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El nuevo hombre creado en Cristo

Somos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Este es el aspecto práctico de la nueva creación. Como somos creados en Cristo Jesús, tenemos capacidad para hacer buenas obras según Dios. Estas buenas obras fueron hechas por Cristo en el más alto grado, pero nosotros también las podemos hacer.

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El nuevo nacimiento prefigurado en el Antiguo Testamento

Cuando Nicodemo muestra su total ignorancia respecto del nuevo nacimiento, Jesús le hace notar que eso es sorprendente. En efecto, esa enseñanza tiene sus raíces en la de los profetas. En particular, Ezequiel (cap. 36:24-27) muestra lo que Jehová hará cuando reúna a su pueblo Israel trayéndolo desde los lugares en los que está disperso. Derramará sobre ellos agua limpia y serán limpiados.

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El nuevo nacimiento y la fe

Como el nuevo nacimiento es una operación divina, ¿cuál es la responsabilidad del hombre en esta última? Esta difícil cuestión ha sido debatida con frecuencia. Se trata concretamente de conciliar en nuestros espíritus la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. No es el razonamiento el que nos ayudará a hacerlo, sino la sumisión a la Palabra de Dios.

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El perdón de los pecados

Como queda demostrada la culpabilidad del hombre, el perdón es una necesidad apremiante. Además, está mencionado desde el principio de las instrucciones dadas por el Señor resucitado. En Lucas 24:45-48, el Señor dice a los apóstoles que el arrepentimiento y el perdón de los pecados debían ser predicados en su nombre a todas las naciones.

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El perdón y la justificación

Como acabamos de verlo, en la epístola a los Romanos el Espíritu Santo pronuncia el veredicto de culpable ante Dios. Habríamos podido esperar que inmediatamente después se desarrollara la doctrina del perdón; sin embargo, esta doctrina se encuentra mencionada una sola vez en toda la epístola:

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El testimonio de un paralítico

Cierto ateo dijo un día a un pobre cristiano paralítico: —¡Hace años que estás ahí padeciendo en ese lecho y dices que Dios te ama! Mira, yo tengo un pecho sano, una salud perfecta y disfruto de la vida. No creo en tu Dios. En cambio, tú te pasas los días postrado en un lecho; y ¡dices que Dios te ama!

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El valle y el gigante

Voy a dar dos ejemplos de paz. Miremos un caso bíblico: el de David y Goliat (véase 1 Samuel 17). Fórmese un cuadro en su imaginación. Saúl, cuya cabeza y hombros sobresalían entre los demás, por su estatura, está entre sus guerreros, quienes forman el ejército de Israel. Sin embargo, todos tiemblan. ¿Por qué?

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En el umbral de la paz eterna

Pero, ¿cómo podemos entrar en el gozo de la paz? Mediante Jesucristo: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos 16:31). “De este dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43). Jesús lo hizo todo. Él dijo de sí mismo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”.

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Hacer lo que a Cristo le agrada

Bien sé que la salvación es libre, libre como el aire que respiramos; sin embargo, al conocimiento de la salvación le sigue una vida fiel y fervorosa. La fe y las obras van siempre juntas.

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¿Hacia dónde mira usted?

Me despido de este amigo y, al doblar la esquina, me topo con Zutano, quien es uno de esos individuos melancólicos, de aspec­to taciturno y conversación pesimista; personas como esta abundan y todos las conocemos. Le saludo y le digo: –¿Qué tiene usted? ¡Su aspecto no es bueno! –Desperté hoy de muy mal humor –me contesta. El diablo me metió en la cabeza ideas que me quitan la tranquilidad.

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“He aquí que voy a crear a Jerusalén, que sea un regocijo, y su pueblo, un gozo” (Isaías 65:18, V. M.).

Como ocurre con otros aspectos del Evangelio, descubrimos algunos fulgores de la nueva creación en el Antiguo Testamento. Hay profecías que anuncian esta verdad, solo revelada plenamente en el Nuevo Testamento. Así, leemos: “He aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra” (Isaías 65:17; véase también 65:18; 66:22).

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Hijos de Dios

Por el nacimiento natural, un niño viene al mundo y vive. Igualmente, por el nuevo nacimiento, viene a ser hijo de Dios y posee la vida eterna. En efecto, la Palabra declara: “A todos los que le recibieron (a Cristo), a los que creen en su nombre, (Dios) les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales… son engendrados… de Dios” (Juan 1:12-13).

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Introducción

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. (Juan 10:27-28)

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La Biblia, semejante a un arco

Para comenzar (me dirijo a aquellos que confían en nuestro Señor Jesucristo para la salvación de sus almas) diré que no avanzaremos ni un solo paso en lo que se refiere a nuestras almas si no creemos firmemente que este Libro, la Biblia, es el Libro de Dios, divinamente inspirado desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

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La clase de confesión que agrada a Dios

Cierto amigo mío me contó la historia de un cristiano que, por desgracia, contrajo el vicio de emborracharse; este hombre le pidió consejo a otro cristiano, quien le contestó de la siguiente manera: —Amigo mío, debe usted confesar su pecado. El culpable se arrodilló diciendo: — Dios mío, he cometido un delito! El amigo le dijo: —No hable usted así; confiese a Dios lo que ha hecho.

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La culpabilidad de los hombres cultos

Después de haber presentado el caso de los pueblos que parecían ser los más alejados de Dios, la epístola a los Romanos se interesa por los hombres que en aquel entonces constituían lo más selecto, todos los que se estimaban en condiciones de juzgar a los otros (Romanos 2:1-16). Podían ser tanto moralistas como griegos versados en filosofía.

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La culpabilidad de los judíos

La tercera y última categoría de personas se refiere claramente a los judíos (Romanos 2:17 a 3:20). Poseían una cultura no solamente derivada de una larga historia sino, además, de origen divino.

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La culpabilidad de los pueblos idólatras

Para convencer de pecado a un hombre puede ser necesario un tiempo bastante largo. Por eso el apóstol empieza por describir el triste estado de los pueblos idólatras y depravados (Romanos 1:18-32).

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La culpabilidad del hombre moderno

Después de haber visto cómo el apóstol considera a todos los hombres de entonces, debemos notar que la culpabilidad del hombre moderno está vinculada a los tres casos considerados.

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La finalidad de la redención

Por preciosa que sea la redención, ella no es un fin en sí misma. Es más bien un medio para que el Señor pueda acabar en nosotros su propósito de amor.

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La futura redención de Israel

En el libro de Isaías, la redención es presentada como venidera. Israel está aplastado por las naciones, visto como un “gusano”, pero Dios se presenta a él como su “Redentor… el Santo de Israel”, “Jehová de los ejércitos”, “el Fuerte de Jacob” (Isaías 41:14; 47:4; 49:26).

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La justicia de Dios

El apóstol comienza proclamando que la justicia de Dios se ha manifestado. Al declarar que el hombre es pecador, Dios ya había demostrado su justicia y que Él no podía hacer ningún compromiso con el pecado. Pero ahora, esta justicia es manifestada con brillo incomparable por la obra de Jesucristo.

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La justificación de vida

Hasta ahora hemos visto la justificación en relación con nuestros pecados (los actos cometidos). Otro aspecto de este tema es el que se refiere a “la justificación de vida” (Romanos 5:18) en relación con el pecado, es decir, con la raíz del mal en nosotros.

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La justificación por medio de la fe

La fe es el eslabón que nos une al Señor Jesús y que nos hace partícipes de las bendiciones que su muerte proporciona. La fe, pues, es necesaria; únicamente los creyentes son justificados. En ese sentido, somos “justificados… por la fe” (Romanos 5:1).

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