Capítulo 1 - El testigo
Entre el hombre pecador –venido a ser tal por la caída– y el hombre santo –que llega a serlo por la fe en el Salvador y en virtud de la redención– hay una diferencia inmensa.
Adán, antes de la caída, inocente pero responsable de permanecer dependiente de Dios, sigue siendo responsable después de haber perdido, por la caída, su inocencia y su dependencia, pero como pecador ha adquirido el conocimiento del bien y del mal, es decir, una conciencia que le juzga. Esta conciencia le vuelve inexcusable y le condena. Él conoce el bien y el mal, pero ¡ay!, ya no le queda, como hombre pecador y responsable, más que la incapacidad absoluta de hacer el bien y la voluntad de hacer el mal.
Muy distinto es el creyente, el hombre santo, el testigo de Dios en este mundo. Si bien tiene en él la carne, la naturaleza pecaminosa del primer Adán, por la fe ha recibido una naturaleza nueva, la vida divina, el Espíritu de Dios, poder de esta vida, y la capacidad de hacer el bien y de resistir al mal. Eso le hace, sin duda, doblemente responsable. Su conciencia le advierte acerca del bien y del mal; tiene una alternativa: obedecer a la dirección del Espíritu Santo y de la nueva vida que posee, u obedecer a la carne que está en él. Además de ser, pues, doblemente responsable, también es doblemente inexcusable por pecar, pues el poder del Espíritu y del nuevo hombre está a su disposición, mil veces superior al de la carne y al del viejo hombre.
Las consecuencias del pecado son diferentes para el hombre pecador que anda en la carne, que para el creyente que anda según la carne, toda vez que este posee el poder de andar según el Espíritu. El pecador no puede esperar más que la muerte y el juicio; el santo, si peca, encuentra el castigo o la disciplina de Dios, la que se ejerce para con él y para con todos los creyentes a fin de que no sean “condenados con el mundo” (1 Corintios 11:32).
Tal era el caso de Jonás. Era un creyente, un santo; tenía la vida de Dios; estaba en relación con Dios; le había sido confiado un testimonio; pero, colocado ante un mandamiento de Jehová, se deja desviar de él por la voluntad de la carne, la que es enemistad contra Dios. Aunque es un creyente y un testigo, no obra mejor que Adán al ser engañado por Satanás; desobedece un formal mandamiento de Dios. Su caso es incluso peor que el de Adán inocente, seducido por el diablo, puesto que aquel, por la fe, posee una nueva naturaleza, capaz de escoger el bien y rechazar el mal y la seducción.
Adán desobedece a Dios y tiene la audacia de buscar una excusa (Génesis 3:12); Jonás desobedece a Dios y se atreve a aducir un motivo para ello (cap. 4:2); pero ninguna excusa ni motivo son válidos ante Dios para desobedecerle. El motivo de un santo lo es mucho menos que el del primer Adán, pues desde el principio de su vida espiritual un santo posee la obediencia de fe por la cual es salvo (Romanos 1:5) y desde el primer paso de su carrera es santificado por el Espíritu Santo para la obediencia de Jesucristo (1 Pedro 1:2), es decir, para obedecer como Él. Tanto para Jonás como para Adán, el primer resultado de la desobediencia es el mismo. Adán huye de la presencia de Dios, quien le busca, y se esconde detrás de los árboles del huerto; Jonás se levanta para huir de la presencia de Jehová a Tarsis (cap. 1:3). ¿Cuál de estos actos es peor? Sin duda el segundo, pues Jonás es un santo que tiene relaciones habituales e íntimas con Dios. Huir de su mejor amigo para sustraerse a la obligación de responder al deseo de este ¡es un ultraje inferido a Aquel que nos ama! Pero, en lo que Adán y Jonás fracasaron, un hombre se mantiene firme, de pie, un hombre que ni siquiera tenía necesidad de un mandamiento positivo para obedecer, aunque guardaba también todos los mandamientos de su Padre (Juan 15:10), un hombre que prevenía Su voluntad sin pedírselo Dios. Dice: “Vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7). Es todavía más que la obediencia; es una voluntad que se funde y se absorbe en la voluntad de otro, que se identifica con ella y se alimenta de ella. Dice: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34).
