Capítulo 5 - El remanente
El propósito principal del libro de Jonás emana, así nos parece, del capítulo 2, cuya consideración adrede hemos omitido hasta aquí. Vimos que la persona de Jonás presenta los caracteres que habrían debido llevar los testigos del Señor, y por ende, presenta al profeta judío como testigo; de modo que esta misma persona ilustra también para nosotros la historia del pueblo que, a pesar de todo, ha sido y será todavía el testigo de Dios ante las naciones. Decimos «será», pues si bien el pueblo, como conjunto, fue rechazado definitivamente cuando la paciencia de Dios hubo alcanzado su término, de él saldrá en el futuro un remanente, núcleo de un pueblo futuro, cargado, como toda su raza, con “delitos de sangre” (Ezequiel 7:23), es decir, con la responsabilidad de la muerte del Mesías, y sufriendo las consecuencias de ello durante la tribulación del fin. La angustia producirá en el corazón de esos fieles un arrepentimiento para salvación. No buscarán separar su responsabilidad de la del pueblo del cual forman parte; reconocerán que su castigo es merecido, que la tempestad que se acrecienta “más y más” es la justa retribución de su crimen y que deben ser cortados de la tierra de los vivos ¡por haber crucificado al Hijo de Dios! Pero, tragados por el gran pez, se darán cuenta, en su aflicción, de que su Mesías atravesó las mismas angustias, y que Jehová Le respondió. Esta convicción dará una gran seguridad a esos fieles, de modo que clamarán a Dios con la certidumbre de que Él les oye. Sus experiencias nos son descritas en el capítulo 2 de nuestro profeta. La oración de Jonás contiene dos temas: el primero, las experiencias del remanente creyente, del verdadero Israel, en el día de la angustia1) (cap. 2:3) del cual es salvado; el segundo, la muerte y los sufrimientos de Cristo, los que serán temas de otro capítulo.
En cuanto al primer tema, suponemos que nuestros lectores están bastante familiarizados con el Antiguo Testamento como para saber que los profetas y los Salmos nos hablan constantemente del fiel remanente judío del fin y de las tribulaciones que él sufre. La oración de Jonás es una prueba en apoyo de esta verdad. Los ocho versículos reproducen tan numerosos pasajes de los Salmos y del profeta Isaías que citarlos todos sería sobrecargar inútilmente nuestro texto. Cada lector, provisto de una buena concordancia bíblica, puede por sí mismo hacer la lista de ellos; nosotros nos limitaremos, pues, a citar algunos pasajes esenciales.
“Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez, y dijo: Invoqué en mi angustia a Jehová, y Él me oyó” (cap. 2:1-2).
Es de notar que el grito de Jonás no se menciona aquí sino después del de las naciones. Tal será el caso, en efecto. Hoy, el navío de las naciones –el cual contiene a los que, por la fe, han venido a ser adoradores del verdadero Dios– sigue su curso, y los que van en él han obtenido la liberación después de haber “clamado a Jehová” (cap. 1:14). Israel, por el contrario, es tragado en el mar de los pueblos, pero un remanente se despertará desde el seno del seol (el abismo); desde el fondo de su angustia, desde el seno de esa gran tribulación que pesará en primerísimo lugar sobre los fieles del antiguo pueblo de Dios, clamará él mismo también hacia el Dios al que ofendió.
Este versículo reviste la forma habitual de los salmos. Es un resumen de todo el contenido de la oración e indica por adelantado el resultado, mientras que los versículos siguientes describen por qué camino será obtenido tal resultado. Tirado al fondo del abismo, tragado por el monstruo que Dios preparó como instrumento para su preservación, el fiel ora y clama. ¡Con qué gozo comprueba que ha venido la respuesta! El Salmo 120, que sirve de prefacio a la pequeña compilación de los cánticos graduales (Salmos 120 a 134), habla exactamente en los mismos términos. Se trata, en este salmo, del remanente otra vez echado de su país por la persecución, después de haber entrado en él en compañía de la nación incrédula: es el día de la angustia de Jacob (ver Apocalipsis 12:13-16). Entonces dice: “A Jehová clamé estando en angustia, y Él me respondió” (Salmo 120:1). “Y Él los libró de sus aflicciones”, como tan a menudo está dicho en el Salmo 107 (v. 6, 13, 19, 28), el que, a su vez, sirve de prefacio al quinto libro de los Salmos, en el que se encuentran los cánticos graduales. “Él me respondió” es el resumen de todas las experiencias de los fieles: una plena liberación. Lo mismo sucede en el Salmo 130: “De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo”. Este salmo nos describe los solemnes ejercicios de conciencia del remanente y los resultados, eternamente bendecidos, de su liberación (ver también Salmos 18:6; 86:7).
“Desde el seno del seol clamé, y mi voz oíste” (v. 2).
