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El nuevo nacimiento y la fe
Como el nuevo nacimiento es una operación divina, ¿cuál es la responsabilidad del hombre en esta última? Esta difícil cuestión ha sido debatida con frecuencia. Se trata concretamente de conciliar en nuestros espíritus la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. No es el razonamiento el que nos ayudará a hacerlo, sino la sumisión a la Palabra de Dios.
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El perdón de los pecados
Como queda demostrada la culpabilidad del hombre, el perdón es una necesidad apremiante. Además, está mencionado desde el principio de las instrucciones dadas por el Señor resucitado. En Lucas 24:45-48, el Señor dice a los apóstoles que el arrepentimiento y el perdón de los pecados debían ser predicados en su nombre a todas las naciones.
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El perdón y la justificación
Como acabamos de verlo, en la epístola a los Romanos el Espíritu Santo pronuncia el veredicto de culpable ante Dios. Habríamos podido esperar que inmediatamente después se desarrollara la doctrina del perdón; sin embargo, esta doctrina se encuentra mencionada una sola vez en toda la epístola:
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El propósito de Dios a su respecto
No temamos extendernos más sobre este asunto. No podremos tener una idea justa de todo lo que concierne a la Iglesia si no fijamos nuestra atención en lo que la Escritura revela acerca del propósito de Dios respecto a ella, en vista de Su propia gloria.
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El retorno de la cristiandad a su estado primitivo: Una quimera
¿Qué hacer? No se trata de reedificar la Iglesia tal como la vemos en los primeros capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles. Ello es imposible. En toda la Escritura se comprueba que Dios no restaura integralmente lo que el hombre ha arruinado. Da algo mejor para sustituir el estado de cosas que ha sido dejado de lado, después de haber soportado la infidelidad con suma paciencia.
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El valor universal de las decisiones de asamblea
Las decisiones de asamblea, tomadas bajo la mirada del Señor, son selladas con su autoridad, de suerte que lo que es hecho en una asamblea local tiene validez para la Iglesia o Asamblea entera, o sea para todas las asambleas locales.
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“He aquí que voy a crear a Jerusalén, que sea un regocijo, y su pueblo, un gozo” (Isaías 65:18, V. M.).
Como ocurre con otros aspectos del Evangelio, descubrimos algunos fulgores de la nueva creación en el Antiguo Testamento. Hay profecías que anuncian esta verdad, solo revelada plenamente en el Nuevo Testamento. Así, leemos: “He aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra” (Isaías 65:17; véase también 65:18; 66:22).
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Hijos de Dios
Por el nacimiento natural, un niño viene al mundo y vive. Igualmente, por el nuevo nacimiento, viene a ser hijo de Dios y posee la vida eterna. En efecto, la Palabra declara: “A todos los que le recibieron (a Cristo), a los que creen en su nombre, (Dios) les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales… son engendrados… de Dios” (Juan 1:12-13).
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La admisión a la Mesa del Señor
La solicitud por la gloria del Señor debe presidir en la admisión de alguien a la Mesa del Señor. Se reconoce a una persona como hijo de Dios por lo que demuestran, no solamente sus palabras –“si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos” (Romanos 10:9)–, sino también por su conducta.
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La culpabilidad de los hombres cultos
Después de haber presentado el caso de los pueblos que parecían ser los más alejados de Dios, la epístola a los Romanos se interesa por los hombres que en aquel entonces constituían lo más selecto, todos los que se estimaban en condiciones de juzgar a los otros (Romanos 2:1-16). Podían ser tanto moralistas como griegos versados en filosofía.
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La culpabilidad de los judíos
La tercera y última categoría de personas se refiere claramente a los judíos (Romanos 2:17 a 3:20). Poseían una cultura no solamente derivada de una larga historia sino, además, de origen divino.
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La culpabilidad de los pueblos idólatras
Para convencer de pecado a un hombre puede ser necesario un tiempo bastante largo. Por eso el apóstol empieza por describir el triste estado de los pueblos idólatras y depravados (Romanos 1:18-32).
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La culpabilidad del hombre moderno
Después de haber visto cómo el apóstol considera a todos los hombres de entonces, debemos notar que la culpabilidad del hombre moderno está vinculada a los tres casos considerados.
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La disciplina
La “disciplina” de la asamblea para con “los que están dentro”, como dice el apóstol, también es indispensable (1 Corintios 5:12). Consiste en aconsejar, advertir, reprender si es necesario, antes de llegar a la triste obligación de “juzgar”.
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La esfera de administración de la asamblea
La asamblea tiene el derecho de velar sobre las relaciones entre los individuos. Mateo 18 nos la indica como siendo la más alta instancia en la tierra a la cual pueda recurrir un hermano ofendido por otro. Ella no podría desinteresarse de la buena armonía entre miembros del Cuerpo de Cristo.
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La excelencia de sus prerrogativas
Cuando hablamos de funciones, y de los deberes que dimanan de ellas, deberíamos decir más bien «privilegios». Los santos del Antiguo Testamento no los conocieron, porque, para que fuese manifestado este tesoro, era menester que Cristo hubiese sido ya glorificado.
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La finalidad de la redención
Por preciosa que sea la redención, ella no es un fin en sí misma. Es más bien un medio para que el Señor pueda acabar en nosotros su propósito de amor.
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La futura redención de Israel
En el libro de Isaías, la redención es presentada como venidera. Israel está aplastado por las naciones, visto como un “gusano”, pero Dios se presenta a él como su “Redentor… el Santo de Israel”, “Jehová de los ejércitos”, “el Fuerte de Jacob” (Isaías 41:14; 47:4; 49:26).
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La iglesia dirigiéndose a Dios
En el ejercicio de esas funciones colectivas, entre las preciosas prerrogativas de la Asamblea de Dios que hemos considerado precedentemente, la oración colectiva y la adoración colectiva representan las actividades por las cuales la asamblea se dirige a Dios, le habla a Dios.
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La justicia de Dios
El apóstol comienza proclamando que la justicia de Dios se ha manifestado. Al declarar que el hombre es pecador, Dios ya había demostrado su justicia y que Él no podía hacer ningún compromiso con el pecado. Pero ahora, esta justicia es manifestada con brillo incomparable por la obra de Jesucristo.
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La justificación de vida
Hasta ahora hemos visto la justificación en relación con nuestros pecados (los actos cometidos). Otro aspecto de este tema es el que se refiere a “la justificación de vida” (Romanos 5:18) en relación con el pecado, es decir, con la raíz del mal en nosotros.
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La justificación por medio de la fe
La fe es el eslabón que nos une al Señor Jesús y que nos hace partícipes de las bendiciones que su muerte proporciona. La fe, pues, es necesaria; únicamente los creyentes son justificados. En ese sentido, somos “justificados… por la fe” (Romanos 5:1).
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La justificación por medio de la sangre
La justicia de Dios así manifestada se despliega para “todos” los hombres. La gracia de Dios es ofrecida a todos. Es uno de sus aspectos maravillosos. Ella pone a todos los hombres en el mismo nivel, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23).
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La liberación del dominio de Satanás
Satanás es el jefe de este mundo. Para él, todos los medios son buenos para reinar sobre el hombre. Utiliza tanto las obligaciones religiosas como las mundanas detrás de las cuales se esconde. “No manejes, ni gustes, ni aun toques” (Colosenses 2:21) o, por el contrario, siguiendo “la corriente de este mundo” (Efesios 2:2; véase también Colosenses 2:8).
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