El segundo resultado de la desobediencia de Adán no se hace esperar. De buena o mala gana, él tiene que comparecer, en su desnudez, ante la presencia de Aquel de quien huía y oír pronunciar Su fallo. Este es irrevocable, pero, a pesar de todo, la gracia puede remediarlo. Adán comparece delante de Dios antes que la sentencia sea ejecutada, y eso le salva. Encuentra recursos en Dios, quien tiene vestiduras de justicia para él y su mujer. Jonás, a causa de su huida, atrae sobre sí un castigo infinitamente más penoso que el del primer Adán. Es preciso que los hijos de Dios se acuerden de este hecho, que lo sopesen y lo mediten. Sigamos, pues, un instante a este hombre de Dios en su viaje a Tarsis, donde hace unas experiencias harto crueles. Le vemos “pagando su pasaje” (cap. 1:3), cumpliendo sus deberes para con los hombres, cuando ha faltado a su primer deber para con Dios. Notemos que el cumplimiento de esos deberes tiene por resultado el aumento de la distancia que separa a Jonás de Jehová. A menudo es así: se «paga el pasaje», estando uno animado por un espíritu de rebeldía y, para cumplir ciertas obligaciones, uno se oculta a sí mismo una obligación muy superior: obedecer a Dios. Uno obedece a deberes familiares, sociales y civiles –muy respetables por cierto– uno paga sus deudas, pero desobedece la orden formal de Dios: dar testimonio de Él. Jonás debía ser el testigo de Dios ante el mundo. Un testimonio acerca de Cristo es, en efecto, lo que Dios busca en medio de un mundo de pecado y de alejamiento de Él, de un mundo que corre hacia el juicio. Ese es uno de los puntos importantes del libro de Jonás. El mundo es condenado, pero Dios, antes de ejecutar la sentencia, quiere que los suyos rindan testimonio a Su justicia, para que se produzca el arrepentimiento en los corazones y Él pueda conceder su gracia.
En tiempos remotos había confiado este testimonio a Israel, su pueblo; como este desobedeció al respecto, Dios deposita ese testimonio en manos de la Iglesia. La Iglesia abandona la verdad y viene a ser la cristiandad apóstata, tema que, por lo demás, el Antiguo Testamento no trata. Por último, un remanente judío se convierte en el futuro testigo fiel de Jehová ante las naciones, lo que, en el pasado, ni el pueblo ni sus conductores jamás habían sabido ser. El libro de Jonás nos habla de este remanente de manera misteriosa, como lo veremos más adelante.
Pero volvamos a Jonás, figura representativa de los santos, testigos de Dios en este mundo. Para que su desobediencia no desemboque en el juicio final, como la del hombre pecador, es necesario que sea detenido en ese camino que le aleja cada vez más de Dios. La Palabra nos dice: “Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave” (cap. 1:4). Todavía no es más que el principio del castigo de Dios sobre su servidor, pero este castigo inaugura, como lo veremos más adelante, Sus propósitos de gracia hacia las naciones. Y, durante el temporal, Jonás, acostado en el fondo del navío, se había echado a dormir (cap. 1:5).
A menudo las circunstancias más amenazadoras no conmueven la conciencia de los hijos de Dios. Ni la tormenta, ni la angustia de los marineros afectan a Jonás. No se da cuenta de que atraviesa personalmente el juicio del Dios al que ha ofendido, y no se siente embargado por el temor. Es la indiferencia de una conciencia adormecida. Si se trata del hombre pecador y su estado moral, él siempre duerme. Como hijo de las tinieblas y de la noche, duerme (1 Tesalonicenses 5:4 y 7); pero que duerma un Jonás, un hijo de la luz, eso es algo más grave, y el caso, lamentablemente, ¡cuán frecuente es! Los discípulos dormían frente a los sufrimientos de su Salvador en Getsemaní; dormían ante su gloria sobre el monte santo; el discípulo Jonás duerme ante el juicio que cae sobre el mundo, sin tener en cuenta que ese juicio está destinado a él mismo.