Después del resumen del cual acabamos de hablar, la oración de Jonás continúa con las experiencias que provocaron esta respuesta de Jehová. Primero el fiel clama desde el seno del seol y Dios oye. Aún no ha llegado la respuesta, pero él tiene la consoladora seguridad de que la oración de fe ha llegado a oídos de Jehová. La oración de Ezequías (Isaías 38:10) tiene muchos rasgos comunes con la de Jonás, solamente que en aquélla la angustia es menos grande: Ezequías baja al seol, Jonás está allí; David, en el Salmo 30:3, sube de él (ver también Salmo 18:4-5).
“Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí” (v.3).
Se encuentra exactamente la misma expresión en el Salmo 42:7. Todo lector que esté un poco familiarizado con la profecía, sabe que el segundo libro de los Salmos (cap. 42 a 72) describe los sentimientos y las experiencias del remanente de Judá, echado entre las naciones durante la gran tribulación. Y son precisamente estas experiencias las que nos presenta la oración de Jonás.
“Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo” (v. 4).
Volvemos a encontrar aquí la oración de Ezequías (Isaías 38:10-11), como así también los numerosos pasajes del segundo libro de los Salmos (cap. 43:2; 44:9; 60:1, 10) y otros pasajes (Salmos 74:1; 77:7; 31:22; Lamentaciones 5:22). La conciencia de ser rechazado no destruye la seguridad de la fe del pobre remanente que está en la angustia. Echado de Jerusalén, no deja de mirar hacia el templo, como Daniel hacia Jerusalén (Daniel 6:10. Ver también Salmos 42:4; 43:3-4; 18:6; Habacuc 2:20). Los santos de hoy que pueden aplicarse este pasaje cuando están en la aflicción, saben que este templo es para ellos la casa del Padre, en los cielos.
“Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza” (v. 5).
El alma experimenta, en la angustia, lo que es el juicio de Dios a causa del pecado. En el segundo libro de los Salmos, del cual hemos hablado, esta terrible posición es pintada con trazos imborrables: “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí” (Salmo 42:7). El Salmo 69 describe la grandeza de esta angustia. Entrar en el profundo fango del pecado tiene por consecuencia el juicio: la profundidad de las aguas que traga y la corriente que sumerge, al mismo tiempo que se abre un abismo sin fondo (Salmo 69:2, 15). Veremos más adelante que el fiel encuentra en el abismo a Cristo, a este Jesús que bajó allí por él. Nosotros también, los cristianos, hemos hecho la misma experiencia, pero sin ser obligados, como el remanente, a conocer el abismo, salvo en nuestra conciencia.
“Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; mas tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío” (v. 6).
La angustia llega a sus últimos límites; el afligido no puede descender más abajo. Es la muerte en todo su horror. Las puertas que cierran el acceso a la tierra de los vivientes son cerradas para siempre. Estas mismas experiencias se vuelven a encontrar en el cántico de Ezequías (Isaías 38:10-11), y también la misma respuesta de Dios: “A ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados”. “Jehová me salvará” (Isaías 38:17, 20). Por la resurrección de Cristo todos nuestros pecados son dejados en el abismo, donde jamás se los volverá a encontrar.
“Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo” (v. 7).
En el momento de la suprema angustia y de la agonía, el fiel recuerda a Jehová, y su oración no solo es oída, sino también recibida en el lugar en que Dios habita.
“Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan” (v. 8).
Aquí tenemos la reprobación pronunciada contra el pueblo apóstata nuevamente invadido por el demonio de la idolatría (Mateo 12:43-45), el cual abandona por las vanidades mentirosas la gracia puesta ante él. Vale más estar hundido en la angustia con una esperanza, que compartir la suerte de los que tienen al Anticristo como amo. En el Salmo 31 vemos la diferencia entre los que “esperan en vanidades ilusorias” (Salmo 31:6) y aquel que confía en Jehová, cuya gracia es su único recurso.
“Yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová” (v. 9).
Aquí, el fiel remanente llega al culto que, durante su infidelidad, practicaron las naciones. Tal culto lo rinden ahora los cristianos; solamente en el porvenir profético las naciones sacrificarán, bajo el reinado del Mesías, a Jehová, el Dios de Israel, y subirán a Jerusalén para adorarle en compañía de Su pueblo (Salmos 116:14-15; 22:25). Habrá entonces, así para Israel como para las naciones (Jonás 1:16), “votos”, el servicio de Jehová, libre y sin restricción, de un pueblo de franca voluntad (Salmos 110:3; 56:12; 61:8; 66:13; 76:11; Levítico 7:16; Deuteronomio 23:21).
La última palabra de esta oración profética es: “La salvación es de Jehová”. Hela allí: Él solo la efectuó; es únicamente el fruto de Su gracia (Isaías 38:20; 52:10). Israel descubrirá en los últimos días esta gran verdad que hoy día proporciona el gozo y la seguridad a todos los creyentes, y sobre la cual su certidumbre se funda para siempre. ¿Cómo se producirá esa liberación? Es lo que vamos a ver en el próximo capítulo.
