Introducción
El libro de Jonás no contiene profecía propiamente dicha, o más bien tan solo contiene una que no fue cumplida a causa del arrepentimiento de los habitantes de Nínive. Cien años más tarde, otro profeta, Nahum, volvió a pronunciar el juicio, anteriormente suspendido, de esta gran ciudad, juicio que no fue ejecutado hasta un siglo después, aproximadamente. Por lo demás, no es la sentencia sobre Nínive donde se debe buscar la enseñanza principal del libro de Jonás. Lo que este nos presenta, desde el principio hasta el fin, es la persona misma del profeta. Esta circunstancia, ligada al hecho notable de que el libro de Jonás nos habla de los designios de Dios en gracia hacia las naciones, le asigna un sitio único entre los profetas del Antiguo Testamento. En cuanto a Jonás, se puede decir que él mismo es la profecía en acción. Es un hombre señal y también hombre símbolo. Vemos en él, ante todo, la imagen de su propio pueblo rechazado, hundido en la angustia, luego saliendo resucitado de las profundidades del abismo. Pero su historia no se limita a ello solamente. En la persona de Jonás, tanto el testigo que se aleja de Dios como el profeta orgulloso, el pueblo culpable, el remanente arrepentido pasan sucesivamente y a menudo juntos ante nuestros ojos, atravesando la escena de las naciones; pero, además, un personaje misterioso, uno más grande que Jonás –el Señor Jesús– (Mateo 12:41; Lucas 11:32), entra y sale de ella resucitado para la liberación del pueblo de Dios. Finalmente, como punto culminante de este maravilloso relato, encontramos una revelación de Dios mismo; aprendemos a conocer su providencia, su santidad, su justicia en juicio, su gran paciencia, su gracia ilimitada, última palabra de todos sus designios acerca del hombre, de Israel y de las naciones.
Lo que acabamos de decir explica nuestra división del tema en siete capítulos titulados: El testigo – El profeta – Las naciones – El pueblo de Israel – El remanente – El Cristo – Dios.