A menudo, cuando una guerra atroz causaba estragos entre las naciones, nos hemos preguntado si los santos despertarían al pensar que tal tempestad les estaba destinada en primer lugar. Sin duda, Dios, quien es rico en recursos, se sirve de una calamidad para alcanzar otros fines y cumplir otros designios, pero no olvidemos que, en el caso de Jonás, el primer propósito era el de hablar a la conciencia del siervo de Dios.
Frecuentemente, para nuestra vergüenza y confusión, es preciso que sea el mundo el que nos despierte: “¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos” dice el patrón de la nave (cap. 1:6). Ustedes, servidores de Dios –dice– no piensan en los que perecen; ¿están, pues, embotados a causa de su egoísmo? Nosotros trabajamos, nos esforzamos, sacrificamos nuestro haber; todo nuestro cargamento se hunde en esta tormenta. ¿Qué hacen ustedes? ¿Oran, suplican a su Dios? Nosotros ¡por lo menos clamamos cada uno a su dios! ¿No es verdad que el mundo muy a menudo tiene el derecho de apostrofar así a los hijos de Dios, porque no han comprendido que este juicio pende sobre ellos?
Dios busca a Jonás, el testigo, tal como buscaba antes a Adán, el pecador. El «patrón de la nave» es la voz de Dios que decía otrora a Adán: “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9). Pero aquí –primera humillación para Jonás– el mundo es el instrumento por el cual Dios le recuerda que él está perdido. Jehová contestó, mediante las suertes que echaron, a esos seres ignorantes pero sinceros, desconocedores del Dios al cual se dirigen, y Él les reveló que era con su testigo con quien tenía que vérselas. Segunda humillación para Jonás: él, judío, no recibe ninguna comunicación directa de Dios. Más aun –última humillación–, es otra vez el mundo el que le dice a Jonás: “¿Por qué has hecho esto?” (cap. 1:10). Antaño Dios mismo había dicho a Eva: “¿Qué es lo que has hecho?” (Génesis 3:13). ¡El mundo viene a ser ahora el juez de los actos de un testigo de Jehová! «¿Confiesas que temes “a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra” (cap. 1:9), y huyes de su presencia?» ¡Locura culpable! ¡La conciencia de esos paganos es más recta, menos adormecida que la de Jonás! Pero finalmente esta última es conmovida. Jonás reconoce la plena justicia del juicio de Dios: “Tomadme y echadme al mar” (cap. 1:12). Él sabe que merece ser echado al abismo y así lo declara. Habrá liberación para ustedes –dice a los marineros– pero yo merezco perder la vida. Recibe, como Adán, la sentencia de muerte, pero, para Jonás, esta se ejecuta de inmediato. Lo mismo ocurre con nosotros. «Soy muerto» (Romanos 6:2, 7); «Me tengo por muerto» (Romanos 6:11); «Soy crucificado con Cristo» (Gálatas 2:20). Sí, mi juicio es justo y doy testimonio de ello, ¡pero encuentro a Cristo en el fondo de las aguas, identificándose conmigo en el juicio, para librarme!
Dios interviene, en efecto, y ¿cómo dejaría de hacerlo? Otro, semejante a Jonás, tomó su lugar en las entrañas del pez. Allí, bajo la disciplina y en lo profundo de la aflicción, el testigo culpable vuelve a encontrar la dependencia que tan locamente había perdido: ora (cap. 2:2). Nunca habría osado desobedecer si, por medio de la oración, hubiese permanecido en actitud dependiente. El abandono de la dependencia había perdido al primer Adán; aquí, el testigo de Dios debe retomarla como algo completamente nuevo. A esta restauración, Dios tan solo puede responder por medio de la liberación. Jonás reconoce que esta bendición es debida únicamente a la gracia de Dios: “La salvación es de Jehová” (cap. 2:9). De ella habla Eliú en el libro de Job: “Él mira sobre los hombres; y al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz” (Job 33:27-28). Tal es, pues, el fruto de la disciplina para el testigo del Señor: completo juicio de sí mismo, más profundo conocimiento de la gracia. En adelante Jonás ya no huirá más para escapar de Jehová.
