejar al Padre celestial
El Padre de padres es nuestro Dios y Padre celestial, y de Él cada padre terrenal debe aprender cómo ser un verdadero padre de familia. Por gracia prodigiosa todo creyente en Cristo entra en la más íntima y preciosa relación con Dios y le conoce como su propio Padre. Tenemos al Espíritu de adopción dentro de nosotros que clama: “Abba Padre”.
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Siervos
Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios.
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Sumisión como al Señor
Esta sumisión de la esposa a su esposo ha de ser “como al Señor”. El Señor es introducido como Aquel de quien se deriva la autoridad de su esposo. Ella ha de reconocer, detrás de su esposo, al Señor como la autoridad directiva y gobernante en la vida familiar, y recordar que, como “Cristo es la cabeza de todo varón, el varón es la cabeza de la mujer” (1 Corintios 11:3).
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Sumiso a Dios el Padre
Pero si un Padre no conoce el amor de Dios el Padre en su propio corazón por estar fuera de comunión con Él, y si contrista el Espíritu por ser un hijo rebelde, ¿cómo puede ser un verdadero padre y difundir la luz y el calor de un amor celestial en su familia puesto que no recibe ninguna luz ni amor celestial del Padre, quien es tanto luz como amor?
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“Tú y tu casa”
Al considerar el tema de la familia es bueno señalar que Dios ha dispuesto que el esposo y padre sea la cabeza de la familia, así como la cabeza de la esposa, y que un hombre y su casa están vinculados. Varias partes de la Escritura revelan el hecho bendito de que Dios asocia la casa de un hombre al mismo. Éste es un privilegio, pero también una solemne responsabilidad.
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Un paso más alto: el celibato
El pecado entró en la hermosa y perfecta creación de Dios, dañándolo todo, de manera que ahora esta bendita unión del matrimonio no es toda de color rosa y sin espinas.
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Un paso muy solemne
Después de su conversión, para un cristiano no hay asunto más importante en su vida que el matrimonio, el cual es un lazo que nos une de por vida, a menos que sea disuelto por la muerte. Una equivocación a este respecto dura toda la vida.
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Unidos por Dios
Las palabras de Mateo 19:6: Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre,
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Usar la vara, pero con amor
Pero, como alguien ha escrito muy bien: «El niño a quien se castiga debe sentir que es el amor el que emplea la vara. Los niños perciben enseguida –sus jóvenes corazones sienten muy bien–, si los padres, al emplear la vara, lo hacen por amor, cólera o descontrol. En estos últimos casos, el instrumento correctivo no producirá el efecto buscado. La ira provoca ira.
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Verdad y rectitud
Otra cosa importante en la educación de un niño es enseñarle a practicar la verdad y la integridad. Por haber nacido en pecado, todos los humanos tienen una naturaleza mala, “hablando mentira desde que nacieron” (Salmo 58:3), y éste es indudablemente uno de los pecados más comunes de la humanidad.
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