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Versículo 15

Mediante su muerte, Cristo abolió “la ley de los mandamientos”, la cual era la causa de la distancia entre Dios y el hombre, y entre los judíos y los gentiles. Aunque la ley prometía la vida a los que la guardaran, condenaba a los que la transgredían.

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Versículo 15

Las expresiones que introducen la oración, nos hacen ver la condición espiritual en la que estaban los santos en Éfeso: una condición que estimulaba al apóstol a dar gracias y a orar sin cesar por ellos. Dichosamente, ellos se caracterizaban por su “fe en el Señor Jesús y amor para con todos los santos”. Como Cristo era el objeto de su fe, los santos venían a ser objeto de su amor.

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Versículo 16

Por necesarios que sean el cinturón de la verdad para controlar nuestros pensamientos y afectos, la coraza de justicia para mantener nuestra conducta en la justicia práctica, y el calzado para caminar en paz a través de este mundo, para la lucha nos hace falta aún algo más. “Sobre todo”, necesitamos el escudo de la fe, para protegernos de los dardos de fuego del maligno.

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Versículo 16

En este versículo, pasamos de lo que el Señor, en su gracia, obra por medio de los dones a lo que Él mismo hace como Cabeza del cuerpo.

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Versículo 16

En la primera petición, el apóstol solicita que el Padre nos dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu.

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Versículo 16

En cuarto lugar, se nos da a conocer otra verdad más: que los creyentes son reunidos para formar “un solo cuerpo”. Los creyentes de origen judío así como de los gentiles, se encuentran unidos no solo para manifestar las gracias del nuevo hombre, esto es, Cristo señaladamente en todas sus glorias morales, sino que ­también forman un solo cuerpo.

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Versículo 16

Habiendo oído de su fe y de su amor, el apóstol se siente constreñido a dar gracias y a orar sin cesar por todos ellos. Si solo nos ocupamos de los defectos y las faltas de nuestros hermanos, nos sentiremos abrumados y constantemente nos quejaremos de los santos.

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Versículo 17

Con el yelmo colocado, el creyente puede levantar osadamente la cabeza frente al enemigo. Al resistir por la fe los dardos de fuego del maligno, en nuestras circunstancias difíciles descubrimos que Dios está de nuestra parte y que nos libra, no solo de las pruebas, sino también, como a los discípulos en la tempestad, a través de las pruebas.

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Versículo 17

La segunda petición es una solicitud que se presenta para que Cristo habite en nuestros corazones por la fe. La primera petición conduce a la segunda, porque Cristo habitará en nuestros corazones por la fe solo si somos fortalecidos por el Espíritu.

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Versículo 17

Esta bendita verdad nos fue suministrada por las buenas nuevas de paz anunciadas a los que estaban lejos –los gentiles– y a los que, dispensacionalmente, estaban cerca –los judíos–. Podemos comprender por qué el anuncio de las buenas nuevas se introduce en este punto, en un pasaje que habla de la formación de la Iglesia.

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Versículo 17

El apóstol se dirige al “Dios de nuestro Señor Jesucristo”, pues en esta oración el Señor Jesús es visto como Hombre. En la oración del capítulo 3 se dirige al Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque allí el Señor está considerado como Hijo.

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Versículo 18

El hecho de que Cristo habite en el corazón prepara el camino para la tercera petición: que seamos “plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura”.

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Versículo 18

Aquí encontramos una bendita verdad más: por un mismo Espíritu, judíos y gentiles tienen acceso al Padre. Ya no existe distancia, ni del lado de Dios ni de nuestro lado. Mediante la obra de Cristo en la cruz, Dios puede acercarse a nosotros y anunciarnos la paz; y por la obra del Espíritu en nosotros, podemos acercarnos al Padre.

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Versículo 18

Además, en cuanto al conocimiento de Cristo –objetivo de la oración del apóstol– no se trata de un mero conocimiento intelectual, sino de un corazón que conozca familiarmente a una Persona, por lo cual dice: “Alumbrando los ojos de vuestro corazón” (corazón es el vocablo que literalmente se lee en el texto griego).

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Versículo 19

Esta bendita escena está totalmente asegurada para nosotros por el amor de Cristo, quien “amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (cap. 5:25). En consecuencia, la cuarta petición es una solicitud para que podamos “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”. Este es un amor que puede ser gozado y gustado; y, sin embargo, excede a todo conocimiento.

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Versículo 19

En tercer lugar, el apóstol ruega para que sepamos cuál es el poder que operará estas grandes cosas para con nosotros. Menciona el “poder de su fuerza” y de su “operación”. Ese poder, pues, opera para con nosotros en el tiempo presente. Es “la supereminente grandeza de su poder”.

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Versículo 2

De modo que primeramente, como hijos, se nos exhorta a andar en amor. De inmediato, se nos presenta a Cristo como el gran ejemplo de este amor. En Él vemos la consagración del amor al entregarse a sí mismo por otros, y esta consagración sube a Dios como un sacrificio de olor fragante.

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Versículo 20

En la sexta petición, el apóstol solicita que todo lo que demandó en su oración por los santos pueda realizarse en ellos por el poder de Dios. Por cierto, Dios es poderoso para hacer todas las cosas sobreabundantemente “por nosotros”, como a menudo se dice.

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Versículo 21

La séptima y última petición expresa el deseo de que Dios sea glorificado “en la Iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos”. En esta oración, cada petición conduce a este maravilloso pensamiento: que durante todas las edades los santos manifiesten la plenitud de Dios, lo cual será para Su gloria. Toda la oración demuestra claramente cuál es el deseo de Dios.

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Versículo 22

Más aún, vemos que Cristo no solo está por encima de todo poder, sino que todo mal será puesto bajo sus pies. Tal es la suprema expresión del poder que no solamente nos llevará a participar con Cristo de este elevado lugar de gloria, sino que nos acompaña mientras caminamos hacia la gloria.

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Versículo 23

En el versículo 22, aprendemos lo que Cristo es para la Iglesia, lo que la Cabeza es para el cuerpo. En el versículo 23, aprendemos lo que la Iglesia es para Cristo, lo que el cuerpo es para la Cabeza. La Iglesia es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. La Iglesia, como cuerpo Suyo, sirve para poner de manifiesto toda la plenitud de la Cabeza.

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Versículo 25

En los últimos versículos de este capítulo, el apóstol aplica esta verdad a nuestra conducta personal. Debemos desechar las acciones del viejo hombre y revestir el carácter del nuevo hombre. Debemos desechar la mentira y hablar la verdad, recordando que somos miembros los unos de los otros.

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Versículo 26

Debemos ser cuidadosos de no pecar al airarnos. Existe una ira justa, pero tal ira es la indignación contra el mal, no contra quien hace el mal; y tras dicha ira se siente la tristeza producida por el mal. Por eso leemos que cuando el Señor miró a los jefes de la sinagoga lo hizo “con enojo”, pero “entristecido por la dureza de sus corazones” (Marcos 3:5).

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Versículo 3

El amor que se consagra para el bien de los demás, excluirá la impureza que satisface a la carne en detrimento de otros y la codicia que busca el beneficio propio. Nuestro andar debe ser el que conviene a los santos. El modelo de nuestra conducta moral no es simplemente un andar que es propio de un hombre honesto, sino el que conviene a santos.

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