Jonás
Jonás

H. Rossier - 1991

El libro de Jonás no contiene profecía propiamente dicha, sino tan sólo una que no fue cumplida a causa del arrepentimiento de los habitantes de Nínive. Por lo demás, no es en la sentencia sobre Nínive donde se debe buscar la enseñanza principal del libro de Jonás. Lo que éste nos presenta, desde el principio hasta el fin, es la persona misma del profeta. Es un hombre señal y también hombre símbolo. Vemos en él ante todo la imagen de su propio pueblo rechazado, hundido en la angustia, luego saliendo resucitado de las profundidades del abismo. El profeta se presenta sucesivamente ante nuestros ojos como el testigo que se aleja de Dios, el profeta orgulloso, el pueblo culpable y el Re- manente arrepentido, atravesando la escena de las naciones. Pero, además, un per- sonaje misterioso, uno más grande que Jonás -el Señor Jesús (Mateo 12:41)- entra y sale de allí resucitado para la liberación del pueblo de Dios.

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Capítulo 4 - El pueblo de Israel

Hemos visto que Jonás, a pesar de su fe y de su carácter de profeta, encarna en sí el espíritu del pueblo del cual forma parte, espíritu de desobediencia, de independencia respecto de Jehová, de orgullo espiritual y de justicia propia que Dios constantemente señala por medio de sus profetas. No se trata aquí de idolatría, tan a menudo reprobada, pero que se había alejado de este pueblo mucho tiempo antes de que, por el rechazamiento del Cristo, fuese dispersado entre las naciones. Precisamente de ese tiempo nos habla en figura el libro de Jonás. Asistimos a él en el momento en que la historia de Israel va a acabarse. El pueblo persiste en sus actitudes de independencia y voluntad propia, sin haberse arrepentido realmente de las “vanidades ilusorias” (cap. 2:8) que lo habían caracterizado durante tanto tiempo. La casa estaba vacía, barrida y adornada (Mateo 12:44); el estado de este pueblo, al que el demonio de idolatría ya no frecuentaba, estaba particularmente marcado en los tiempos de los últimos profetas y de la vida del Señor en la tierra. Era una generación incrédula y perversa, sepulcros blanqueados llenos de corrupción en su interior, raza hipócrita, mas orgullosa de su propia justicia, orgullosa y alardeando de tener por padre a Abraham, huyendo de la luz y del testimonio de Dios, hostil a la verdad y rebelde a la gracia. Eso era lo que en realidad estaba recubierto por todas las apariencias de piedad, de fidelidad estricta a las normas de la ley, formas exteriores a las cuales, además, añadían todavía sus tradiciones, las que anulaban el mandamiento de Dios (Marcos 7:9). Los conductores hacían todos los esfuerzos posibles para conservar su dignidad, su reputación, su influencia sobre el pueblo. Pero lo que ante todo les caracterizaba era el odio a la gracia que les traía la verdad sobre su propio estado. Si eran condenados, entonces no había diferencia alguna entre ellos y los demás hombres, y la gracia abría la puerta de la salvación a todo pobre pecador de entre las naciones. Jonás, aunque era hombre de Dios, nos ofrece más de un rasgo de este cuadro. Llegó el momento en que, por el rechazamiento del Salvador y del Espíritu Santo, fue pronunciada la condenación definitiva de los judíos: “Os transportaré, pues, más allá de Babilonia” (Hechos 7:43). Israel es echado en el mar de los pueblos donde está guardado hasta el día de su resurrección nacional.

Renacerá, pues, pero entramos, en el capítulo 3, en el segundo período de su historia. Su corazón, ¿será cambiado? ¡De ninguna manera! Si bien vuelve a tomar exteriormente, aun bajo el Anticristo, las formas antiguas de su culto (Daniel 9:27), su estado moral está caracterizado por la irritación contra Dios. Dice: “Mucho me enojo, hasta la muerte” y estima que procede bien (cap. 4:9). Aquí el libro calla sobre el fin de su historia. Es como si este pueblo rebelde se adentrase en la nada. Observemos nosotros mismos este solemne silencio a su respecto.

El rechazamiento de Israel, en relación con la profecía de Jonás, nos es anunciado por el Señor de manera muy asombrosa. En el evangelio según Mateo, capítulo 12, Jesús habla de Jonás como señal de Su muerte y Su resurrección. Consideraremos más adelante este tema; pero, en el capítulo 16, vuelve sobre ello, y, no lo dudo, con intención muy distinta. Los fariseos y los saduceos Le volvieron a pedir una señal. Les habla de las señales del cielo, el buen tiempo y la tormenta (imágenes de la gracia y del juicio, respectivamente), que sabían discernir bien, mientras que no podían discernir “las señales de los tiempos” (Mateo 16:3). El juicio estaba a la puerta y ellos no sabían nada al respecto: “Pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás” (Mateo 16:4). Israel iba a ser definitivamente echado al mar, abandonado, para dar paso a los propósitos de gracia de Dios acerca de las naciones. Por eso el evangelista añade: “Y dejándolos, se fue”.

Pero el verdadero Israel resucitará y vendrá a ser, como lo vamos a ver, el enviado y el testigo de Jehová para llevar al ­arrepentimiento a la gran multitud de las naciones.